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Atletismo

Tengo que hablarles de alguien muy especial

Este fin de semana, en Aranda de Duero, volvió a disputarse la carrera que lleva su nombre, Juan Carlos Higuero, que explica lo cerca y lo lejos que puede llegar un hombre. Esta es la historia.

Comprendí que este hombre no iba a tener problema aquella vez que le pregunté qué tal estaba y, en vez de decirme que se encontraba mal, me contestó que se sentía ‘desdibujado’. No tenía reparos Juan Carlos Higuero, que entonces era atleta, en reconocer que le gustaba escuchar los discursos de los políticos y que hasta trataba de memorizar algunas frases. No sé por qué, pero entre las miles de anécdotas que da de sí este personaje, aquella se me quedó grabada para siempre. Todavía se la pongo de ejemplo a mis hijos cuando les hablo de la importancia del lenguaje, de darle un buen uso, de tratarlo como a una dama.

Quién me lo iba a decir cuando conocí a Juan Carlos Higuero con ese pelo teñido de amarillo con el que se presentó en los JJOO de Sidney 2000. Entonces se atrevió a desafiar a un mito como El Guerrouj y cualquier anécdota que uno escuchase de él le acercaba más a una película de Pedro Almodóvar. Higuero era capaz de tomarse una caja de galletas y un litro de leche a las cuatro de la tarde, antes de entrenar; de llegar cansado del viaje y de dejar a la vista de todo el mundo las maletas en el coche, de subirse a casa a dormir y de que al día siguiente su documentación apareciese tirada por las calles de Madrid. Los ladrones no resistieron la tentación. Al día siguiente, su madre despertaba en Aranda con una llamada de la policía: menuda manera de despertar.

Pero, como una vez escribí de él, su inocencia era su religión. No podías encontrar en el mundo unos ojos como los de Higuero, una mirada más noble. Quizá porque en esa batalla que se establece entre el corazón y la cabeza, en su caso, casi siempre ganaba el corazón. No podía ser de otro modo en un chaval como Higuero, que siempre nos contaba que llegó a Madrid «con 600 € ahorrados, mucho aire en los pulmones y hojas de papel en blanco». El tiempo sólo tenía que hacer su trabajo.

Hijo de camionero, venía de Aranda de Duero, donde este sábado se disputó la carrera que lleva su nombre por sexto año. Y es importante, claro que es importante. No sólo por los más de 1.000 niños que llegaron a la meta o por las 35 sillas de ruedas que iniciaron la carrera y que nos recordaron que este es el deporte más democrático del mundo. No sólo por eso, sino también porque Higuero nos demuestra que se hace camino al andar y que el tiempo es la mejor herramienta. De hecho, ése chaval, que parecía incontrolable, hoy es una fábrica de valores, propietario de un currículum duradero y ejemplar, que se quedó a solo 28 centésimas de la medalla olímpica en los 1.500 de los JJOO de Pekín 2008. En el camino nos hizo reír y llorar. El día que anunció su retirada se presentó en la sala de prensa con el chándal de la selección española. Antes aceptamos cada una de sus batallas como si fuesen las nuestras. Porque, por encima de todo, Higuero siempre será uno de los nuestros, que quizá sea lo más importante. Los recuerdos llegan más que las marcas.

Por eso creo que esta es una fantástica historia. El chaval que se crió en el barrio de Santa Catalina de Aranda de Duero, en esa tierra en la que no existe un solo vino que no tenga carácter. El chaval que a los 12 años, aún sin levantar dos pies del suelo, llegó a correr un 1.000 en 3’04» que hizo sospechar que el cronómetro estaba equivocado. Pero ése solo fue el principio del mismo chaval que se marchó en ese Fiat Uno a vivir a Madrid y que luego ingresó en la residencia Blume, donde se hizo querer como nadie. Tuvo que luchar contra la anarquía que habitaba en su interior. Pero a largo plazo iba a ganar esa batalla por goleada. Una de las razones por las que ése chaval, que ya es un hombre, todavía muy rejuvenecido, tiene esa carrera tan importante en su pueblo en la que este sábado le veías mover vallas a él y a sus hermanos con admirable entusiasmo o explicar en la entrega de trofeos que, para él, «los amigos son más importantes que tener un coche mejor o una casa un poco más grande».

Quizá por eso los años pasan y la gente no se olvida de él, que aún sigue siendo El León de Aranda. El entusiasta Higuero. La misma voz que despierta tanto entusiasmo. A veces, pienso que hasta podría ser la mejor persona que uno ha conocido en tantos años escribiendo de deportes, se sienta o no se sienta él desdibujado: Juan Carlos Higuero Maté.

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