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Jon Plazaola
Jon Plazaola | MARCOS MARTÍN

Entrevistas

Jon Plazaola: “El fútbol me ha servido de inspiración”

“Cuando jugaba, era el capitán. Años después, en casi todos los proyectos en los que he trabajado me he visto ejerciendo de lo mismo“.

Es paradójico que su camiseta hable de futuro mientras nosotros, sin embargo, hemos estado reflexionando sobre el pasado. Pero es bonito pararse y mirar. Incluso recomendable y necesario para seguir adelante. Lo dice Jon Plazaola (Urretxu, Guipúzcoa, 1982), no Iñaki de Allí abajo. Fue antes la gallina que el huevo, aunque algunos piensen que ha nacido hace tres años y ha crecido como un champiñón, de repente. Estos días debuta oficialmente en teatro donde representa Mandíbula afilada, un trabajo que compagina con su estreno en Zapeando. La obra, que acompaña reflexiones serias con píldoras de humor, habla de sueños incumplidos y de ilusiones intactas, de todo lo que quisimos ser y nunca seremos. Aunque Jon ha tenido la suerte y el empeño de haber cumplido muchos de sus deseos, tantos que se ha convertido prácticamente en un hombre orquesta. Pero también tiene alguna fantasía frustrada, es persona. Él, que nació en el año de Naranjito, también quiso ser futbolista. Es zurdo cerrado, además (y no hay zurdo malo).

—¿Cómo es quedarse sin vacaciones?

—El año pasado tuve un verano y un comienzo de otoño completamente despejados. Aproveché para hacer muchas cosas, pero soy alguien de acción y se me hace largo un verano sin nada que hacer. Ese parón sirvió para que este verano esté ocupado. Estoy sin parar, con la obra, con Zapeando y con algún otro proyecto más en el tintero. Que no falte. Me gusta. Todo lo que sean fechas ocupadas, bienvenidas sean.

—Los vascos os ponéis la etiqueta de que no ligáis nada, que no es lo vuestro. Aunque tú guionizaste un programa de la tele vasca que contrarrestaba esa visión. ¿Eres más “mandíbula afilada” desde que sales en la tele?

—(Risas) Sí he tenido fama de “mandíbula afilada”, pero no sé si la realidad se corresponde totalmente con eso. En mi época en la tele vasca, había un programa que era el buque insignia, Vaya semanita, en la ETB2, en español, que tiraba de los típicos tópicos. A nosotros se nos encargó hacer un programa de humor en ETB1, en euskera, y lo que hicimos fue todo lo contrario: decir que somos los putos amos, que follamos mogollón, que no hay nadie como nosotros… Se llamaba Wazemank. En todas las instituciones se utiliza el euskera oficial, pero el euskera oficial para el humor es un cáncer. Dimos con la tecla porque tiramos de localismos, por cómo habla la gente en los pueblos. Le dimos al humor vasco una frescura de la que carecía.

—La obra de teatro habla de los sueños. ¿Cómo se puede tener ambición sin ser ambicioso?

—Yo no entiendo una vida sin metas, sin un destino por alcanzar, sin ambiciones, sin querer progresar, mejorar… No entiendo quedarme estancado. Entiendo la vida como otra cosa, como un evolucionar continuo. Creo que la clave está en la medida. El refranero español está lleno de frases como “la avaricia rompe el saco”. Una cosa es querer enriquecerse, pero ser demasiado ávaro, al final… En este caso, pasa lo mismo. La ambición es un don y una virtud que hay que tener, pero el ser ambicioso también es un defecto.

—Para muchos, el nombre Jon Plazaola es casi un sinónimo de Iñaki (su personaje en Allí abajo).

—Totalmente.

—Pero has hecho documentales por media Europa, India, China… has trabajado como eléctrico y ayudante de montaje en películas, como guionista…

—Es pura lógica. Todos estos trabajos que has enumerado están aquí todos (se pone la mano en el corazón y se señala la cabeza). Nunca los olvidaré, son trabajos que me han dado muchísimo. Pero, claro, yo soy conocido por Iñaki. En el escaparate me ha puesto Allí abajo, hacer una serie nacional. La gente se piensa que primero fui Iñaki y después empecé a hacer monólogos. “Ah, mira, como es famoso, hace monólogos”. No, perdóname, llevo haciendo monólogos desde los 19 años. La gente se cree que he salido como un champiñón, porque para ellos es así. De pronto, he nacido hace tres años. No saben nada del Jon de hace diez, veinte o treinta. Es totalmente normal, aunque ya la gente me va conociendo por mi nombre y mi apellido. Eso también es gratificante.

—Aunque conoces de sobra lo que es un escenario, es la primera vez que haces teatro como tal.

—Sí, simplemente hice una función una vez, de una obra que yo escribí, que se llama Que nadie se mueva. La estamos intentando recuperar para otoño, ya están las cosas muy avanzadas. Pero, vamos, el debut oficial en teatro es este. Me estoy sintiendo muy cómodo. Es muy muy muy gratificante. Además, cada función es una oportunidad para crecer. Si lo vives desde dentro, te das cuenta de todo el abanico, de pequeños matices, de todo lo que tiene el teatro: que si proyección, que si moverse, todo lo que tiene el escenario, la química con tu compañero o compañera… Es magia pura. La respuesta inmediata del espectador, por supuesto, es lo que más nos pone a nosotros, es adrenalina pura. Una de las sensaciones más bonitas es tener que callarse y esperar a que acabe la risa de la gente. Eso es maravilloso.

—En Mandíbula afilada, que habla del pasado, tu personaje tiene un guiño hacia tu persona. La obra todavía no ha empezado y, mientras todos los asistentes ocupan su sitio, apareces pintando un cuadro. Estudiaste Bellas Artes.

—Sí, fíjate que es una cosa que casi siempre pienso cuando salgo ahí. Madre mía, si me ve mi madre pintando el cuadro… Tengo una especie de déjà vu, de conexión con el personaje. La pintura no era una de mis habilidades más fuertes. Siempre he sido muy comiquero, dibujante. El cómic es como el storyboard de un director, es como un guion en imágenes, una peli en dibujos. Pero es verdad que cuando salgo a pintar el cuadro, me acuerdo de eso. Es muy bonito además echar la mirada atrás de esa manera.

—¿Da miedo mirar al pasado, rebuscar en los álbumes de fotos?

—No, un pasado es un tesoro, es una vida que tú has vivido, que has compartido con otra gente. Te transporta a cambios, a sensaciones, tanto de carácter como físicos. El pasado está lleno de nostalgia, de felicidad, de muchas vivencias. Es bonito pararse y mirar. Estamos acostumbrados a ir como ñus por la vida, siempre es para adelante, siempre. Muchas veces vivimos cosas a una velocidad tan grande que no nos fijamos. Cuando acabe Allí abajo, me gustaría hacer eso: parar y mirar atrás. Es en ese momento cuando disfrutas o te das cuenta de lo que has vivido. Es necesario coger los álbumes de fotos, para coger fuerzas y tirar para adelante de nuevo.

—¿Mantienes alguna ilusión intacta?

—Sí, todas. Siempre lo digo, es clave mantener la ilusión de un niño. Una cosa es la edad que tiene uno en el DNI, el paso de los años es inevitable, no hay remedio, pero otra es la edad que tú puedas tener de espíritu. Quiero llegar a mayor con el espíritu intacto, con ganas de hacer cosas, de seguir creciendo, mirando con ilusión a la vida y sonriendo. Es algo que no hay que perder jamás. Tengo el privilegio de poder decirte que he cumplido los sueños que tenía de pequeño. Soñé que quería ser presentador de un programa de viajes, lo hice. Soñé que iba a tener un programa de rock en la radio, lo hice. Siempre he soñado con ser actor, y aquí estamos. Siempre hay que buscar algo más, por pequeño que sea, ilusiones, motivaciones, para seguir adelante con una sonrisa y con ilusión, viviendo la vida. Esto es un topicazo, pero vida solo hay una.

—¿La vida cómo debería de ser: reflexiones serias acompañadas de píldoras de humor, o al contrario, humor acompañado de pequeñas dosis de seriedad?

—Eso depende de cada uno, somos diferentes. Cada uno tiene al alcance de la mano tanto la seriedad como el humor y ve cuánta dosis quiere poner. Creo que hay que tener de las dos. No puede ser un pitorreo constante, ni tampoco no tener humor. La gente que no tiene sentido del humor me da mucho miedo, de hecho. Se puede combinar, hay sitio para las dos cosas. Si entras al trabajo, tienes una responsabilidad, pero eso no significa que no te puedas reír en el trabajo, aunque no puedes estar haciendo el chorra. Hay que leer bien las situaciones y saber cuándo es un momento de cachondeo y cuándo un momento serio.

—¿Somos lo que somos y nunca seremos lo que quisimos ser?

—Es una frase que quiere decir un poco lo contrario. Anhela ser otra persona.

—Es complicado vivir con esa visión.

—Sí, pero hay mucha gente que vive así. Creo que, de pronto, no sé realmente por qué, por hacer lo correcto, por el qué dirán, por aceptación social, muchas veces hacemos cosas que realmente no queremos hacer. Le encuentro poco sentido a eso. A estar viviendo una vida que no quieres vivir, a vivir una vida que otros quieren que tú vivas. Entiendo también que hay gente que no le queda otra, hay gente que desgraciadamente vive condicionada por una situación socioeconómica o política concreta. En la ciudad mismo, se viven dramas y situaciones difíciles de digerir, no hace falta irse a otros países para encontrar dramas sociales y familiares duros. En ese caso, me parecen héroes sin capa que luchan día a día por mejorar esa situación. Pero hay mucha gente también que renuncia, eso es lo que yo no puedo entender. Sobre todo, si las condiciones son favorables. Creo que acierto cuando digo que todos los que estamos aquí tomando un café podemos aspirar a tener la vida que nosotros queremos tener.

—Evidentemente, has logrado muchas cosas, alcanzado muchas cotas, pero ¿ser futbolista es un sueño inalcanzado?

—Sí, puede serlo. Era un niño bastante estándar en ese sentido. Todos soñábamos con ser futbolistas cuando salíamos a la calle con el balón en el sobaco a jugar con los amigos. No se me daba del todo mal. Jugué hasta categoría regional preferente, pero una vez que empecé a estudiar fuera, aquello se fue convirtiendo en algo cada vez más intermitente. Cuando estaba en Bilbao, solo podía entrenar una vez a la semana. Luego, hubo una época en la que no lo podía compaginar con el trabajo en la tele. Pero es verdad que de niños todos soñamos con eso. Ahora, ya voy un poco tarde con 36 años. O me cuido como Cristiano Ronaldo o me hago un Buffon. Crudo lo tengo.

A veces, las cosas no pasan como queremos, pero hay que soñarlas. Si no, de qué vamos a vivir.

—Sin duda alguna. Todos los actores, con lo tontos que somos, nos hemos entrevistado a nosotros mismos alguna vez. Lo he hablado con la gente de la profesión. Es patético, pero es verdad. Pero que te entreviste alguien también es un sueño. Cuando veía Crónicas marcianas, me imaginaba a Xavier Sardà entrevistándome.

—De alguna forma, el artista que eres ahora, un hombre orquesta casi, se empezó a engendrar en los vestuarios del equipo de tu pueblo, el Urola. No hay mal que por bien no venga.

—Haber pertenecido al vestuario de un equipo de fútbol me ha ayudado muchísimo a la hora de entender el funcionamiento de un equipo de rodaje. Siempre hay un jefe, un entrenador, un presidente. Tienes compañeros, cada uno tiene una función en el equipo para que todo funcione. Yo era el capitán. Años después, en casi todos los proyectos en los que he trabajado me he visto ejerciendo de lo mismo. Siendo el protagonista de una serie, más que tomármela como una posición que te da privilegios, la tomo como una posición que te da responsabilidades. El fútbol me ha servido de inspiración.

—Eres zurdo, como Stoichkov.

—Zurdo cerrado, además.

—Solemos serlo. La derecha solo la tenemos de apoyo.

—De mano soy una cosa rara, soy bastante ambidiestro. De pequeño me tuvieron que obligar, si no, no lo entiendo. Escribo con la derecha, pero a raqueta o a la pelota juego con la izquierda. Pero es curioso porque si te voy a echar algo, una pelota, te la echo con la derecha. Ahora, de pie, zurdo cerrado, como Rivaldo, vamos.

—No hay zurdo malo…

—Por favor, claro. Corroboramos eso (risas). Yo jugaba de central, un central que sacaba córneres y faltas.

—Eres muy de la Real, pero también muy del Barça.

—Soy de la Real, claro está. Pero hago mía una frase de Óscar Terol: en la liga de ganar cosas, soy del Barça. Terol es muy de la Real, pero muy del Real Madrid también. Yo, lo mismo, pero del Barça.

—¿Cuál ha sido el jugador más importante que ha pasado por la Real, que tú hayas visto?

—Xabi Alonso fue una cosa increíble.

—Cuando el subcampeonato de Liga, antes de marcharse al Liverpool.

—Xabi Alonso fue muy muy muy importante. Pocas veces hemos visto a un jugador de esas características en la Real, técnicamente tan exquisito. Parecía que jugaba con traje el tío. Es de los jugadores más impresionantes que he visto en Anoeta. Me acuerdo con mucho cariño también de jugadores como John Aldridge, que fue el primer extranjero de la Real. Me acuerdo de Océano, el portugués. Hemos vivido momentos bonitos con Kodro. Aramburu, que jugaba al lado de Xabi Alonso… El mejor equipo que he visto de la Real es: Westerveld; Rekarte, Shürrer, Jáuregui, Aranzabal; Aramburu, Xabi Alonso, Karpin, De Pedro; Kovacevic y Nihat. Fue un equipazo que pocas veces se podrá repetir.

—Coleccionabas cromos. ¿Cuál fue el que más te costó conseguir?

—Había un apartado de últimos fichajes, dificilísimos de conseguir. Yo ya llegaba a la tienda y les preguntaba si les habían llegado cromos nuevos o llevaban ahí un mes. Porque si no, no me iban a salir los últimos fichajes. Tenía que buscar una tienda en la que hubiesen llegado los sobres hace poco. La lógica decía eso. Esos eran los más difíciles de conseguir. Ahora, las estrellas del momento eran las que tú cambiabas por un taco. Te quedabas sin cromos. Luego ibas y te tocaba dos veces Koeman o Laudrup.

—¿El más valioso de tu colección?

—En los cromos del Mundial, se pagaban muy caros Van Basten, Klinsmann, Gullit, Rijkaard… En el 90, un jovencísimo Romario, Careca y toda esta gente de Brasil también. Eran tiempos muy bonitos.

—Me han dicho que con tan solo seis años eras capaz de citar de memoria las alineaciones de la Eurocopa de 1988.

—Sí, mi abuela flipaba. La final fue Holanda contra la URSS, en Alemania. La del 92, en Suecia, que es cuando ganó Dinamarca. Yugoslavia no pudo jugar por la guerra, llamaron a Dinamarca y ganó. Me acuerdo de Van Breukelen, Van Tiggelen, Van Aerle, Koeman, Rijkaard, Gullit, Van Basten…

—Ya veo que eres un friki del fútbol.

—Sí sí, tengo buena memoria, soy un pequeño elefantito.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.

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