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Política

Hablen más de política, por favor

Así que a mí denme de los que hablan. De los que expresan sus opiniones, con mayor o menor profundidad. De los que no tienen miedo a mojarse, en uno u otro sentido.

No hay que mezclar política y deporte, amigo.

Lo han escuchado ustedes estos días. Muchas veces. En España, en Chile, en Inglaterra, en Turquía. Donde quieran. La salida fácil a la pregunta complicada. Yo soy futbolista (o nadador, o ciclista, o atleta), y no debemos mezclar política y deporte. Con una sonrisa de anuncio, mirando a cámara. Para salir guapo en la tele.

También hay ejemplos de lo otro, no se crean. Pocos, pero los hay. Eugenio Mena, en Chile, que recientemente ha apoyado las concentraciones en su país con frases de Salvador Allende. O gente como Piqué, Xavi y Guardiola, al hilo del asunto catalán. El mismo Joaquín (a su manera, vaya), incluso Sergio Ramos. Normalmente su postura nos resulta incómoda o no dependiendo de las ideas que defiendan. Básicamente si son las nuestras nos parecerá genial que expresen su opinión política, mientras que si son las contrarias despacharemos el asunto con un “cállate la puta boca, facha/rojo de los cojones, y dedícate a jugar”. Resumiendo, que tampoco es plan de ponernos muy groseros.

Es una huida hacia delante, un mirar para otro lado. No tiene sentido. Evidentemente que se mezcla política y deporte, porque no podría ser de otra manera. Y está bien que así sea, porque eso demuestra, entre otras cosas, que podemos hablar de lo que queramos sin que nadie nos eche una argolla al cuello y se nos lleve por las calles amarrado al grito de “anatema, anatema”. En otros momentos de la historia esto no se pudo hacer, y esos eran los tiempos extraños. Al menos vistos desde ahora. Lo raro es no poder hablar. O debería serlo.

Y el caso es que no era así. Vamos, que antes (cuando los deportistas tenían bigote, y barriguita, y pelos en la espalda como un Alfredo Landa cualquiera) se hablaba. Cuando podían, vaya. Pero no era infrecuente. Socrates y su Corinthians autogestionado. Sindelaar, con el triste final. Del Bosque presionando para crear el sindicato de futbolistas. Kopa y mayo del 68, Mekhloufi huyendo de una concentración con la selección francesa solo para integrarse en un equipo argelino al que (casi) nadie reconocía. Iríbar llevando la ikurriña en Atocha y fundando la Mesa Nacional de Herri Batasuna. Alfredo Binda elegido dentro del Movimiento Sociale Italiano (los neofascistas, vaya) como concejal de su pueblo. Hay de todos los colores. Gente que salía, por lo general, bastante desarreglada en las fotos, vaya, pero que contaban sus cositas.

Ahora bien, parece que en la actualidad salirse del camino marcado en una u otra dirección resulta conflictivo. Quizá es porque los deportistas modernos (más específicamente aquellos que mueven masas, como futbolistas y demás) se han convertido en enormes hombres-anuncio que están promocionando algo en cualquier momento del día. Que antes tú salías al campo con tu lavadora a cuestas (inolvidable frase de Di Stéfano, amigos) y ahí se te acababa el contrato de imagen, pero ahora cada fotografía que subes a las redes sociales tiene un mensaje oculto (o no tan oculto) que busca venderte el último producto de moda. Así que en cada instante, en cada minuto de tu vida tienes que lucir perfecto. La pose perfecta, el pelo perfecto, los zapatos lustrosos. Y las declaraciones sacadas de un molde, un puntito naïf, si quieren. Por lo de no molestar. O, al revés, sacadas de un molde pero siguiendo las directrices marcadas claramente por aquel o aquellos que te están cubriendo generosamente de dinero. No daré nombres, que no soy malo. Y claro, se pierde espontaneidad. Y riqueza en el debate público.

Pero es que además nos ponemos en un estado de irrealidad. De ilógica cotidianeidad. Lo de separar deporte y política, como si la vida fueran compartimentos estancos. Prueben a segmentar política y cultura, a ver qué tal les sale. Aprovecho para decírselo… si quieren segregar deporte y cultura tampoco irá la cosa muy bien. Cosa diferente es si pretenden deslindar cultura y deportistas, que en algunos casos hablamos de agua y aceite, como bien se puede comprobar en cada (insulsa) rueda de prensa. Pero me desvío. Que son la misma cosa, vaya, que la realidad tiene un componente holístico del cual no nos podemos abstraer. Al menos no si queremos ser ciudadanos completos y no borregos a punto de ser trasquilados, no sé si me entienden.

Así que a mí denme de los que hablan. De los que expresan sus opiniones, con mayor o menor profundidad. De los que no tienen miedo a mojarse, en uno u otro sentido. Y ya, después, seré yo el que decida con qué me quedo y con qué no, con quién estoy de acuerdo y con aquel que no me iría ni a tomar unas cañas. Pero hablemos todos, hombre.

No tengamos miedo a salir mal en la foto.

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