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Opinión

Griezmann y la impaciencia

Templar gaitas. Calmar los ánimos. Con el 7 del Atlético no se aplican estos conceptos. Griezmann a día de hoy no debe nada a nadie. Y muchos lo olvidan.

Hoy se cumple un año desde que Antoine Griezmann le alegró el día a los atléticos anunciando su renovación. Por aquel entonces muchas eran las voces que daban por hecha su salida al Manchester United de Mou y Pogba. Por aquel entonces la FIFA ya le había comunicado al club rojiblanco que no podría fichar hasta enero. Por aquel entonces la afición colchonera ya era impaciente, y hoy sigue siéndolo. Hace un año, Griezmann se comprometía a no bajarse del barco, sabedor de que tocaba navegar aguas turbulentas.

Pese al batacazo en Champions el Atleti acabó subcampeón de liga y campeón de la Europa League, y pese a no arrancar fino, Antoine cuajó una segunda vuelta pornográfica que le llevó a recoger las notas a final de temporada con la tranquilidad que otorgan 29 goles y 15 asistencias en 49 partidos oficiales. Notas que cualquier niño enseñaría orgulloso a sus padres, esperando incluso un regalo, o, al menos, cine y cena en el Friday’s. A Antoine le despidieron del Metropolitano, en la última jornada liguera, con pitos. Silbidos que hicieron llorar al niño Antoine. El mismo que venía de marcar los dos primeros goles ante el Olympique de Marsella en la final de Lyon.

Griezmann, lo subrayé un día en otro artículo, es francés y creció, como persona y como pelotero, en Euskadi. Algunos deben creer que es nieto de Luis Aragonés por parte de padre y de José Eulogio Gárate por parte de madre. Y no. Pero, ¿de verdad alguien puede acusar al Principito de no haberse dejado la piel por este escudo (y el anterior)?

Tanto el verano pasado como este, los atléticos han visto como ofensas declaraciones y silencios de Antoine por hablar o no hablar de su futuro. Un chico, el francés, amante de la broma, del vacile, pero desprovisto de mala fe. Como cuando dijo que las posibilidades de su marcha al United eran de 6 sobre 10. Manos a la cabeza. «¡Pero cómo puede!.», «¡pero quién se cree!». Luego pedimos futbolistas que se mojen, que salgan del topicazo y que den juego. «Sí, pero los del resto de equipos».

Ayer muchos volvieron a ver cómo sus dedos se calentaban más que el empaste de un dragón mientras se lanzaban, espuma en boca, a criticar a Griezmann por no desvelar su futuro en una rueda de prensa de su selección nacional. Sí, a dos días del comienzo del Mundial. Una actitud chovinista, que no cholista. Los aficionados franceses querían oír a Antoine hablar de Francia, de cómo estaba el grupo, de cómo veía el primer partido contra Australia. Y no de un tema que ya empieza a cansar. Pero no por él, si no por esa especie de exigencia de que hable cuando la gente quiera, y no cuando lo desee (o pueda) él.

Hay veces que la impaciencia está justificada. Como el otro día en una hamburguesería del centro. Tardaron 40 minutos en traerme mi manjar. Casi una hora salivando y con las tripas más activas que un grupo de millennials ingleses en Lloret de Mar. Pero en el caso de Griezmann, la impaciencia no está justificada y solo provocará en el que la sienta una ansiedad que no necesita.

Con Lemar al caer, por su lenguaje no verbal en los últimos días, y porque le cubrirán merecidamente en oro, creo que Griezmann seguirá en el Atleti. Ahora, si así ocurre, igual es el momento de que muchos se planteen quererle más, mimarle, ser pacientes. Porque solo así se consigue que los niños saquen buenas notas a final de curso.

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