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Andrés Iniesta se abraza con Messi durante el partido con el Chelsea.

Barcelona

Iniesta, el gigante frágil que ha sabido decir adiós

Se ha despedido Iniesta, el más humano de los extraterrestres del balón. Un jugador que ha decidido marcharse en lo más alto.

Suena la voz de Antonio Vega y la canción Lucha de gigantes:  “Un duelo salvaje, advierte, lo cerca que ando de entrar… En un mundo descomunal, siento mi fragilidad”. Iniesta, el chaval delgaducho, pequeño de estatura, que llegó a los 12 años en coche desde su Fuentealbilla natal hasta Barcelona acompañado de sus padres, el que ayer todavía recordaba ese día como “algo terrible” porque se sintió minúsculo en aquel universo desconocido en el que echaba de menos a su familia y Víctor Valdés le arropó y defendía en La Masia, ha anunciado lo que ya se sabía: que se va del Barça.

Antes de empezar a hablar en una sala de Prensa abarrotada por medios de comunicación, cuerpo técnico, familia y compañeros (faltaron Messi y Luis Suárez), ya se le notó como siempre: frágil. Haciendo pausas para deshacer el nudo en la garganta y poder así seguir hablando para decir lo que quería, lo que tenía tan pensado y meditado. Plenamente consciente del momento y de que ya no hay marcha atrás. “Sé lo que significa la exigencia de jugar aquí año tras año en todos los sentidos. Sé la responsabilidad que es ser capitán de este club. Por lo tanto, siendo honesto conmigo mismo y con el club que me lo ha dado todo, entiendo que mi etapa acaba este año, por el simple hecho de que siempre he entendido que este club que me acogió con doce años se merece lo mejor de mí, como he hecho hasta ahora, y entiendo que en el futuro más cercano no podría darle lo mejor de mí en todos los sentidos”, dijo.

No busquen más razones. No hay que escudriñar mucho más, aunque cada historia tenga su reverso, su cara B: las desavenencias con la directiva, ese sentirse desatendido, menospreciado y que Bartomeu diera por hecha su renovación hasta que él hizo temblar los cimientos con un simple “no” a la llegada al Aeropuerto de El Prat, hace un año, cuando se le preguntó por su renovación. Porque, de repente, todo el mundo se dio cuenta de que nada era seguro y él se podía ir. Quien esté libre de ego que tire la primera piedra, pero el club reaccionó e Iniesta se sentó y firmó un contrato “de por vida” —el primero en la historia de la entidad— sin engañar a nadie. Él iba a decidir cómo y cuándo diría adiós al Barça; lo único que se resolvió entonces fue que el Barça entendió que no se podía permitir que alguien como Iniesta se largara por la puerta de atrás y sin el reconocimiento que se le debía. Por compromiso, por años, por títulos, por estilo, por legado, por ejemplo, por símbolo. Por justicia.

“Se va por dinero”, escucharán a aquellos que al parecer comen de lo que cultivan en sus tierras y se cosen sus propias ropas, alejados del mundanal ruido. Y les dará lo mismo la explicación de un profesional que durante 22 años ha vivido y respirado un club y que quiere marcar sus tiempos, así que no traten de convercerles. Irse cuando aún está en lo más alto —la exhibición en la última final de la Copa del Rey es el máximo ejemplo— antes de tener que “arrastrarse”, como explicó el alguna ocasión. Marcharse sin hacer reproches y dando las gracias “porque sin haber pasado por La Masia no hubiera sido ni el mismo jugador, ni la misma persona”.

Decir adiós a tiempo está solo al alcance de los que no miran atrás para reivindicarse y alargar un momento que niegan que ya ha pasado porque prefieren agarrarse a la figura, al sacramento que aún representan para el tendido, el personal, más que para sí mismos. Es lo más difícil del mundo —que se lo pregunten a Wenger, por ejemplo— y un paso tan personal que sólo se puede hacer desde la pena de lo que dejas atrás, pero con el convencimiento de que es la mejor decisión posible porque es la tuya. 

En el miedo a la enormidad donde nadie oye tu voz, como cantaba Antonio Vega, Iniesta ha sabido encontrar una propia e irrepetible. No era el más alto, ni el más rápido, el más fuerte, el que más llegaba a puerta, el que más goles marcaba, pero sin él no se pueden entender los mayores éxitos del Barça ni de la Selección española. Sabiéndose frágil, contando en el libro de Marcos López y Ramón Besa La jugada de mi vida cómo esa búsqueda del equilibrio le hizo caer en un agujero oscuro, “un túnel” que se llama depresión y de la que tuvo que tratarse porque hubo momentos en que su mente se desconectaba de su cuerpo. Pep Guardiola le dio entonces carta blanca: “Andrés, tú mismo, ¿vale? Cuando notes algo extraño, te vas. Ni me pidas permiso, ¿vale? Agarras y te vas del entrenamiento. No pasa nada, lo importante eres tú, sólo tú (…) Y muchas veces, en ocasiones apenas a los diez minutos de entrenamiento, Andrés ya enfilaba el camino de los vestuarios desconcertado por sensaciones que no le dejaban vivir en paz consigo mismo”.

En el día que ha anunciado su marcha, sin embargo, ha declarado sentirse en paz pese al dolor. A Andrés Iniesta todavía le quedan los homenajes del club y de la afición, la celebración del título de Liga y el reconocimiento unánime del mundo del fútbol ante un jugador único. “Y también espero que se me recuerde como una buena persona, el fútbol pasa y quedan las personas”, pidió. Pues ya lo tiene, don Andrés. Lo uno y lo otro. En la radio suena: “Deja de engañar. No quieras ocultar, que has pasado sin tropezar…”. Ni en eso, ni siquiera en eso, ha mentido Iniesta. El más humano de los extraterrestres del balón. Un gigante. 

Periodista. Feminista. No me toques las palmas que me conozco. Optimista por obligación, sigo pensando que me tocará el Euromillón. 25 años de profesión. Empecé en Marca cubriendo el Madrid con Mendoza y me vine a Barcelona con el Barça de Laporta. He vivido más Copas de Europa que Gento. Y qué bien me lo paso aunque no haya visto nadar a Phelps o correr a Bolt en vivo y en directo. Canto fatal, pero no me rindo. Porque el que canta, su mal espanta.

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