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Cine

La película del verano

Infierno bajo el agua no es más de lo que quiere ser: es una película pequeña, modesta y sin grandes pretensiones, entretenida con buenos toques de terror.

Dicen que fue Luis Aguilé quien en 1966 creó la primera canción del verano. Desde esa fecha y con los primeros calores aparecen en nuestras radios una serie de canciones que rivalizan por dicho título. En cine ocurre lo mismo: desde que en 1975 Spielberg aterrorizase las playas de Benidorm y de medio mundo con su única y magnífica Tiburón, año tras año es llegar el mes de junio y aparece en nuestras pantallas alguna especie depredadora sea orca, pulpo, piraña o anconda que amenaza con comerse a bañistas, científicos, exploradores o, en el caso del Megalodón del año pasado, a medio Japón.

En esta ocasión es un grupo de cocodrilos los que les hacen la vida imposible a un padre y una hija “experta nadadora”, que no solo tienen que sobrevivir a un huracán y una inundación, sino también al voraz apetito de los reptiles.

Alexander Aja, su director, es un reputado fabricante de películas de misterio y ciencia ficción que ya nos había dado pistas de su capacidad para introducirse en este tipo de historias con su peculiar Pirañas 3D. Aja maneja con habilidad un comienzo claustrofóbico, donde convierte el sótano de una casa en un elemento tan protagonista y aterrador como los mismísimos caimanes, y nos introduce desde el primer momento en ese mundo cerrado entre los personajes y los monstruos que les atacan. Una acción bien llevada regada de los típicos sustos propios de este tipo de películas, trucos que por más repetidos no dejan de ser útiles en este tipo de films.

Que en la dirección se encuentre el francés Aja y Sam Raimi en la producción son las razones por las que probablemente el trabajo de digitalización está tan cuidado. Los caimanes y sus ataques están realizados a la perfección y con un gran realismo, por ahí ni una gotera. En cuanto a los actores, todo el peso de la historia lo sujetan con acierto y la suficiente carga dramática Kaya Scodelario y Barry Pepper, quienes se pasan los 87 minutos de metraje literalmente con el agua al cuello.

Infierno bajo el agua no es más de lo que quiere ser: es una película pequeña, modesta y sin grandes pretensiones, entretenida con buenos toques de terror. O sea un entretenimiento veraniego eficaz, ameno, bien hecho y recomendable si sabes lo que buscas, en el que nada nos es ajeno ya que ocurren cosas mil veces vistas. Vemos a los típicos personajes que solo aparecen para ser devorados minutos después y a unos protagonistas que son capaces de sobrevivir y hacer acciones físicas increíbles, pese a arrastrar heridas gravísimas, o actos de un valor fuera de lo común, mientras mantienen conversaciones de alto contenido emocional. Aun así la película funciona, te mantiene atento a la pantalla gracias a un ritmo trepidante que no te deja pensar si lo que estás viendo es más o menos disparatado. Y su duración (¡por fin!) es la que debe ser.

Por cierto, y como en tantas y tantas ocasiones, horrible esa traducción al castellano de Crawl, su título original, que no solo nos habla de un estilo de natación, sino también de arrastrarse, eso que hacen para mantenerse vivos los dos protagonistas durante toda la película: deslizarse entre cables y tuberías para esquivar a los cocodrilos en el sótano de la casa.

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