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El delantero francés del Real Madrid Karim Benzema celebra el primer gol de su equipo ante el PSG. EFE/ Juanjo Martín

Champions

Gloria y tablas

El Real Madrid se dejó empatar (2-2) después de hacer un partido extraordinario por momentos. La clasificación ya estaba lograda antes del comienzo.

Si los libros de autoayuda tienen razón, el Real Madrid no tiene de qué preocuparse. Si el viaje importa más que el destino todo marcha bien. Si el fútbol es la solución no hay nada que temer, o no demasiado. Sin embargo, hay marcadores que afectan porque pesan más que la evanescencia del buen juego. Hay resultados que hacen daño porque parecen desmentir lo que fue cierto durante 80 minutos y porque indican que la suerte es esquiva. Así retumba todavía el palo de Bale en el último instante del tiempo añadido. Como un cabo por atar. Como un recordatorio de que cambiar el viento es la conquista definitiva y todavía queda pendiente.

No sé cuánto tiempo duró, calculo que entre veinte y treinta minutos, aunque importa poco, porque fue extraordinario. El Real Madrid jugó durante la primera mitad como hacía muchos años, y no pretendo decir que el equipo lleve tanto tiempo sin jugar bien al fútbol, no es eso. Se han hecho buenos partidos en pasadas Champions, pero casi siempre abrillantando virtudes que tenían relación con la excelencia física (de Cristiano, mayormente) y que casi siempre desembocaban en el contragolpe. Esta vez, lo que eclosionó maravillosamente fue el juego de posesión y toque, el ataque en tromba tan repleto de dinamismos que los desmarques y los apoyos distraían del balón. Alcanzar semejante nivel de excelencia contra un rival como el PSG es un mérito que ni se puede ni se debe pasar por alto.

Es obvio que la alineación influyó mucho en ese despertar futbolístico, aunque me permito recordar (nunca sobra) que las alineaciones las hace Zidane, de tal manera que será justo colocarle a él como primer responsable de lo que vimos. Resulta muy significativo que en un partido tan grande contara de inicio con Marcelo e Isco, protegidos por un mediocampo con Casemiro y Valverde. En noches así, tan cargadas de energía, se puede recuperar la confianza de futbolistas que la habían perdido, y nadie había tan desmoralizado como Isco. Su resurrección es una noticia tan buena como el renacer del juego. Su rendimiento fue excelente (como solía), acompañado de una implicación defensiva que no siempre ha tenido por costumbre. Marcelo fue otro que por fin se reconoció en el espejo.

Estoy por decir que, a día de hoy, este es el equipo de Zidane para competir en Europa, con la alternativa de Kroos o Modric para el timón y con la opción de introducir a Bale por Isco, quizá Rodrygo en ciertos momentos. Poco más. Con Hazard inspirado y la vieja guardia en forma no son necesarios mayores inventos. No cabe otra conclusión: el Real Madrid no puede prescindir de los jugadores que lo hacen diferente.

Aunque al comienzo del partido el Madrid ya estaba clasificado para octavos (el Brujas no ganó al Galatasaray), el encuentro era de una relevancia mayúscula porque servía para medir la talla del equipo. Ya sabemos que la Liga da muchas pistas falsas; es la Champions, y son adversarios como el PSG, los que te ubican en el mundo. Doy por hecho que el empate final habrá moderado el impacto del partido del Madrid, pero estoy convencido de que muchos han reescrito esta noche su lista de favoritos para ganar la Champions.

En los minutos de la gloria, los que fueran, el Real Madrid demostró recursos para doblegar a cualquiera. Equilibrado con el doble pivote Casemiro-Valverde, el sistema se hace elástico sin llegar a romperse. Es verdad que el problema persiste (el gol), pero también es cierto que se minimizan las ocasiones del contrario, al menos mientras dura la concentración.

El primer gol de Benzema fue un acto de justicia; el segundo fue un premio a la persistencia. Incluso con el partido roto, el Madrid mantenía la mirada fija en la victoria. Fue cuando lo creyó todo hecho, y con Hazard fuera por lesión, cuando se desbarató lo que estaba siendo un encuentro prodigioso. Mbappé acortó distancias en una indecisión de Varane y Sarabia resolvió con un zurdazo una jugada confusa en ataque y defensa. En ese minuto inexplicable se igualó el marcador, que no el partido. Pudo marcar de nuevo el Madrid, mencionado queda el poste de Bale, pero esa última ofensiva se desplegó con la pena en el cuerpo y eso lo nota el balón.

Si a través de una sesión de hipnosis se pudiera borrar el marcador recomendaría el tratamiento. Para los jugadores y para los madridistas. Es más lo que se avanzó que el terreno perdido. El Madrid nunca ha estado tan cerca de volver a ser aspirante a todo. Y estuvo muy lejos, recuerden. 

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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