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British Open

Jon Rahm tendrá que evitar el colapso para domar a ‘La Bestia’

El golfista de Barrika es una de las más firmes apuestas de triunfo en el Open Británico, que empezará el jueves por la mañana en el mítico campo de Carnoustie

El sobrenombre más famoso del Carnoustie Golf Links, el campo que acogerá a partir de mañana y hasta el domingo la 147ª edición del Open Británico, es The beast (La Bestia). Le sirve en gran medida como tarjeta de presentación, aunque el recorrido situado en Angus (Escocia) todavía tiene un apodo que algunos consideran más acertado: Car-nasty. Desagradable, traducido al castellano. Desagradable, primero, por el viento de la costa oriental escocesa, impredecible y proceloso. Desagradable, además, por su propio trazado y por sus últimos cuatro hoyos, capaces de llevar hasta la desilusión a los mejores jugadores de la historia del golf. Sin ir más lejos, un joven Sergio García, debutante de 19 años como profesional por aquel entonces, sumó 89 y 83 golpes en las primeras dos jornadas del The Open disputado allí en 1999. Y, pese al evidente sufrimiento aquellos días del ganador del Masters 2017 (acabó llorando y abrazado a su madre), tal vez no fue el jugador que más padeció. Ni siquiera fue ni el único.

Porque, de hecho, en ese mismo escenario un par de días después se produjo el mayor colapso de la historia del golf.

Hay gente que lo llama el Carnoustie effect y que lo recuerda a la perfección. Incluso, lo explica. Sucede cuando el ser humano se frustra ante lo inesperado, relatan esas personas. Todos los favoritos al triunfo, uno a uno, fueron cayendo eliminados, derrotados ante los repentinos giros del destino. La expectativa que colisiona con la realidad. Falsas esperanzas. El bloqueo mental. El desengaño. A veces únicamente lo resisten unos pocos. Más bajo todavía es el número que señala a los que llegan hasta el final. Van de Velde fue uno de ellos. O, mejor dicho, casi lo fue.

La imagen ha adquirido ya, tantos años después, la categoría de icónica: sin calcetines ni zapatos, pantalón de pinza remangado hasta las rodillas, polo azul, visera blanca, brazos en jarra, pies dentro del agua y en su cabeza la idea alocada de golpear una bola que no se veía desde la superficie. Terquedad y enajenación que la mayoría no entiende, pero que también tiene, como todo, su explicación: cuando el perdedor ve que solo le separa el precipicio de alcanzar el éxito te saluda cuando su cuerpo ya está cayendo al vacío. Será la falta de costumbre. O el don de la oportunidad. La locura no es más que una cuestión de perspectiva. La de los triunfadores, normalmente.

golfdigest

La imagen de aquel Open Británico 1999, decía, es icónica. El relato, también. Van de Velde era un buen golfista (siete títulos como profesional) que de repente, superado el Carnoustie effect, se veía dentro de la élite mundial. La gloria del The Open, el major más antiguo, le esperaba. Hasta que llegó el colapso, el pantalón arremangado y los pies dentro del agua. Aquel día de julio, el golfista francés comenzó la última jornada con cinco golpes de ventaja y llegó al último hoyo del torneo con una renta de tres. Enfriad el champán y abrillantad la copa dorada. O todavía no. La expectativa que colisiona con la realidad. El bloqueo mental. Los nervios al ver de cerca la gloria cuando nunca has tenido nada. El salto al vacío en el precipicio sin tener una cuerda atada al tobillo. Primero, un golpe que acaba en el deep rough. A continuación, un approach que termina en el agua. Más tarde, la bola que corre hasta la arena del búnker. Que Van de Velde fuera capaz de forzar un playoff contra Paul Lawrie y Justin Leonard (lo ganó el primero de ellos) tras semejante colapso en su juego parece hasta casi un milagro. Tal vez, un misterio del fin del milenio.

La gloria del The Open también pasa de largo.

La gloria del The Open que estuvo a punto de saborear Sergio García en 2007 (también en Carnoustie) y en 2014. La gloria de The Open que encumbró a la leyenda, Seve Ballesteros. Tres veces lo ganó el cántabro, una en el viejo St Andrews y dos en el Royal Lytham & St Annes Golf Club.

La gloria del The Open que ahora persigue Jon Rahm.

No en vano, el joven golfista de Barrika llega a esta edición del The Open, la octava de la historia en el legendario campo escocés, como uno de los grandes favoritos. Y, a priori, cuenta con todos los factores necesarios para ganar. Por un lado, un buen estado de forma: Rahm afronta el Open Británico después de vencer en el Open de España y terminar entre los cinco primeros en el Open de Irlanda y en el Open de Francia. Por otro lado, un desbordante talento para jugar: golpes fuertes y rectos que le lleven hasta el green para acumular birdies que contrarresten los bogeys que también van a aparecer (sin apenas precipitaciones este año, se espera un campo seco que penalice en parte la precisión). Por último, su demostrada capacidad para sacar lo mejor de sí en las jornadas decisivas de los torneos.

Y, también, parece, una convicción. Porque, al contrario que para la mayoría, para Rahm, Carnoustie no es Car-nasty, sino un campo “justo”. Un campo que concede el éxito si realizas buenos golpes. Aunque a veces también te haga colapsar.

Es la hora, en la costa escocesa, de que alguien dome a La Bestia.

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