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Casablanca.

Sociedad

Iconos de masculinidad (para hombres)

Adso de Melk, en su vejez, recuerda sus tiempos de novicio con Guillermo de Baskerville y describe como cualquier niño busca figuras a las que imitar.

Era Adso de Melk en su vejez, recordando sus tiempos de novicio en aquella abadía del norte de Italia en la que compartió inquietantes hechos junto a Guillermo de Baskerville, el que describía cómo todo niño o adolescente busca figuras masculinas a las que imitar y va eligiendo unas y descartando otras, fijándose y escudriñando con ojos curiosos o tomando retazos de todas con la intención de componerse a sí mismo con una figura eminentemente masculina. Releyendo ese pasaje, he recordado mis propias vivencias en ese aspecto y cómo el cine nos daba la posibilidad de elegir entre un enorme elenco en el que configurar aquello que pretendíamos ser. En mi primer recuerdo, siendo aún muy niño, se me aparece el sheriff John T. Chance, aquel personaje encarnado por John Wayne en Río Bravo: alto, rudo, fuerte, libre, honesto y generoso con sus amigos Dude y Stumpy, a los que nunca miró por encima del hombro.

Aquello no me duró mucho porque, siguiendo dentro del western, me encontré un día con El manco, el personaje que magistralmente interpretaba Clint Eastwood en la célebre trilogía de Sergio Leone, aunque de entre las tres, mi película fue La muerte tenía un precio, a la que llegué mucho antes de verla gracias a un single que escuchaba una y otra vez en un pick up mientras ensayaba delante de un espejo el entornado de ojos de Clint cuando le daba el sol y su boca doblada en la que mantenía un cigarro entre los dientes. En la carátula estaba dibujado el Coronel Douglas Mortimer pisándole la muñeca para quitarle el arma a El indio, que yacía muerto apoyado sobre el muro que circundaba la era de Aguascalientes tras el mejor duelo de la historia del cine. El manco disparaba bien, peleaba mejor y no le temía a nadie: alto, delgado y con su poncho marrón con dibujos blancos, no dudaba en infiltrase en la banda de El indio solo por dinero, solo por matarlos a todos y cobrar la recompensa, con su voz grave, siempre parco en palabras pero de gatillo fácil.

Esto me duró hasta aproximadamente los 15 años, en los que descubrí a un mito al que sigo admirando. Descubrí al Mito, en mayúsculas, porque descubrí a Rick Blayne despidiéndose de Ilsa en el aeródromo de Casablanca con una gabardina, dándolo todo por una causa mayor y más noble que la suya propia, sintiéndose pequeño ante todo lo que lo rodeaba, dando incluso hasta su corazón entre los jirones de neblina que se arremolinaban junto a las hélices del avión que partía hacia Lisboa y, de allí, a la libertad. Vi Casablanca más de 40 veces durante mi adolescencia, mezclada con infinidad de títulos de cine negro, y eso me permitió descubrir al sarcástico e inteligente Phillip Marlowe, al cínico y cruel Sam Spade y al exalcohólico Harry Dawes intentando salvar a María Vargas en La Condesa descalza mientras le ofrece un Chesterfield sin filtro a su hermano en la puerta de la desvencijada casa. Chesterfield sin filtros que también fumaba yo, encendidos con un Zippo color negro mate. Bogart, siempre triunfante con las mujeres, siempre vencedor ante los hombres, pero eterno perdedor y nostálgico recalcitrante, intimista, callado, no era el mejor peleador, pero no le hacía falta tampoco porque su mirada lo decía todo, mirada de hombre duro que ha visto mucho y que iba a ir a por todas, sin importarle nada porque su causa siempre merecía la pena.

Aquí se me acabó la adolescencia, aunque aún continúo viendo al menos una vez al año una de cada uno, en especial John Wayne y Río Bravo, de Eastwood siempre la trilogía y de Humphrey cualquier cosa, porque me sigue gustando todo. De todas maneras, si tuviese que elegir hoy un modelo me quedaba sin lugar a dudas con George Clooney, elegante, caballeroso, pero capaz de enamorarse hasta lo indebido de alguna dama, aunque esta sea Julia Roberts o Catherine Zeta-Jones, capaz de perderlo todo, sufrir por amor y ver que tras mucho esfuerzo todo le ha salido al revés. Todo ello sin perder la sonrisa y encajando los golpes como si no hubiese hecho otra cosa en su vida que recibir. A la vez es un activista político sin tapujos, como demostró en Syriana o Los idus de marzo, pero sobre todo, el tipo tremendamente humano, padre y esposo que encarna en Los descendientes, viendo cómo su vida se deshace a jirones, defraudado por todos, pero manteniendo la serenidad mientras abraza a su hija mirando a su mujer infiel en la cama de un hospital, una imagen de lo que deberíamos ser todos los hombres ante las peores circunstancias.

Pero, por si les interesa, que no lo sé, les cuento que de entre todos y a mi edad sigo teniendo como icono de hombre a uno que con el paso de los años cada vez más admiración me causa y más respeto me da. Un hombre incapaz a la crítica, empático, trabajador, sencillo a pesar del dinero y para quien la violencia nunca es una opción: madrugador, capaz de admirar el valor y la belleza de las cosas más pequeñas y poner la amistad y el respeto a los demás por encima de todo, mientras piensa en el amor de su vida, ese que él cree que no merece porque la idolatra, ese amor que se va cruzando en su camino, sinuosamente unas veces abruptamente otras, mientras va intentando aprender a ser un hombre, sin prisa, aunque su amor le pida que corra, que corra, con sus dudas y sus miedos, siempre sintiéndose un tonto, pero sin importarle, siempre sintiendo una risa a su espalda, pero sin dejar de mirar hacia a delante porque sabe que, actuando bien, todo va a ir siempre bien y nunca, jamás, olvidando de dónde viene y quién es, porque eso es lo importante en la vida: ser honesto con uno mismo y estar preparado para todo. Porque la vida, ya sabéis, es como una caja de bombones y nunca sabes cuál te va a tocar.

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