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Las Vegas, fans de los Knights.

Deporte USA

Hielo en el infierno

Vegas Golden Knights, el primer equipo profesional de la ciudad de Nevada, ganó ayer domingo a Winnipeg Jets y jugará la Stanley Cup.

Hielo en el infierno

La mejor camiseta que vi en Las Vegas la llevaba un hombre, cincuentañero y caucásico, que bebía una cerveza junto con un amigo y sus mujeres mientras paseaban tranquilamente por la planta de casino del Excalibur Hotel. Sobre un fondo de color blanco, en ella salía la icónica cara de Jesucristo crucificado en la cruz acompañada de la frase “Su pasión sois vosotros”. Me imagino que su objetivo vistiéndose así era transmitirnos a los demás una especie de declaración de intenciones. O una metáfora.

O, tal vez, únicamente quería ser irónico.

II. Vegas Golden Knights, el primer equipo profesional de la ciudad de Nevada, ganó ayer domingo a Winnipeg Jets en el quinto partido de la final de la Conferencia Oeste de la NHL y jugará la Stanley Cup. Antes de iniciar la temporada, apostar que el equipo de Las Vegas iba a ganar el título se pagaba 500 a 1. Era, sin duda, una apuesta como mínimo arriesgada: hace apenas un año, Vegas Golden Knights, el nuevo equipo de la última expansión de la NHL, no tenía ningún jugador en su plantilla. Ahora, los Golden Knights se encuentran a tan sólo cuatro victorias de poder ganar el campeonato. El último equipo surgido de una expansión en una de las competiciones profesionales norteamericanas que disputó una final en su primer año de historia fue Saint Louis Blues en 1968. Han pasado cincuenta años desde entonces y nadie más lo había conseguido. Ni en la NFL, ni en la MLB, ni en la NBA, ni en la NHL.

Por suerte, los caminos del deporte son inescrutables.

III. Las Vegas se encuentra en mitad de la nada, rodeada de desierto en cualquier dirección. Hace calor y la sequedad de su aire se te pega a la garganta. Una de sus habitantes nos contó que hay días en los que si miras hacia el final de la ciudad, por encima del Stratosphere Hotel, puedes ver nubes negras de tormenta. Al rato, esas nubes descargan lluvia, pero, insistió, nunca encima de los rascacielos. El viento, en cambio, sí que es habitual e impetuoso. También la gente: más de 40 millones de personas visitan cada año la ciudad más poblada de Nevada.

La explicación es sencilla: un tramo de una calle. Tiene una extensión de unos 6,4 kilómetros dentro de Las Vegas Boulevard South y un nombre propio: Las Vegas Strip. La Franja de Las Vegas.

Pero, en realidad, la extensión de la trascendencia de esa franja de tierra es infinita.

IV. Ha habido que esperar hasta el año 2017 para poder encontrar al primer equipo deportivo profesional de Las Vegas. Los Golden Knights son el eslabón inicial de un proceso que en los próximos años se completará con Las Vegas Aces, equipo que compite desde esta temporada en la WNBA, y con el polémico traslado de los Raiders de la NFL desde Oakland a la ciudad del pecado presumiblemente en el año 2020. El boxeo o los deportes de motor han sido habituales en una ciudad en la que el béisbol también ha estado siempre presente (Bryce Harper y Kris Bryant, dos de los mejores jugadores de la actualidad, son oriundos de Las Vegas), pero el primer conjunto profesional de una ciudad en el desierto ha sido de hockey sobre hielo.

Más allá de lo anecdótico, eso únicamente podía pasar en Las Vegas, la ciudad del azar.

Las Vegas, fans de los Knights.

Las Vegas, fans de los Knights.

V. Las Vegas en sí es una metáfora. No sé de qué, pero es una metáfora. Quizá, de los propios Estados Unidos de América. O, tal vez, del mundo actual. Las pasarelas de Las Vegas Strip unen los hoteles y los casinos, que, con sus tiendas, sus bares y sus restaurantes, están abiertos para todo el mundo. En las entradas de los lujosos edificios, los espectáculos de agua y de fuego se funden con las luces de neón para el disfrute de decenas de miles de personas de todas las razas y condiciones. El dinero fluye continuamente y la gente no para de jugar al póker, al blackjack o a la ruleta. Los turistas se hacen fotografías delante de una réplica de la Torre Eiffel antes de pasear en góndola por un canal veneciano o admirar una Estatua de la Libertad vestida en esta ocasión con la camiseta de los Golden Knights. Hay música, ruido y la gente que pasa a tu lado habla en idiomas que no habías escuchado nunca en tu vida.

Hay disfraces y hay desnudos. Hay agentes de policía que te miran en cada esquina. Hay artificialidad y, por el contrario, también hay una especie de verdad.

Hay feromonas volando por el aire. Muchas.

Sobre todo, hay consumismo y hay liberalismo.

El puritanismo se olvida en el avión.

Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas.

VI. En Monument Valley, a más de 600 kilómetros de distancia de Las Vegas, vi a un señor maduro que paseaba a la que supongo que sería su esposa en un Ford Mustang descapotable de color amarillo. El polvo y la tonalidad roja de los más de 20 kilómetros que tiene el camino sin asfaltar de ese precioso valle situado en una reserva de indios navajos e inmortalizado para la eternidad por el genial John Ford recuerdan, por ejemplo, a las formaciones de arenisca que rodean la carretera, llena de motoristas con sus Harley Davidson, en el Valle del Fuego, un parque estatal situado a las afueras de Las Vegas. Me imagino que el señor del Mustang descapotable disfrutó de la vista del Monument Valley, impresionante y emocionante, pero me temo que su coche no se contentó en ese trayecto bacheado e irregular: en un giro a la derecha en una subida descubrí que algo se había desprendido y colgaba en su parte inferior. No tenía buena pinta.

Y así es, precisamente, como yo siempre me imaginé el deporte en Las Vegas. Como Mike Tyson mordiendo la oreja a Evander Holyfield. Como Floyd Mayweather y Conor McGregor acumulando billetes sobre un ring. Como aquel Hunter S. Thompson y su abogado montados en un Cadillac persiguiendo el sueño americano para luego contárnoslo en la revista Rolling Stone (o cubriendo un campeonato de motocross, ustedes eligen). Como un señor maduro rompiendo el cárter del motor de su Mustang descapotable y después visitando Las Vegas para jugarse su dinero en el casino del Bellagio.

Posiblemente, eso fue lo que sucedió cuando le perdí de vista.

VII. Las Vegas no se entiende sin la figura de Bugsy Siegel y su Flamingo, el hotel con el que empezó todo y que, según decía el propio Siegel, fue llamado así por el apodo que le había puesto a Virginia Hill, su novia de supuestas largas piernas a la que le encantaba jugar. La anécdota es maravillosa, aunque, en realidad, sea mentira. La verdad se difumina en Las Vegas, una ciudad que sigue comandando el renovado Flamingo desde una posición privilegiada en The Strip, con el Caesars Palace a su frente. Ahora, en el nuevo Flamingo se supera la frescura tropical del Jimmy Buffett’s Margaritaville y las mujeres de reminiscencias burlesque que bailan sobre las mesas con tapetes de cartas en el casino del hotel antes de llegar al patio interior, un jardín con olor a sal y a humedad y con flamencos, patos, tortugas, peces y otros animales. En medio de todo, justo enfrente de la Garden Chapel, se encuentra la placa que honra la importancia de Siegel en Las Vegas. Esa placa da fe de la obsesión con la seguridad de Siegel, que mandó construir una suite con ventanas a prueba de balas y con cinco posibles salidas para escapar, incluyendo una escalera escondida en un armario en el pasillo que conducía a un túnel en un sótano y, de ahí, a un garaje subterráneo con un chófer esperando en un coche a todas las horas del día.

Al final, Bugsy Siegel murió menos de un año después de que su Flamingo comenzara a funcionar. Pese a su obsesión con su seguridad, fue asesinado a disparos de unos asaltantes desconocidos cuando se encontraba en Beverly Hills en la mansión de su novia, Virginia Flamingo Hill.

El otro Flamingo de su vida, su hotel, sigue todavía en pie. En Las Vegas. El lugar que él comenzó a construir.

VIII. Cuando paseas por Las Vegas Strip la mayoría de la gente va bebiendo alcohol y fumando tabaco o marihuana. Para alguien que vive en otra ciudad diferente de Estados Unidos, esa imagen es, de alguna poderosa manera, extraña. Por ejemplo, en USA, aunque estén cerradas o sin abrir, no se pueden llevar botellas o latas del alcohol dentro del coche, sino que tienen que ir en el maletero. Por ejemplo, en muchas ciudades y pueblos estadounidenses no está permitido portar alcohol por la calle a no ser que se esconda dentro de bolsas de papel. Por ejemplo, en el Estado de Indiana era ilegal vender alcohol los domingos hasta hace apenas un par de meses. El motivo de esa ley casi centenaria era simple: el domingo es el día del Señor y está dedicado a descansar, no a emborracharse.

Aunque, me temo, una vez vista Las Vegas, que Estados Unidos es tan grande que en los domingos da tiempo a descansar y a emborracharse.

Las Vegas, fans de los Knights.

IX. La conductora del coche que nos trasladó hasta el aeropuerto McCarran nos contó que ella era de San Diego y que hacía cuatro meses que se había ido a vivir a Las Vegas. Nos aseguró, además, que la ciudad está entusiasmada con la posibilidad de que los Golden Knights, el primer equipo profesional de Las Vegas, pueda ganar la Stanley Cup. “¿Eres fan de ellos?”, le preguntamos. Y, con esa seguridad que siempre transmiten los estadounidenses cuando hablan, nos respondió: “No es el equipo de mi ciudad, pero, sí. Definitivamente, sí. Me encanta la energía que se respira en esta ciudad gracias a los Golden Knights”.

A nuestro alrededor, Las Vegas estaba llena de referencias a los Golden Knights y a, entre otros, su jugador más destacado esta temporada, el veterano portero canadiense Marc-André Fleury. Proveniente de los Pittsburgh Penguins, fue la penúltima selección del conjunto de Las Vegas en el draft de expansión.

Es un hecho que no hay nada que ilusione más que lo nuevo. O, según para quién, las segundas oportunidades.

X. Mientras esperábamos para embarcar, dos muchachos llegados desde Mississippi se jugaron unos últimos billetes en las máquinas tragaperras que hay situadas estratégicamente en la terminal del aeropuerto. La novia de uno de ellos les miraba desde un asiento cercano. Los tres llevaban pantalones vaqueros, botas de cowboy de color marrón y andaban de esa extraña forma en la que andan algunos norteamericanos de la parte sur del país y que yo no sé representar. Tenían cara de estar cansados, como si apenas hubieran dormido en los días pasados. Parecía lo habitual en ese aeropuerto. Apenas unos metros más allá, una familia de origen hindú con dos niños pequeños dormía apoyando los pies sobre sus maletas. El niño mayor, de hecho, no quiso despertarse ni para subir al avión. Cerca de ellos, en el suelo, dos chicas jóvenes estaban completamente extendidas con los ojos cerrados sobre la moqueta, grasienta y polvorienta. Un rato antes, al lado de una de las puertas del baño de caballeros, yo había visto tumbadas sobre la moqueta a otras dos jóvenes de origen asiático. Juraría que eran las dos mismas chicas que vi tumbadas exactamente en el mismo sitio cinco días antes cuando mi avión aterrizó por primera vez en ese aeropuerto.

No sé si serían las mismas, pero lo más sorprendente de ese pensamiento es que no me extrañaría que lo fueran.

XI. Cuando el avión despegó y por la ventanilla vi por última vez las luces de neón de los hoteles de Las Vegas Strip, caí en la cuenta de que la de aquel hombre cincuentón no era la mejor camiseta que había visto en mi estancia en Las Vegas. No, no lo era. La mejor camiseta que vi en Las Vegas era de color azul claro y la llevaba un niño de unos once años que compartía confidencias con otros tres chavales en un casino al lado de una barra de un bar de cócteles en la que un joven musculado y tatuado con una camiseta de tirantes acababa de invitar a una copa a una veinteañera rubia con melena lisa y un vestido negro y corto. En esa camiseta, únicamente había una frase en inglés. “Todos vosotros necesitáis a Jesús”, dice su traducción. “Y’all need Jesus”.

Quiero suponer que esa camiseta también sería una especie de metáfora de algo. O, tal vez, aquel niño únicamente quería ser irónico.

La vida lo es.

Los Golden Knights pueden ganar la Stanley Cup con únicamente un año de historia y el aire acondicionado de ese avión lo convirtió en un congelador andante durante las siguientes horas.

“También hay hielo en el infierno”, pensé. Y esa imagen fue la última que tuve en mi cabeza antes de que todo se oscureciera y me quedara dormido.

Un equipo de hockey en el desierto. Algo así como hielo en el infierno.

Es, en cierto modo, irónico.

Lo que no es irónico es que todo esto esté ocurriendo en Las Vegas. No en vano, lo más seguro es que sea el único sitio en el que podría ocurrir.

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