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John McEnroe, durante una subasta de arte en 2012. Foto: Cordon Press

Especial McEnroe

Por si el tenis no fuese suficiente legado

John McEnroe no quiso ser tenista, sino estrella de rock, actor y coleccionista de arte. Su figura influye a todo el mundo.

Una banda de rock de Getxo (Vizcaya), formada en 2002, se llama McEnroe. El líder del grupo, Ricardo Lezón, explica el nombre: “He jugado al tenis toda mi vida, con mi hermano. Él lo hacía muy bien y, cuando me reprendía, le decía: ‘Joder, que no soy McEnroe”. El grupo de punk y rock Mala Reputación, originario de Cangas de Onís (Asturias), lanzó un sencillo en 2017 que dice así: “Hoy las normas las pongo yo. Hoy seré quien te busque las cosquillas. Quien te grite mirándote a los ojos…”. La canción se llama John McEnroe.

La figura de John McEnroe en la cultura popular de Estados Unidos es contemplada como la del típico maduro macarra con el que uno se va de fiesta. Un Rolling Stone, en definitiva. En su adolescencia, seguro que saltaba por encima de los torniquetes del metro, como poco. A McEnroe, durante su etapa en activo, no le gustaba que le preguntaran sobre su comportamiento, sino sobre tenis. Bueno, no le gustaba que le hiciesen preguntas, en general, pero eso no hizo más que acrecentar su mito. En esta ocasión, de nuevo, estimado Big Mac, poco o nada vamos a hablar de tenis, sino del retrato cultural de un yankee que desprende rock and roll.

McEnroe quiso ser presentador de televisión (fracasó dirigiendo varios programas), coleccionista de arte, actor y guitarrista en una banda de rock. Tan solo le falta dedicarse a la política (simpatiza con los demócratas) para hacer un Grand Slam fuera de las pistas. Él dice que nunca quiso ser un jugador de tenis, pero, hasta el momento, es lo único que ha conseguido ser en mayúsculas.

“El cine miente, el deporte no”, solía decir Jean-Luc Godard. En tenis, algunos partidos pueden ser calificados de tragedia o comedia, mientras otros, quizá los mejores, por lo menos para el aficionado, de suspense. Y tal vez no haya personaje más cinematográfico en la historia del tenis que John McEnroe. Expresivo y teatral, aunque más que un actor, ese era su verdadero yo.

Precisamente, de su creatividad y de sus aires de grandeza, por no decir de su mala leche, sacaron partido algunas marcas publicitarias. Y él también, por supuesto. La base fundacional de los anuncios era su mal carácter sobre la pista, sus arrebatos de ira, sus broncas con los jueces de silla y sus lanzamientos de raqueta.

Cuando menos, en España, se hicieron muy populares dos campañas. Una sobre las maquinillas desechables BIC, en la que el juez de silla le dice: “Muy apurado, señor McEnroe”, a lo que Johnny responde: “¿Bromea o qué? La bola entró”. “Su afeitado, señor McEnroe, muy apurado”, vuelve a replicarle el árbitro. Más reciente e igual de viral fue el que protagonizó para Seat. En esa ocasión, un agente multa a McEnroe por no estacionar correctamente su vehículo. Él, por su parte, no puede contenerse y le grita, como hacía en las canchas: “¡Está en la línea! ¡Está dentro! ¿Cómo puede decir que está fuera?”.

No obstante, su presencia delante de las cámaras no solo se ha limitado a filmar anuncios, McEnroe también ha hecho cameos en series de televisión como en CSI: New York (en el capítulo número 23: Todo lo que sube), donde hace de sí mismo, al igual que en las películas Wimbledon (2004) y No te metas con Zohan (2008). También en Mr. Deads (2002), donde fuma y se emborracha junto a Adam Sandler en plena calle y tira huevos a los coches, entre otras maldades. Vamos, McEnroe en su máxima expresión.

Sin embargo, más que por sus dotes para la actuación, será recordado por su aportación, como personaje, al mundo del cine. También por su primer matrimonio con la actriz Tatum O’Neal (premio Óscar por Luna de papel en 1973), hija del actor Ryan O’Neal.

El título del documental L’empire de la perfection (Buscando la perfección, 2018) se debe a que en 1984 McEnroe fue el tenista que, con los números en la mano, más se acercó a la excelencia. Pese a su derrota en la final de Roland Garros en esa edición, en la que sucumbió ante el checo Ivan Lendl, su porcentaje de victorias ese año fue del 96,5, un récord que nadie ha superado todavía.

La voz en off de Mathieu Almaric, en un instante del metraje, reza que “el tenis es el más cinematográfico de los deportes”. La tesis de L’empire de la perfection se refiere a que el tenis se rige por las mismas bases del cine. O sea, que sabiendo de cine es posible leer bien el tenis. Si esto fuese verdad, sería el deporte más próximo al séptimo arte. Dicha afirmación no tiene tanto que ver con su éxito en la gran pantalla, ya que ese le pertenece al boxeo. De hecho, el origen del deporte y del cine, tal y como los conocemos, son prácticamente simultáneos. El quinetoscopio, concepto inventado por Thomas Edison en 1889 y desarrollado en los años siguientes, en sus primeros días, mostraba a boxeadores boxeando, valga la redundancia.

Gracias al archivo del cineasta Gil de Kermadec, a quien no le interesaban los partidos, porque utilizaba tres cámaras para filmar a un jugador (John McEnroe), el director Julien Faraut construyó un manifiesto sobre el tenis y el cine. Sobre el arte del movimiento, en definitiva. «Recibimos un mail de una línea por parte de su agente que se limitaba a decir: ‘Le ha gustado”, confesó en una ocasión Faraut, autor de varios largometrajes que giran en torno al deporte (uno sobre la participación de Bob Beamon en las Olimpiadas de 1968, otro sobre los JJOO de 1924…).

Por contra, Borg McEnroe (2017) no es de su agrado. Tras el estreno, el extenista comentó que se le había retratado como un “imbécil”. El director Janus Metz no contó con su colaboración para desarrollar el argumento de la película, aunque tampoco se interesó por el punto de vista de su rival el sueco. No tuvo interés en entrevistarlos para no alterar sus recuerdos de la de la final que disputaron el 5 de julio de 1980 en la pista central del All England Tennis de Wimbledon. A un lado Björn y al otro John. El volcán de nieve frente al de fuego; en erupción, igual de explosivos.

Shia LaBeouf John McEnroe

Shia LaBeouf interpreta a John McEnroe en Borg McEnroe.

“Supe, al leer el guion, que tenía que interpretarlo porque me llegó al corazón. Me impactó como artista, porque me identifiqué con John y, desde luego, que puedo trazar un paralelismo con mi propia vida. Yo viví lo mismo. John se peleó con los tabloides ingleses, yo prefiero no leer lo que escriben sobre mí. Este filme, este personaje, ha sido una experiencia catártica”. Shia LaBeouf, que se dejó crecer el pelo para el rodaje, plasma con maestría el misticismo del tenista, aunque no hizo nada por conocer a McEnroe en persona. Así lo reconoció él: “Nunca habló conmigo. No lo conozco, pero me han dicho que está un poco loco, así que supongo que eso es una cosa buena. Tal vez funcione”.

Al actor de Nymphomaniac o Transformers le persigue la misma mala fama que a McEnroe. Archiconocidos son sus problemas con los directores, las drogas, el alcohol y sus peleas en los bares… pero, del mismo modo que le sucedía al tenista, su talento natural casi siempre se acaba imponiendo a su fama de enfant terrible.

McEnroe siempre ha sido más adictivo que un cigarrillo y, en consecuencia, tremendamente motivador para algunos. Por ejemplo, Roger Klitter grabó un sketch, titulado Chalk Dust: The Umpire Strikes Back, en el que lo parodia de manera energúmena tras su última victoria ante Borg en 1982. En el programa británico, Spitting Image, su mujer y él se gritan fuertemente y se tiran cosas. Y hasta en la serie Homestar Runner, en un capítulo emitido en el Halloween de 2003, el personaje principal se disfraza de él.

 


No le bastaba con rascar una raqueta delante del espejo


A McEnroe no le bastó con dejar un legado en el tenis. Su influencia para con la música tampoco es menor. No contento con inspirar a varios grupos, a McEnroe y a Mala Reputación, o a House of Pain en el hit Jump Around (“I’ll serve your ass like John McEnroe”, que en español sería: “Te patearé el culo como John McEnroe”) y a Dyonisos en su disco Western Sous La Neige, aprendió a tocar la guitarra gracias a Eddie Van Halen y Eric Clapton. También se ha codeado con Bruce Springsteen, Carlos Santana o los Rolling Stone entre bambalinas, pero con quien ha entablado amistad de verdad es con Chrissie Hynde. Tanto que su relación pasó del terreno de la música al de las drogas.

A McEnroe no le bastaba con rascar una raqueta delante del espejo, como tampoco a otros tenistas que lo precedieron y lo siguieron: Yannick Noah, Jimmy Connors, Vitas Gerulaitis, Rafa Nadal, Andy Murray, Novak Djokovick, Ilie Nastase, Guillermo Vilas, Mats Wilander, Vince Spadea, Alexandr Dolgopolov o Gael Monfils.

En 1991, unió fuerzas con Pat Cash, ganador de Wimbledon en 1987, y Full Metal Rackets (Roger Daltrey, voz principal de The Who, Steve Harris, Nicko McBrain y Andy Barnett, de Metallica). Juntos regrabaron Rock and Roll de Led Zeppelin para la organización benéfica Rock Aid Armenia e hicieron un par de conciertos en Londres, en The Limelight y The Hippodrome.

Full Metal RacketsFull Metal Rackets

Un año después, empezó a escribir sus primeras canciones. Una de sus favoritas es Best of Me, de sonido grunge y acompañada por un coro un tanto siniestro, que dice: “Quiero que obtengas lo mejor de mí. Acéptame como soy…”.

Codirigió una banda junto a su segunda esposa, la cantante de Scandal, Patty Smyth (no confundir con Patti Smith): The Johnny Smyth Band. Con ella hizo una modesta gira durante dos años en los noventa. Al principio, tocaban en Nueva York y en las ciudades en las que jugaba torneos de veteranos. Con el transcurso del tiempo, llegaron a recorrer quince países, algunos europeos. Sonada es su discusión después de un espectáculo celebrado en París. Por cierto, el primer marido de Patty Smyth, y con quien tuvo una hija, fue el cantante punk Richard Hell, el inspirador de Sex Pistols.

Pronto se cansó de la banda original y, cuando empezaban a despegar, McEnroe contrató a profesionales de la industria con los que comenzó a grabar un CD, producido por el respetado Eddie Kramer, que había trabajado con los Rolling Stones y Led Zeppelin, entre otros.

John estaba muy concentrado en eso y los que compartían las jornadas de grabación con él reconocen que tiene un instinto natural para la música, pero, como siempre, odiaba tratar con periodistas. En los clubs, eran más los reporteros, acompañados por sus cámaras, que los fans que acudían a escuchar sus letras. Y entre los espectadores, no todos eran muy amables que digamos. Había quienes, buscando una reacción polémica, le lanzaban pelotas de tenis durante la actuación. El propietario del Rebar, un pub de Manhattan donde McEnroe tocó varias veces, lo expresó de la siguiente manera: “Nos encantó tenerlo, pero no pudo cantar para salvar su vida”.

Pese a todo, McEnroe resistió los golpes, como si fueran de Borg, dio clases de canto y grabó diez temas musicales… y cuando el álbum se acercaba a su finalización y los espectáculos mejoraban, se retiró repentinamente, sin ningún tipo de advertencia ni explicación, en otoño de 1997, cuatro meses después de casarse con Smyth en una pequeña ceremonia celebrada en Hawaii. “Creo que fue una combinación de miedo al éxito y miedo al fracaso”, sentenció el mánager de la banda Peter Gold.

En los escenarios, la rabia que transmitía en las pistas de tenis se convirtió en carisma. Normalmente, vestía una camisa hecha a su medida y pantalones vaqueros de color negro. Siempre acompañado por unas botas Dr. Martens, a menudo conocidas como Doc Martens, negras o granates. Los testigos dicen que se sacudía y se balanceaba como un auténtico rockero.

A pesar de que como tenista saltó a la fama a finales de la década de los setenta, alrededor de 1977, en pleno apogeo del punk, lo suyo es el rock, pero el rock clásico.

 


El arte, un lugar para la reflexión y el pensamiento (sí, para la reflexión y el pensamiento)


Mientras otros lo imitaban, McEnroe encontró lugar para la reflexión y el pensamiento (sí, para la reflexión y el pensamiento) en la obra de Jean-Michel Basquiat, su artista favorito, mucho más que un grafitero. De hecho, su obra ocupaba gran parte de las paredes de su oficina del SoHo neoyorkino, en el distrito de Manhattan, un edificio situado en el epicentro vanguardista de la ciudad, con el que se hizo a finales de 1992 y principios de 1993, en pleno proceso de separación de su primera mujer.

Efectivamente, y aunque parezca mentira, el bueno de John también tiene una galería de arte. No podemos decir que no estábamos avisados. Lo advirtió John McEnroe padre mientras su heredero aún era profesional: “Es un gran coleccionista y no sería extraño que se introdujera en ese mundo como inversor”. Fue, precisamente, como tenista, cuando inició su aproximación con el mundo del arte.

En aquella época, Andy Warhol era conocido por sacar fotos a todos sus amigos: Jack Nicholson, Yves Saint Laurent, Debbie Harry o Pelé, a altas horas de la noche, en fiestas a las que también asistía McEnroe. El tenista, todavía a día de hoy, se queja de lo mucho que el objetivo de Warhol afectó a su vida sexual: “En las fiestas nocturnas en las que buscabas modelos atractivas, el artista estaba siempre frente a todo el mundo con su cámara, incluso cuando estábamos superjodidos. Era un pelmazo. Recuerdo que pensaba: ¿quién es el raro de pelo postizo? ¿Por qué mueve su cámara alrededor nuestro si son las tres de la madrugada?”.

Sobre el artista, decía que era “pesado y mediocre”. Aun así, en 1986, un año antes de la muerte de Warhol, accedió a que este le hiciera un retrato junto su mujer Tatum O’Neal, como había hecho con Elvis Presley o Marilyn Monroe. Pagó 30.000 dólares por él en una subasta benéfica y luego lo vendió por 300.000 por la misma causa. Literalmente, todo lo que toca lo convierte en oro, aunque no siempre ha salido bien parado de las transacciones.

Andy Warhol John McEnroe

El retrato que Andy Warhol hizo a John McEnroe y su primera mujer Tatum O’Neal, en 1986.

En su actividad de inversor, fue estafado por Lawrence Salander. Los hechos se prolongaron desde 1994 a 2007 y salieron a la luz en 2009. En la lista de timados, también estaban otras personalidades como Robert De Niro, pues diversas pinturas del padre del actor fueron vendidas sin su permiso. McEnroe, en su caso, invirtió dos millones de euros por la mitad de dos cuadros, Pirate I and Pirate II de Arshile Gorky. Se enteró del fraude cuando otro coleccionista era dueño del mismo cuadro que tenía él. Jamás recuperó el dinero.

Arshile Gorky Pirate I

Pirate I, de Arshile Gorky, uno de los cuadros por los que John McEnroe fue estafado.

Cuando John logró una colección de arte contemporáneo bastante respetable, para ser tomado realmente en serio, necesitaba también cultivar nuevos talentos. De nuevo, incapaz de terminar lo que ha empezado, perdió el interés.

“Me encanta y me gusta todo el arte. Creo que es muy interesante, porque coleccionarlo y observarlo te genera una sensación de gran satisfacción”. Lo dice alguien para quien el Museo del Prado es una de las mejores pinacotecas del mundo. Alguien que creció siendo perfeccionista, exigido constantemente por su padre: “Cuando él murió, di un paso atrás y empecé a oler las flores”. Desde entonces, esa es la meta de McEnroe, quien siempre ha sido caprichoso con sus gustos y aficiones. Las mismas que cambian de la noche a la mañana; la última: comentarista deportivo.

McEnroe ha conseguido lo que muy pocos: enganchar a muchas personas que nunca habían seguido nada de deporte; pero ser la bestia negra del tenis no fue suficiente para él. Andy Warhol lo siguió con una cámara, Mick Jagger retrasó el comienzo de un concierto para conocerlo y cuenta que incluso Jack Nicholson lo saludó con esa sonrisa irreverente y le dijo: “Johnny Mac, nunca cambies”.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.

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