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De Jong en casa de Masopust

Es uno de los balones de oro más desconocidos. Lo ganó en 1962 tras guiar a Checoslovaquia hasta la final del Mundial. Era un todocampista y un caballero.

Hay historias capaces de traspasar un telón de acero. Cuando el Real Madrid llegó a Praga ya arrastraba tras de sí su leyenda europea. Allí todos le conocían como el ballet blanco gracias a las gestas de Di Stéfano, Puskas, Kopa, Gento y Cía. 1964 apuraba sus días cuando el equipo de Miguel Muñoz aterrizó en la antigua Checoslovaquia para enfrentarse al Dukla de Praga. El conjunto checoslovaco era el equipo del ejército y el máximo dominador del campeonato doméstico gracias a Josef Masopust, un capitán general con dotes de bailarín. El centrocampista natural de Strimice, en Los Sudetes, se había convertido solo dos años antes en el primer futbolista del bloque soviético que conquistaba el Balón de Oro. Un reconocimiento avalado también por haber guiado a su país hasta la final del Mundial de Chile’1962.

«Nos eliminaron en octavos de la Copa de Europa. Gento no paró de darnos problemas. ¡Qué bueno era!» recordaba tiempo después Masopust cuando rememoraba el empate a dos cosechado en Praga. Insuficiente para supera el 4-0 de la ida. Aquel era un Madrid en transición que se abría a los nuevos ritmos Ye-Yé y en el que Gento actuaba como eslabón. Aunque el amigo íntimo de Josef era otro madridista ilustre, Ferenc Puskas con el que coincidió en multitud de ocasiones dentro y fuera del campo: «Nos conocíamos muy bien porque, antes de que escapara de Hungría, jugaba en el Honved de Budapest, que al igual que el Dukla, era un equipo militar. Nos enfrentamos muchas veces. Puskas era de los pocos húngaros que hablaban alemán, como yo, así que en las cenas nos sentábamos juntos y nos contábamos como nos iba todo», desveló a los compañeros de Líbero en una de sus últimas entrevistas.

Criado en el humilde Most, Masopust fichó por el germen del Dukla de Praga (llamado ATK Praga) en 1952. En su primer año ya ganó la liga. Aunque no es hasta 1956 cuando Josef se convierte en el líder de un equipo imparable. A ello ayudaba el servicio militar obligatorio de dos años del que se beneficiaba el club. Los mejores futbolistas llamados a filas pasaban a formar parte del equipo. Esto convertía al Dukla en una especie de selección nacional y así los futbolistas no perdían dos años. Era un win-win. Aunque los aficionados rivales no pensaban lo mismo. Ni siquiera en Praga contaban el respaldo de los aficionados. Masopust lo explica: «Cuando un jugador decidía quedarse en el club después de hacer el servicio militar decían que el Dukla se lo había robado a su equipo de origen».

El dominio del Dukla se convirtió en dictadura. Entre mediados de los 50 y finales de los 60 ganó 8 ligas y 3 Copas. Así que la llegada de la Copa de Europa fue un soplo de aire fresco para todos, una ventana abierta hacia occidente, una posibilidad única de ver en Praga a las grandes estrellas europeas, ya fuera el Benfica de Eusebio, el Inter de Luis Suárez, el United de Charlton o el Madrid de Gento. Ahí el pueblo respondía y el orgullo patrio hacía el resto.


Un brasileño de Praga 


Si alguna vez Masopust se sintió un héroe fue en 1962. Y fue a costa nuestra. Nunca hubo antes de 2008 una Selección Española que acumulara tanto talento como aquella de Chile 1962. Di Stéfano, Luis Suárez, Gento, Puskas, Santamaría, Joaquín Peiró, Adelardo… se estrellaron estrepitosamente frente a la Checoslovaquia de Masopust, de Svatopluk Pluskal y Ladislav Novak (1-0 en el debut). El tridente de oro del Dukla comandó también a su selección hasta la final de uno de los mundiales más violentos que se recuerdan. Mucho menos conocido que la Batalla de Santiago, ese partido entre Chile e Italia donde las tibias tuvieron más protagonismo que el balón, fue el gesto de Josef con una de las estrellas brasileñas en el último partido de la última fase. «Pelé recibió el balón y yo corrí hacia él. Cuando me di cuenta de que estaba lesionado paré y me quedé a un metro y medio para que pudiera pasar el balón».

El desgarro que sufrió Pelé le invalidó para el resto del Mundial y Josef indicó a sus compañeros que tampoco entraran a O’Rei, pensaba que era ventajista hacerlo.  En una época donde no estaban permitidas las sustituciones Edson se limitó a ceder el balón a sus compañeros cada vez que le caía. «No solo era respeto por Pelé era por toda la Seleçao», dijo Djalma Santos. Para la FIFA el gesto no pasó desapercibido y lo reconoció como «El Caballero checo». En la final, checos y brasileños volvieron a verse las caras y ahí Masopust no estuvo tan amigable. Un gol suyo adelantó a Checoslovaquia pero al final el genio de Garrincha, de Amarildo, de Vavá o de Zito, por citar algunos de los integrantes de aquella verdeamerela se acabó imponiendo por 3-1. Garrincha fue designado el mejor jugador de aquel mundial. Segundo fue Masopust, que como el resto de sus compañeros fueron recibidos como héroes en Praga.

Masopust marca ante los brasileños en la final del Mundial de Chile (1962). CordonPress

«No es posible que naciera en Europa. Con esos quiebros tan explosivos, ¡tuvo que ser brasileño!» dijo Pelé tras aquella final que él, lesionado, no pudo jugar. Aquella actuación le valió el balón de oro, imponiéndose por dos votos (65-63) a Eusebio que venía de ganar la Copa de Europa con el Benfica: «Era mejor que yo, sin duda», resolvió tiempo después Josef, tan elegante dentro como fuera del terreno de juego.


¿Pero cómo jugaba Masopust?


Ya hemos dicho que Josef jugaba en el medio campo. En un fútbol que apostaba por un 4-2-4 él formaba el doble pivote tanto en su club como en la selección, pero con la particularidad de que lo mismo sujetaba al equipo posicionalmente que se sumaba al ataque para aprovechar su gran llegada. Masopust era el mariscal de la zona ancha, capaz de jugar en corto y en largo, lo mismo se ofrecía para el pase que acudía a la cobertura del compañero. «No importaba el rival, siempre destacaba. Nunca perdía el balón, hacía pases cortos o paredes hasta que se habría algún hueco y entonces despegaba dejando atrás a uno, dos o tres contrarios. Los sorteaba por una lado o por otro como si fueran banderines en un campo de entrenamiento», así habla del particular cambio de ritmo con el que batía líneas su compañero de equipo Pluskal.

Otro de sus rivales y, sin embargo, amigo reflejaba así sus cualidades: «Del Sol era uno de nuestros mejores medios defensivos, Suárez era un genio del pase en profundidad y Paco Gento era fantástico encarando a los defensas. Pero Masopust hacía todo eso a la vez: recuperar el balón, pasar, driblar e irrumpir en el área. Era un centrocampista fuera de serie». El que habla es Puskas y no debía exagerar mucho Pancho si tenemos en cuenta que Josef cortó la secuencia de delanteros que alzaban el balón de oro.

De su buena llegada a gol hablan los 73 tantos marcados en 386 encuentros con la camiseta del Dukla. Fueron más de 16 años en los que el férreo control comunista no le dejó salir del país, ofertas no le faltaron. Tenía un sueldo como militar (40.000 coronas) que suponía casi el doble del salario de un trabajador de Checoslovaquia entonces, pero que estaba muy por debajo de lo que podía haber ganado en Occidente. Finalmente la rendija la encontró con La Primavera de Praga y los sucesos acontecidos en 1968. Solo entonces le dejaron salir, ya con 37 años, para que firmara su primer contrato profesional con el modesto Molenbeek, de la segunda división belga. Fue el máximo goleador, subió al equipo y tras jugar un año en primera se retiró.


De Masopust a De Jong


Repasando vídeos suyos y sobre todo lo que dicen de él sus compañeros y amigos, hay retazos de Masopust en Frenkie de Jong. Su cabeza alta y su zancada elegante, esa capacidad para asociarse en corto y en largo, esa forma de superar líneas con una arrancada que despeja el horizonte. La manera en que ambos saben proteger la pelota. De hecho, el De Jong del Ajax partía de la misma posición en la que Masopust hizo fortuna, ese doble pivote formado con Schöne en un dibujo que los ajacied convertían en muchas ocasiones también en 4-2-4. En Barcelona, comienza a asentarse en la zona de interior y sobre todo a entenderse con las figuras del equipo, básicamente, con Messi.

Quizá aquí también estemos viviendo una revolución al estilo de 1968 o cuanto menos una transición. Puede sonar precipitado viendo el rendimiento de Leo pero el Barça de Messi, debería ser el Barça de Frenkie de Jong en un futuro a medio plazo. Pocos mediocentros como el neerlandés han demostrado a sus 21 añitos poder gobernar los partidos desde esa posición. Un jugador para una década, que en apenas tres meses ha dejado algo más que pinceladas en la Ciudad Condal, donde anhelan que la hegemonía de Messi desemboque en la hegemonía del centrocampista neerlandés, balón de oro incluido.

Hoy, cuando Frenkie y el resto de azulgranas se adentren en el Eden Arena, quizá se sorprendan al ver la figura allí de Josef Masopust y el reluciente balón de oro que ganó en 1962. Pero es que El Caballero Checo fue nombrado ciudadano honorario de Praga y es hoy uno de los símbolos de la ciudad. Amado después de ser repudiado por aficionados y rivales -era el peaje que había que pagar por jugar en el Dukla-, el mito de Masopust se acrecentó tras su muerte en 2015. Su calidad había ya traspasado fronteras y rivalidades y el Slavia asumió su legado como el mayor símbolo futbolístico del país. Su recuerdo sigue hoy muy vivo en una ciudad que puede ser testigo de excepción de una nueva primavera comandada, en esta ocasión, por un tulipán.

 

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