Irureta: "Hay pensiones ínfimas, ¿qué clase de justicia es esa?" - Fútbol - A la Contra
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Javier Irureta.

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Irureta: “Hay pensiones ínfimas, ¿qué clase de justicia es esa?”

Fue campeón de Liga con el Deportivo “sin tener despacho”. Hoy es un abuelo de cinco nietos que los acompaña al autobús y a las clases extraescolares. Y que sigue contando historias.

Vivir sin memoria es como vivir sin amigos. Algo prácticamente imposible que hoy explica Javier Irureta (1948, Irún), un entrenador jubilado o un hombre de 70 años que ahora, entre sus ocupaciones más brillantes, tiene la de ir a recoger a los nietos “a la parada del autobús o la de llevarlos a actividades extraescolares”. Todo el tiempo que no le sobraba entonces le sobra ahora al hombre que, desde que se inició en el Sestao, dirigió a casi todos los equipos del Norte: Logroñés, Oviedo, Racing, Athletic, Real Sociedad, Celta y, sobre todo, Deportivo, al que hizo campeón de Liga y Copa.

Fueron siete años brillantísimos en La Coruña que “acabaron porque todo se acaba en la vida. Fran, Mauro Silva, Donato…, los futbolistas que nos permitieron llegar hasta ahí, se fueron haciendo mayores. El caso es que veíamos como el tiempo nos debilitaba y no había manera de impedirlo”, explica hoy en Las Arenas de Getxo, a dos pasos del mar, donde está su vida y su casa, ya inamovible, la revancha con sus años de entrenador, la vida repartida en tantos sitios como en el hotel Chiqui de Santander, donde yo le conocí, y, sobre todo, en el María Pita de La Coruña, en aquella habitación 512, en la que la tecnología se resumía al secador de pelo o a la pantalla de la televisión. “Yo no tenía ordenador. Tenía una carpeta en la que escribía mis sensaciones o guardaba los recortes de prensa, todo lo que me pudiese aportar algo o luego, de regreso a Bilbao, pudiese enseñar a la familia”.

Irureta era entonces un hombre solo, porque “no quería llevar a mi familia conmigo. No quería moverlos de su sitio en Bilbao. No quería que sacrificasen su vida por mi profesión. Por eso a veces pienso que, al final, el que más perdí fui yo. La gente me decía, ‘ya recuperarás el tiempo’, pero eso es mentira. Perdí un tiempo que no se recupera nunca porque los hijos no vuelven a tener 10 ni 12 ni 14 años”. Pero no hay chantaje posible, porque entonces uno tenía que ganarse la vida. “A veces, me pregunto, ‘¿te compensó?, y de veras que no sé responder a esa pregunta. Me resulta muy difícil, pero uno tenía que trabajar. Tenía que vivir en los sitios en los que trabajaba. Me di cuenta el año que fui al Logroñés y me quedé a vivir en Bilbao. Cada día iba y venía. El viaje en carretera era lo de menos, pero las sensaciones de la gente no. Entonces descubrí que el entrenador debe vivir en la ciudad en la que entrena, empaparse de su gente, de su ambiente, de su vida. De hecho, creo que eso me pasó factura en Logroño. A mitad de temporada, yendo con positivos, porque entonces existían los positivos, me echaron”.

Son las memorias grabadas a fuego en una biografía de entrenador, desde 1988 a 2005, que “no siempre se puede explicar con palabras. Las palabras no llegan a todos los lados”, asegura hoy desde su óptica de pensionista en el País Vasco, “donde yo tengo suficiente para vivir. No debería quejarme, pero hay gente a las que les ha quedado, después de toda una vida trabajando, unas pensiones ínfimas. ¿Qué clase de justicia es ésa?”. De ahí que no sólo se trate de hablar de fútbol. “Al final, el fútbol sólo es una parte más de la vida y uno lo descubre cuando está con los nietos, cuando son los hijos los que te hablan de sus trabajos porque ahora son ellos los que trabajan”. En realidad, ahora su vida ahora no tiene gran misterio. “Hay tanta tranquilidad… Pero quizá me he ganado el derecho a esa tranquilidad porque tengo muchos kilómetros recorridos. Me acuerdo cuando estaba en Oviedo y venía a pasar el día libre a casa. Al día siguiente, me levantaba a las cuatro de la madrugada para llegar al entrenamiento a Oviedo, aquellos camiones al pasar Torrelavega, todo ese desgaste… Son cosas que entonces haces y te parecen tan normales pero hoy que las recuerdas te dices: ¿cómo podrías hacer tú eso?”

La magia es recordar. “Tal vez sí o tal vez no. Nunca se sabe”, interpela. “Pero tampoco soy muy dado a añorar el pasado, porque no está claro que lo de antes siempre fuese mejor. Sí es verdad que el pasado nos demostró que con pocos medios se podía llegar lejos. Yo empecé en el Sestao con el que casi asciendo a Primera y mi despacho era la caseta en la que se cambiaba el árbitro. Luego, llegué a ser campeón de Liga con el Deportivo y nunca necesité un despacho. ¿Cómo iba a tenerlo si no teníamos ni campo de entrenamiento propio?” Por eso todo es tan digno de relativizarse. “No sé que hubiese sido de mí con este exceso de información que tienen los entrenadores ahora. Pero sí recuerdo que entonces a veces era un triunfo saber cosas de los equipos rivales. Los vídeos, si llegaban, podían hacerlo con retraso. Así que no sé si hoy sería mejor entrenador. No sé si al final tanta información termina por confundirle a uno. No sé si era mejor concentrarse en El Escorial y bajar los domingos en autobús a jugar al Manzanares como en mis tiempos de jugador del Atlético”, ironiza.

En realidad, Irureta no sabe dónde estaría en el fútbol de hoy, porque “esto no deja de cambiar. Yo, que soy un hombre de contar historias, porque de las historias se aprende… Es más, a través de mi caso, trataba de hacer ver a los futbolistas que eran unos afortunados. Yo tuve que retirarme en 1980, con 32 años por culpa de una osteopatía de pubis, que hoy se corregiría sin problema, pero entonces parecía una cosa de otra galaxia. ¿Cómo me iba a operarme entonces? ¿Quién podía hacerlo? Recuerdo que entonces Paul Breitner fue un pionero, porque decidió ir a operarse de pubis a la antigua Yugoslavia, nada menos que a Belgrado que nos parecía tan lejos…”.

Así que no hay manera de relacionar pasado y presente sin hacerse daño. “Prefiero quedarme con Scaloni, que hoy es ayudante de Sampaoli, cuando yo les contaba que había dado la mano a DiStéfano o que había estado en una final de Copa de Europa con el Atlético y siempre me interrumpía, ‘¿pero cuántas ha ganado? diga, diga’.

Pero entonces a Irureta, como hoy, le defendían las palabras, la posibilidad de ser dueño de uno mismo. El ingeniero técnico, el hombre al que sólo le faltó un año para terminar una carrera superior y que hoy, abuelo de cinco nietos, no deja de ser una mina porque, al final, vivir sin memoria es peligroso. Tan peligroso quizá como vivir sin amigos.

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