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Richard Carapaz, campeón en 2019, posa con el trofeo en la presentación del Giro 2020. CORDON PRESS

Giro de Italia

Un Giro para tipos lentos

El recorrido para 2020 está bien tirado. Buscando la agonía, el fondo, proporcionando la posibilidad de dibujar lentamente un todo mayor que sus partes.

Soy una persona lenta.

Ya se lo advierto, por si me ven alguna vez por la calle con pinta de despistado y cara de andar pensando en mis cosas. Soy lento. De cocción pausada. Para todo. Moviéndome, pensando. También cuando se trata de contemplar un espectáculo. ¿Saben esas películas tan de moda? ¿Esas con un montón de tipos disfrazados, muchas explosiones, peleas, miles de enemigos danzando aquí y allá? Sí, sí, esas. Pues a mí me cuesta seguirlas. Me pierdo. Pasan tantas cosas tan rápido que terminó viendo borrones en la pantalla y debo rellenar los datos que no he sido capaz de aprehender. Ya ven. Un lío.

Pues con la bici me pasa algo parecido. No que vaya lento, no (que también, pero eso no viene al caso ahora), sino que aprecio las historias pausadas. Las que se van cociendo poco a poco, como los guisos de siempre. Que van regalando detalles, elementos, guiños. Piezas de un puzzle mayor que más tarde habremos de ir componiendo con nuestras manos… o que nos sorprenderá cuando, de improviso, aparezca ante nuestros ojos. Por eso no me vuelven loco estos puertos chiflados de pendientes imposibles donde los tipos suben reptando, cada pedalada un mundo. Ni las etapas que se ventilan en dos horas. Ni las distancias cortas. Ni las explosiones diarias de apenas unos minutos. Los highlights, vamos. Muy bonito, oigan. Fuegos artificiales. Pero, a la larga, solo tienes un cielo oscuro y mucha menos pasta.

Ayer se presentó el Giro de Italia que habrá de celebrarse dentro de unos meses. Primavera de 2020, entre Budapest y Milán. Que vaya dos sitios, por cierto, no se los pierdan. Tampoco soy muy original, pero debía decirlo. Pues eso, que se ha presentado, y es la Gran Vuelta que tradicionalmente mantiene la esencia de lo que fue el ciclismo toda la vida. Este año también. Sigue faltando contrarreloj individual (ay, tiene pinta que es especie en vías de extinción, como los urogallos o las novelas de kiosco) pero todo lo demás está bien pensado. Bien tirado. Buscando la agonía, el fondo, proporcionando la posibilidad de dibujar lentamente un todo mayor que sus partes. Que no se repita cada día de montaña lo que ocurre el primer día de montaña. Tan simple. Tan importante.

Yo reconozco que me encanta Italia. Esa forma de ser, esa despreocupación en el hoy convertida en veneración cuando se habla del pasado. La consciencia de haber sido, la consciencia de, por eso, ser ya siempre. El Giro es un poco así, también. Mima sus recuerdos, sus mitos. Los espacia en el tiempo, no los sobreexpone. Las montañas, los puertos. El año que viene vuelve el Stelvio, el Bondone, el Izoard francés. También otros más modernos, como el Agnello o el Scuro de Merckx. Va a Cesenatico para recordar a Pantani, también a Campiglio, retorna al Etna (que es una etapa que casi nunca funciona pero, en fin…es el Etna, coño, es Sicilia), se suben puertos de altitudes monstruosas. Hay trampas típicas de Italia (esas carreteras estrechas, pendientes imposibles, pasando por debajo de un arco romano, rozando las cornisas de cualquier iglesia barroca), hay jornadas llanas de varias horas que consisten en unir el punto “A” con el punto “B” (que puede parecer una tontería, pero a mí me gusta verlo dibujado en un mapa, porque está en el origen de este bendito deporte), hay incursiones en varias cordilleras de las que cruzan, todas las direcciones, la Bota. Si quieren buscarle un “pero” lo encontrarán (al margen de la comentada falta de crono) en la escasa longitud de los segmentos sicilianos. Luego compensan (desde el séptimo parcial todos tienen más de 180 kilómetros, exceptuando las contrarrelojes), pero quede apuntado…

Hay, sobre todo, una idea global. Una que permite ir cocinando el Giro de Italia poco a poco. Que da oportunidades a todo tipo de ciclistas (vale, a los croners algunas menos, pero ahí tienen sus kilómetros). Quien gane el Tour en julio de 2020 será el mejor escalador (o el que mejor se mueva en contrarreloj de entre los escaladores). Quien gane el Giro de Italia…bueno, será el mejor ciclista esas tres semanas. Y no es poco. Sumen a eso los 43 tornanti del Stelvio, el vídeo de Coppi en 1953, el tono inigualable de la maglia rosa, la nieve (que habrá, para bien y para mal, hagámonos a la idea), el recuerdo de Gaul, las bicicletas pasando frente a la Galleria Vittorio Emanuele y llegando al Duomo. Un planteamiento (casi) ideal. Una gozosa espera.

Todo eso. Durante 21 días, nada menos, porque estas cosas llevan su tiempo. Así hasta los que no somos demasiado avispados podemos comprenderlas.

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