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Hagi

Fútbol

Y sin embargo, te quiero

Siempre que uno piensa en el fútbol rumano, que se enfrenta hoy a España, se acuerda de lo mejor de lo mejor: Gheorghe Hagi. Un futbolista que nunca se encontró a sí mismo ni en Real Madrid ni en Barcelona.

Siempre hay una última vez. Pero ahora no consigo recordar la última vez que vi jugar a Gheorghe Hagi. Un futbolista prodigioso nacido para jugar con el número 10, para darnos a entender que los partidos los podía ganar uno solo. Tenía Hagi esa pierna izquierda que era como una caja de música. Un tipo directo a lo imposible que lideró una época de magníficos futbolistas en Rumanía. Incluso en aquella época los futbolistas rumanos nos parecían mejores que los españoles: Belodebici, Lacatus, Dimitrescu, Balint… Pero la cosa fue cuando empezaron a llegar a España a mansalva. Nos encontramos entonces con un problema: no eran como los que habíamos comprado. Acabamos con la sensación de que ellos no nacieron para complicarse la vida. Hagi nos daba esa sensación y quizá llevase razón. Si en un sitio te va bien qué necesidad tienes de complicarte la vida.

Pero la vida es así. Y Hagi aceptó esa responsabilidad de venir a España.  Jugó en Madrid y Barcelona, pero en ningún lado dejó huella. Podía no haber jugado en ninguno de los dos sitios que no hubiese pasado nada. Se convirtió en esa casa carísima que, al final, te arrepientes de haberla comprado porque, nada más tener las llaves, descubres que ése no es tu barrio. A los dos meses de venir a España, Hagi ya había perdido esa capacidad para  atraernos. Se convirtió en una disculpa, en el futbolista que podía haber sido y no fue, en la ingratitud de explicarlo. Si nos hubiésemos tragado un bordillo no hubiéramos reaccionado con más extrañeza. Pero ese Hagi casi nunca estuvo a la altura de Martín Vazquez, el  futbolista que vino a sustituir. Y la paciencia pierde pronto los papeles en el fútbol.

Luego, cuando volvió al Barcelona, ya habíamos entendido cómo era él y como iba a ser: Gheorghe Hagi. Cruyff ya no le reservó un papel preferente.  Pero, precisamente, eso es lo que hoy más molesta contar de él. Un futbolista que pudo estar a la altura en el recuerdo de los mejores de esa época, de Laudrup, de Stoikov, de Mijatovic… Y, sin embargo, lo resumimos a los veranos con  Rumanía. Entonces ninguno fue tan especial como el del 94, el del Mundial de EEUU, donde volvimos a entender que Hagi era un futbolista para amar profundamente. Jugó entonces como los ángeles al fútbol. Pero quizá en la selección de Rumanía tenía lo que necesitaba y aquí no encontraba.  Allí representaba todo lo que él entendía por un número diez. Era el que creaba y finalizaba. El que tiraba a gol desde cualquier parte. El que marcaba más goles que nadie. Aquí, sin embargo, no pudo ser. Y fue una pena. Y nadie supo cómo resolver esa ecuación.

Hoy, Hagi es un señor de 54 años que vuelve a estar dividido en dos. Un mito viviente en Rumanía y un entrenador del montón para el resto del mundo. Ha creado una academia de fútbol en su país que podría llevar el nombre de Johan Cruyff: defiende las mismas ideas. Las ideas que convirtieron al fútbol en una obra de arte. Pero, sobre todo, en cada entrevista, que concede, Hagi muestra su deseo de que la selección de Rumanía recupere el status, de que vuelvan aquellos veranos de los noventa. Y quién sabe. Quién sabe si su hijo Ianis, que es un extremo apreciable, podría ser uno de sus brazos ejecutores. Pero queda. Todavía queda porque, lejos de Madrid y Barcelona, el listón de Gheorghe Hagi está muy alto. Nos recuerda, efectivamente, a un tipo capaz de ganar los partidos por él mismo. Un futbolista que podía ser un misterio o una pesadilla. Pero fuese como fuese merecía la pena tomar el riesgo.

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