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Fútbol

¿Por qué se llaman hooligans?

Los hooligans ingleses se han dejado ver en Sevilla para continuar una tradición centenaria: la de los exaltados que causan destrozos.

Los hooligans ingleses han vuelto a hacerse notar. Esta vez ha sido en Sevilla, donde su país se la juega en la Liga de Naciones ante la Selección española. Según fuentes policiales, los ultras se encontraban en estado de embriaguez (nada nuevo) y causaron varios daños en coches y mobiliario urbano. La policía, en los casos de mayor hostilidad, tuvo que cargar contra los grupos de aficionados que se habían amotinado en el centro de la ciudad. Alrededor de 3.000 ingleses ocuparán hoy las gradas del Benito Villamarín.

Aunque la escena de la violencia hooligan actual la acapara Rusia —lo comprobamos hace unos meses en Bilbao—, el origen de este movimiento ultra está en Inglaterra. Y es centenario. El Compact Oxford English Dictionary indica que la palabra puede haberse originado en el apellido de una familia irlandesa protagonista de una canción de una obra de music-hall de la década de 1890. En el año 1898, la palabra hooligan apareció escrita por primera vez en un informe de la polícia de Londres referida a una banda de jóvenes (Hooligan Boys o O’Hooligan Boys). Un asesinato relacionado con esta banda popularizó el término hooligan en la prensa. Un año después, el escritor británico Clarence Rook publicó Hooligan Nights, una historia supuestamente basada en Patrick Hooligan, un vagabundo irlandés. También existía una tira cómica, publicada en el periódico Funny Folks, en la que se parodiaba a un personaje con el mismo nombre y la misma nacionalidad.

En 1904, Arthur Conan Doyle, autor de la saga Sherlock Holmes, utilizó el término en su relato corto The Adventure of the Six Napoleon. «Parecía ser uno de esos actos sin sentido del hooliganismo que ocurren de vez en cuando, y se informó al comisario sobre ello». H.G. Wells escribió en su novela semi-autobiográfica Tono-Bungay de 1909: «Tres jóvenes enérgicos del tipo hooligan, envueltos en gorras y envoltorios, empacaban cajas de madera con botellas empapeladas, en medio de mucha paja y confusión».

Según apuntó la revista Life en 1941, el dibujante de historietas y caricaturista político Frederick Burr Opper introdujo un personaje llamado Happy Hooligan en 1900: «El desafortunado Happy apareció regularmente en los periódicos estadounidenses durante más de 30 años (..) un vagabundo, ingenuo, con cara de babuino, que siempre llevaba una lata de tomate como sombrero». Life recuperó la historia para criticar al delegado soviético en Naciones Unidas, Yakov A. Malik, que se había referido indignado a los manifestantes antisoviéticos en Nueva York como «hooligans». «Happy Hooligan fue un héroe nacional y no creó problemas», puntualizó la revista.

Happy Hooligan.

Happy Hooligan.

Hasta la década de los 60, los hooligans eran considerados, sin mayor drama, como delincuentes de poca monta de los barrios más marginales de la periferia. En un contexto de disturbios raciales y crecimiento de las culturas juveniles, el fútbol se convirtió en la vía de escape de una generación entera de jóvenes británicos que canalizó su rabia y hastío con la sociedad a través de la afición a un equipo. Aunque el germen está en los 60, es en los años 80 cuando explota dramáticamente. La catástrofe de Heysel, en la final de la Copa de Europa de 1985, es la imagen que mejor retrata el hooliganismo del siglo pasado. Ultras del Liverpool cargaron contra los de la Juventus dentro del estadio, provocando una estampida en la que fallecieron 39 personas.

La Primera Ministra Margaret Thatcher actuó con contundencia contra lo que consideraba un problema con una profundidad social mucho mayor a la del fútbol. La cuestión de la violencia en los campos fue llevada al parlamento y adquirió una importancia capital en el programa legislativo de la Dama de Hierro. En 1986, se publicó el Public Order Act, que dotaba a los jueces del derecho a prohibir a los hooligans asistir a partidos de fútbol. Los equipos que formaban parte de la Federación recibieron créditos públicos para luchar contra sus ultras y en los estadios ingleses se instalaron cámaras de seguridad, se aumentó la presencia policial y se endurecieron los requisitos a nivel de documentación para entrar a ver un partido. También había entrado en vigor la Football Spectators Act, donde se prohibía a todos los condenados por hooliganismo ver encuentros internacionales en directo. Todo por controlar hasta el más mínimo detalle y evitar actos vandálicos.

En 1989, tan sólo cuatro años después de Heysel, se produjo una nueva tragedia en el estadio de Hillsborough. En una semifinal de la FA Cup que enfrentaba a Liverpool y Nottingham Forest, 96 personas fallecieron, una de ellas el primo de Steven Gerrard, tras ser aplastadas contra las vallas del campo por culpa de una avalancha. La cobertura que ofreció The Sun aquel día todavía escuece a orillas del Mersey. En la ciudad de Liverpool es prácticamente imposible encontrar el tabloide inglés después de que, bajo el contundente titular de “La Verdad”, se leyera que los aficionados reds, después de la tragedia, habían orinado sobre los fallecidos, agredido a los policías que realizaban labores de salvamento humano e, incluso, violado a una menor que yacía ya sin vida. The Sun, 23 años después, pidió perdón con un nuevo artículo, “La verdadera verdad”, que no sirvió de nada si su objetivo era poner fin al veto de Liverpool y Everton.

Pero la patente no es inglesa. Hace tres días, en Rijeka, Croacia e Inglaterra jugaron su partido de Liga de Naciones a puerta cerrada por culpa de una sanción que los ultras croatas arrastran por haber pintado, en 2016, en un encuentro ante Italia de clasificación para la Eurocopa, una esvástica sobre el césped del estadio Pojud de Split.

Aunque el hooliganismo se asocia con la violencia en el fútbol, el primer caso de violencia de masas en un evento deportivo tuvo lugar en la antigua Constantinopla (532 después de Cristo). Dos grupos de seguidores de carreras de carros, los Azules y los Verdes, participaron en la revuelta de Niká, que comenzó en el hipódromo, se extendió por Constantinopla y duró alrededor de una semana; casi la mitad de la ciudad fue quemada o destruida. Procopio de Cesarea relató así el ambiente previo: «La población de las ciudades se había dividido desde hace tiempo en dos grupos, los Verdes y los Azules… sus miembros (de cada facción) luchaban contra sus adversarios… no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco». Finalmente, las tropas del general Belisario rodearon a los rebeldes en el hipódromo con la excusa de parlamentar y los masacraron. Se calcula que hubo 30.000 muertos.

3 Comments

3 Comments

  1. Pedro73

    16/10/2018 at 13:00

    Buenos días,
    Me gustaría saber la procedencia de esta foto?
    Es muy ilustrativa.
    Un saludo

  2. AMM

    11/05/2019 at 18:24

    Es de un seguidor húngaro durante la Euro Francia 16

  3. Verona

    11/05/2019 at 18:26

    Existen más hooligans por Europa y el Norte de Africa que en Inglaterra, lean «La Batalla de Marsella, crónica y análisis del Rusia-Inglaterra 2016» y «Ultras y Hooligans, una tormenta sobre Esuropa», los dos de Antonio Martinez Miguelez

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