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El cuadro de actores de Jauría, con María Hervás a la cabeza.

Teatro

Jauría: una lección a nuestros corazones

La obra es una transcripción de las declaraciones de la víctima de La Manada y los acusados, sin modificación alguna. Se representa en el Teatro Pavón Kamikaze del 6 de marzo al 21 de abril.

El teatro documento está de moda y su capacidad para ser un espejo de la sociedad es realmente necesaria. Los clásicos de Lope o Calderón son magníficos y atemporales, pero nunca viene mal hablar de nuestra actualidad. Jauría está basada en el famoso juicio a “La Manada” por violación en los Sanfermines de 2016.

Todos conocemos la historia y asistimos con una opinión formada, pero la obra no pretende hacer literatura. Aspira a dar una lección a nuestros corazones mostrándonos con cuerpos y voces la realidad, lo sucedido en aquel portal de Pamplona, recreado con inteligente sobriedad. Por eso, todo lo que se dice durante la obra es una transcripción de las declaraciones de la víctima y los acusados, sin modificación alguna. El dramaturgo Jordi Casanovas ya hizo esto con Ruz-Bárcenas, aquella formidable transcripción del juicio al extesorero del PP que, al igual que Jauría, te atrapa desde el minuto uno.

El dolor en el relato de la víctima es demoledor. Un trabajo agónico y sacrificado por parte de María Hervás que con el apoyo y la dirección de Miguel del Arco logra conmover a todos los presentes. Los intérpretes de “La Manada” también imitan a la perfección esa actitud zafia de los acusados que relatan hasta aquellos mensajes de WhatsApp que se filtraron después del crimen.

Ellos son los que también interpretan a los jueces cambiando las camisetas por las togas y mostrando un panorama imponente para cualquiera —no digamos ya a una chica de veinte años— dividido entre dos mundos: la lenta y masculina justicia frente a un rumor a lo lejos de protestas feministas en las calles, como un halo de esperanza. “Yo sí te creo”, gritan. Como una segunda violación, asistimos a una sucesión de preguntas incisivas que tratan de culpabilizar más a la víctima que a los agresores. El miedo que atenaza a la víctima en su declaración inunda la sala por completo y uno sólo puede contemplar impotente como la defensa de “La Manada”, como una jauría, se aprovecha de ésta debilidad.

Asistí más tarde al encuentro entre los intérpretes y el público donde vi al director Miguel del Arco muy reivindicativo y contundente. No se hizo esperar la pregunta más esperada por todos: “¿Tenéis el consentimiento de la víctima para hacer ésta obra?”. Antes siquiera de estrenar, ya habían sido acusados de monetizar el dolor de las mujeres. Miguel del Arco con mucha claridad y tras confirmar que sí habían sido autorizados, contestó que esta preocupación tan extendida por el consentimiento es precisamente porque ha visto Jauría, mostrándonos la realidad con tanta crudeza. Hizo énfasis en que descargar nuestro odio sobre esos cinco tipos es inútil si no comprendemos el carácter sistémico del problema que afronta nuestra sociedad. Algo que los adolescentes parecen tener muy claro, pues la compañía, tras haber hecho funciones en institutos como proyecto pedagógico, han comprobado que lo tienen muy asumido. Uno de ellos dijo: “El feminismo no se tendría que explicar, es de sentido común.”

Un desastre curioso que trata de expresar lo que el arte le hace a su cabeza, a veces sobre los escenarios, a veces sobre el papel.

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