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Fútbol

La última final de Iniesta: ay pena, penita, pena

Disputará su última final con el Barça y se presenta como un asunto menor, tapado por las declaraciones grandilocuentes de unos y otros.

A un día de la final de Copa entre el Barcelona y el Sevilla el acento, el foco, el ruido, incluido el mediático, está en la política. Los pitos al himno que se dan por descontados, los llamamientos desde diferentes asociaciones para que los aficionados culés vayan vestidos de amarillo como muestra de solidaridad con los políticos independentistas encarcelados, las declaraciones de Bartomeu pidiendo libertad de expresión y las de Tebas abogando por un ‘155’ a quien silbe en el Wanda. Y en medio de todo este follón, resulta que Andrés Iniesta disputará su última final con la camiseta del Barça y se presenta como un asunto menor, tapado por las declaraciones grandilocuentes de unos y otros. Es el fin de una era, pero andamos entretenidísimos con otros asuntos que nada tienen que ver con la pelota. Es triste, pero esto es lo que hay.

A estas alturas, que Iniesta anuncie que se queda en el Barça sería la sorpresa. Todos, absolutamente todos sus gestos indican lo contrario. Y también sus palabras. ¿Por ejemplo? Cuando cayeron eliminados en Roma y con la mirada perdida admitió que la derrota le resultaba aún más dolorosa porque era una posibilidad que hubiese sido su último partido en la Champions. O cuando tras la victoria ante el Valencia añadió que ya tenía tomada su decisión y que el apoyo de la grada con el cántico de “Iniesta, quédate”, no le haría cambiar de opinión. En los últimos días hasta ha compartido en sus redes sociales imágenes de sus comienzos en pleno ataque de nostalgia… se está despidiendo, vaya. Y su última final será mañana en Madrid frente al Sevilla.

 

Descontando las jornadas que les quedan para proclamarse campeones de Liga —con récord incluido— el título de Copa se presenta más como una obligación, algo que se da por hecho, que como una conquista. Y encima el posible doblete les sabe a poco a muchos culés hasta que el Madrid juegue con el Bayern y sepan o no si está en la final. Porque una nueva Champions del eterno rival es la tabla de medir la temporada del Barça, la fina línea que separa el éxito del fracaso. Manda narices.

En una final donde el club azulgrana ha tenido que cambiar hasta tres veces sus propias normas para vender las 20.279 entradas que le tocaban (las últimas 2.500 se vendieron en taquillas a quien quisiera sin necesidad de ser socio), todo indica que Iniesta dirá adiós al club de su vida. Que suceda cuatro días después de que el Barça jugara en Balaídos por primera vez en 16 años un partido oficial sin ningún jugador formado en la cantera en el once titular, seis años después del debut de Sergi Roberto —el último en hacerse un hueco— que el Barça B esté en posiciones de descenso después de 16 fichajes esta temporada y que ni Luis Enrique, ni Valverde cuenten con los jugadores formados en La Masía, da una medida real de que el Barça ha dejado de ser més que un club para convertirse en un club más. Y en este sentido, la última final de Iniesta en pleno barullo por cuestiones políticas y sociales está quedando tan deslucida que la sensación, y aquí hablo, escribo, en primera persona, no puede ser otra que la de pena.

Sin él es imposible comprender y contabilizar los éxitos del mejor Barça, por no hablar de la Selección española y su gol en la final del Mundial de Sudáfrica. Se está yendo una parte de la historia de nuestro fútbol, que tanta, tanta, felicidad nos ha dado, sin prestar mucha atención y distraídos con banderas, pitos, himnos, golpes en el pecho y “tú más, pues anda que tú”. Ay qué pena, penita, pena.

Periodista. Feminista. No me toques las palmas que me conozco. Optimista por obligación, sigo pensando que me tocará el Euromillón. 25 años de profesión. Empecé en Marca cubriendo el Madrid con Mendoza y me vine a Barcelona con el Barça de Laporta. He vivido más Copas de Europa que Gento. Y qué bien me lo paso aunque no haya visto nadar a Phelps o correr a Bolt en vivo y en directo. Canto fatal, pero no me rindo. Porque el que canta, su mal espanta.

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