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Fútbol

Hugo Sánchez: no nos casamos contigo

A los 60 años, es un entrenador, aún sin terminar, perseguido por la indiferencia. Nada que ver con su época de delantero centro del Madrid, cuando marcó todos los goles habidos y por haber.

El otro día reconozco que me quedé loco viendo un documental de su vida. No imaginaba que Hugo Sánchez (1958) tuviese ya 60 años. Lo imaginaba eternamente joven. Pero los años no dividen a las clases sociales y pasan para todos igual. De ahí que los rizos de Hugo Sánchez también hayan perdido volumen y que su frente se haya ampliado claramente. Su fotografía también se ha alejado de aquel futbolista que podía haber jugado en Oriente Medio. No hubiera pasado nada. También hubiese marcado goles. También hubiese dado máximos dividendos en el área. Allí, tenía tres o cuatro ojos y llegaba hasta lugares que al resto de los humanos nos parecían imposibles. A escondidas de los árbitros, deshinchaba las ruedas de los coches, ponía los pelos de punta a los defensas y hasta un portero tan educado como Ablanedo, incapaz de matar a una mosca, hablaba de él como si lo hiciese de Ángela Channing, la dueña de los viñedos de Falcon Crest tan populares en aquella época.

Tenía ese veneno Hugo Sánchez que tienen los goleadores o los triunfadores: ese ego que no metía la pata en ninguna fotografía ni en ninguna celebración. Quizás porque en él todo estaba medido al milímetro, hasta las horas de secador, como si se tratase de una agencia de publicidad. Sus volteretas también eran una obra maestra, la prolongación de su hermana que fue gimnasta olímpica en los Juegos de Montreal 76. Quizás por eso a los niños de mi época nos sobraban los motivos para adorar o para envidiar a Hugo Sánchez, porque nada era tan fácil como lo hacía parecer él. Ni una voltereta en clase de educación fisica ni marcar un gol en el recreo. Ni siquiera cuando uno cogía al portero comiendo el bocadillo. Pero Hugo Sánchez era un tipo que se salía de lo corriente. Un futbolista con capacidad para estar en todas partes en el área, para meter goles de espaldas y para convertir cada día en el día de su cumpleaños. Parecía mentira que ese hombre se apellidase Sánchez, como tantos de los compañeros del colegio. Pero en la cancha tenía algo que solo tenían los Reyes Magos. De cualquier lado sacaba beneficios.

No había quien contestase a Hugo Sánchez en un fútbol que se reducía al 4-3-3 o, a lo sumo, al 4-4-2. Los entrenadores no daban la lata. Eran tan inteligentes como aquel Leo Beenhakker al que ni se le ocurría imponer su ego al de sus futbolistas. Quizás por eso Hugo Sánchez tuvo barra libre para ser como era. Su única responsabilidad era con el gol, donde desafiaba todos los controles de natalidad habidos y por haber. No importaba que lejos del área figurase en paradero desconocido. El gol solucionaba todas las deudas. Todas excepto una, que, a la larga, se convirtió en una enfermedad crónica. Los años pasaban y hasta los más jóvenes nos dábamos cuenta de que Hugo Sánchez no llegaba al corazón de la gente. Hoy, que ya dejamos de ser niños, ya podemos explicarlo con más coherencia. A nuestra edad, entendimos que los mayores celebran los goles pero no se enamoran de los goles. Se enamoran de los futbolistas que nos dan motivos, que no reivindican su complejo de superioridad y que, a ser posible, no estén casados con ellos mismos.

El Hugo Sánchez que uno recuerda sí lo estaba. Era un tipo al que los enemigos, lejos de crearle problemas de conciencia, le estimulaban. Un orgullo severo que tal vez hoy hubiese rivalizado con Cristiano Ronaldo. Pero la diferencia es que en los años ochenta, en vez de redes sociales, existían cabinas de teléfono. Los futbolistas todavía no rivalizaban con los dioses. Los científicos eran tan importantes como los futbolistas. De ahí que 30 años después la popularidad de Hugo Sánchez sea tan reducida en el mundo de hoy. No se corresponde con el número de goles que marcó con la camiseta del Madrid ni con lo que ha sido su biografía como entrenador.

Hay que rebobinar la cinta para glorificarlo. Es imprescindible regresar a sus años jóvenes en los que, efectivamente, uno lo recuerda como un goleador extraordinario en esas tardes de domingo. Pero no como un ejemplo. Quizás porque tampoco tenía la obligación de ser un ejemplo. Pero, a la larga, de una u otra manera, dicen que esas cosas se pagan en las profesiones en las que se trabaja cara al público. Quizá por eso Hugo Sánchez, aún siendo uno de los mejores delanteros centros de su historia, nunca sonó de veras para entrenar al Real Madrid. Y le hubiera gustado porque a todo el mundo le gusta realizarse. Pero, a cambio, lo más cercano que recordamos de él fueron esos meses en los que entrenó al Almería y en los que se encontró con un problema que ya no tenía solución. Los goles ya no dependían de Hugo Sánchez.

1 Comment

1 Comment

  1. skiner

    30/12/2018 at 14:47

    Hugo Sánchez tenía un don extraordinario que era encontrar el espacio en el momento correcto dentro del ara para acompañar el balón dentro del área.
    Siempre tendrá ese maravilloso record de ser el jugador que metió 38 goles al primer toque.

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