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John McEnroe, en 1980. Foto: Cordon Press

Especial McEnroe

Feliz cumpleaños, Mac

John McEnroe cumple 60 años y es momento de rendir homenaje a un mito del tenis que no lo ganó todo, solo lo más importante.

Los niños terribles también envejecen. John McEnroe cumple hoy 60 años y la excusa es inmejorable para reflexionar sobre su figura, el paso del tiempo y los caprichos de la inmortalidad. Vaya por delante que McEnroe no fue el mejor tenista de su generación. Sus siete títulos del Grand Slam colocan su palmarés por detrás de Borg (11), Connors (8) o Lendl (8), las otras figuras de su época. Sin embargo, Big Mac era un genio en el más clásico sentido de la expresión: sublime, rebelde, histérico, ciclotímico. Y, además, zurdo. Y pelirrojo por si todavía faltara algo. Cualquier aficionado con sentido común y el mínimo decoro empezó por odiar a McEnroe, insoportable niño mimado. Y diría que todos acabamos por adorarle, todavía lo hacemos.

¿Qué distingue entonces a McEnroe para que su mito prevalezca sobre el de sus rivales? En primer lugar, fue la mitad de una rivalidad perfecta. Bjorn Borg dominó el tenis con sus nervios de acero hasta que McEnroe derritió al hombre de hielo. Aquella era una contraposición digna de la Marvel y exigía tomar partido. O el hielo o el fuego. Pero no solo las personalidades eran diametralmente opuestas. También el tenis de cada uno. Borg era un jugador de fondo pista, una pared infranqueable con un inacabable repertorio de passings. McEnroe era un tenista de red y un atacador compulsivo.

Curiosamente, la mayor rivalidad del tenis en el siglo XX se construyó sobre la mínima base de 14 enfrentamientos (7-7), una cantidad casi ridícula en comparación con los 53 duelos entre Djokovic y Nadal (28-25). Sin embargo, fueron partidos extraordinarios que, televisados en directo por la segunda cadena de TVE, atrajeron al tenis a numerosos aficionados. El rumor nos alcanzó ese verano: alguien se había colado en aquel deporte de caballeros.

Aquellos eran tiempos convulsos. Pocos meses después de la primera final de Wimbledon entre Borg y McEnroe, John Lennon fue asesinado en Nueva York. Poco antes fue cerrada la discoteca Studio 54, la más famosa de Manhattan y del mundo entero. Para hacerse una idea aproximada de lo que allí ocurría basta recordar el mantra de su propietario, Steve Rubell: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Imaginen lo más extravagante y ahora multiplíquenlo por diez. La cola que se formaba en la entrada era fabulosa y el requisito para acceder resultaba indescifrable. Se cuenta que Mick Jagger y Keith Richards entraban gratis y el resto de los Rolling tenían que pagar. Droga y sexo se servían con la misma naturalidad que las copas. Como es fácil suponer, McEnroe era uno de los habituales. Y Borg también aprovechó sus participaciones en el US Open para adentrarse en la jungla.

No debe extrañarnos, por tanto, que los genios del tenis se vieran vinculados con las drogas. Tatum O’Neal, casada con McEnroe entre 1986 y 1994, le acusó de consumir cannabis y cocaína con frecuencia. También de utilizar esteroides, algo que admitió el propio tenista: “Nos daban esteroides anabolizantes que eran legales para caballos hasta que se decidió que eran demasiado fuertes incluso para los caballos”.

Loredana Berté, la segunda esposa de Borg, también confirmó las adicciones del hombre de hielo: “Su dependencia de la cocaína era monstruosa. Por culpa de la cocaína dejó ganar a McEnroe en la final de Wimbledon en el 1981, para vergüenza de su madre que ya había hecho espacio en su casa para la copa. Me pedía cinco millones de liras en metálico y luego me informaban que se había metido una caja entera de Rohypnol, la droga de los violadores. No cambiaba, siempre era lo mismo. El mismo hombre que en el 89 intentó suicidarse y se salvó por una limpieza de estómago. Alquiló toda la segunda planta en un hotel de Palm Springs para llenarla de prostitutas. Se presentaron varias con abrigos de piel y fustas en las manos. Él se me acercaba de manera melosa y me intentaba convencer para hacerlo. ‘Debes dar un paso adelante, Loredana, un salto mental”.

Es poco menos que un milagro que Borg y McEnroe hayan llegado a ser honorables sexagenarios. Esa es su última proeza, aunque ese último partido, el que comenzó con la retirada de ambos, lo ha ganado el viejo Mac sin oposición. En marzo de 2006, Borg, acuciado por las deudas, quiso subastar sus cinco trofeos de Wimbledon, valorados por la casa de subastas Bonhams en una cantidad entre 350.000 y 525.000 dólares. “Obviamente, no es fácil despedirse de los trofeos que simbolizan el esfuerzo tremendo, físico y emocional, que empleé para ganar cinco veces Wimbledon. Sin embargo, necesito tener seguridad financiera para los que están a mi lado”, declaró Borg. McEnroe le telefoneó de inmediato. El sueco lo confesó poco después al diario Expressen. “McEnroe me llamó varias veces y me preguntó qué estaba haciendo. Creo que lo que me dijo me despertó: ‘Borg, ¿estás ido? ¿Te has vuelto completamente loco? Sí, John me convenció…”.

Para terminar de explicar la rehabilitación de McEnroe, su evolución como deportista y como persona, hay que viajar hasta su derrota más dolorosa. Sucedió en la final de Roland Garros de 1984, contra Ivan Lendl. Parecía de todo punto imposible que su estilo de juego de saque y volea le hiciera campeón en la tierra de París. Sin embargo, ante el asombro general, ganó los primeros sets por 6-3 y 6-2. Lendl se repuso en la tercera manga y en el cuarto set McEnroe se puso 4-3 y 40-30 con servicio propio. No lo aprovechó y el checo ganó el partido por 3-6, 2-6, 6-4, 7-5 y 7-5. “¿Les sorprende que todavía tenga pesadillas con eso? Cada año que visito París para comentar Roland Garros me despierto con esa pesadilla al menos una vez, generalmente dos. Pero cada vez que tengo ese mal sueño me resulta un poco más fácil reponerme. Quizá he ganado perspectiva sobre ese momento oscuro. Quizá el tiempo lo cure todo… “. Así comienza su libro But Seriously, una autobiografía escrita desde el diván.

En otro capítulo escribe: “Cada intento, cada fallo. No importa. Inténtalo otra vez, falla otra vez. Falla mejor. La cita es de Samuel Beckett. Si trato de convenceros de que conozco esa frase por mis lecturas del premio Nobel de Literatura, pensariáis que es una estupidez. Y tendriáis razón. Lo saqué de un tatuaje en el brazo de Wawrinka…”.

En los noventa, en una comparecencia ante un grupo de periodistas, McEnroe nos habló de su proverbial mal humor sobre la pista. “Al final, me convertí en esclavo de mi mala fama. Notaba que en los partidos que disputaba había una expectación que no tenía nada que ver con el juego. La gente estaba esperando que rompiera la raqueta o que me enfrentara al juez de silla, y no era feliz hasta que lo hacía. De manera que no me quedaba más remedio que complacerlos…”.

Así es el mito y la lección está clara. No es la victoria la que propicia la inmortalidad. Es la personalidad, la capacidad de reinventarse, de salir a flote, de gestionar las pesadillas y, en última instancia, de reírse de uno mismo. Feliz cumpleaños, Mac.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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