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Griezmann se lamenta por una ocasión fallada. / Cordon Press

Fútbol

«El juego del Atlético a veces deja que desear, pero los resultados me encantan»

Segurola y Gárate conversaron para Líbero sobre pasado, presente y futuro del Atlético, su traslado al Wanda y la influencia de Simeone.

Es uno de los símbolos del Atlético de Madrid, del Atleti de siempre, a pesar de ser un verso suelto de la generación que marcó lo que hoy define el reconocible estilo colchonero. José Eulogio Garate (Buenos Aires, 1944) llegó a Madrid con apenas 21 años y se encontró con un equipo campeón, plagado de jugadores de carácter y personalidad de hierro. Luis Aragonés, Adelardo, Griffa, Ufarte, Mendoza… Procedente del Indauchu, el equipo bilbaíno en el que habían militado Jesús Pereda, Miguel Jones y Eusebio Ríos, entre otros jugadores que alcanzaron fama en el fútbol español, Gárate abandonó Eibar -donde residía- y Bilbao -donde cursaba Ingeniería industrial-, Gárate fichó por el Atlético en 1966, en medio de una rocambolesca situación, derivada de su condición de ciudadano argentino, puesto que había pasado los siete primeros meses de su vida en el país suramericano.

Aquel Atlético acababa de trasladarse desde el mítico Metropolitano, en la zona noreste de la ciudad, al nuevo estadio, situado literalmente en la ribera del Manzanares, en el sur de la capital. Gárate desvela al periodista vizcaíno Santiago Segurola, cuya adscripción sentimental al Athletic de Bilbao es conocida, las razones que impidieron su fichaje por el club bilbaíno. Se trata de uno de los pasajes de una charla que se prolongó durante casi dos horas en el hotel NH Eurobuilding de Madrid. La conversación se produce seis días antes del partido que despediría oficialmente al Atlético de Madrid de su estadio, después de casi 51 años de vida.

-Santiago Segurola: Vamos a hacer un viaje de medio siglo, al año en el que llegas al Atlético de Madrid. Tu fichaje se produce cuando el equipo se traslada al Manzanares. ¿Por qué elegiste el Atlético? Recordemos que eras un chico de Eibar que jugaba en el Indauchu, cuyo viejo campo, Garellano, estaba situado a 200 metros de San Mamés.

-José Eulogio Gárate: Había jugado dos temporadas en el equipo de mi pueblo, el Eibar, que entonces militaba en la Tercera División. Un día me citó Jesús Olaso, presidente y propietario del Indauchu, en Segunda División por aquellas fechas. Para mí tenía sentido, estaba cerca de Eibar y al lado de la Escuela de Ingenieros, donde iba a cursar mis estudios. Me entrenaba por las tardes, a última hora, cuando terminaban las clases, que me ocupaban casi todo el día. Al equipo lo dirigía Fernando Daucik, un fenómeno de entrenador, uno de los más conocidos en España durante la década de los 50. Había conseguido grandes éxitos con el Atlético de Bilbao, bueno, el Athletic, que si no me matan en Bilbao. Me dijo que, salvo que viajáramos a Galicia o Cataluña, podía estudiar los fines de semana. En esos tiempos los viajes de los equipos eran durísimos y yo tenía clase todos los sábados por la mañana. Me ofrecieron condiciones muy favorables. Salté a la Segunda División, algo muy positivo para mí. Hasta entonces sólo entrenaba un día a la semana, los jueves. En Bilbao me entrenaba tres o cuatro veces y jugaba los domingos, en Segunda División, que era un gran escaparate para los futbolistas jóvenes. Nuestro campo, Garellano, estaba a 200 metros de San Mamés. Les separaba la Escuela de Ingenieros. Un día me reuní con Piru Gainza, el entrenador del Athletic y leyenda del club. Quería ficharme, pero había un problema burocrático. Con 18 años, elegí la nacionalidad argentina para evitar la mili. “Si me arregláis esto [no hacer el servicio militar], ficho aquí”. Dadas mis circunstancias, no tenía ninguna gana de salir del País Vasco. Ya estaba en el tercer curso y sólo me quedaban dos por delante. Mi padre quería que me hiciera ingeniero. Era su mayor ilusión. Lo conseguí, pero en Madrid. La sorpresa fue que equipos como el Athletic, la Real Sociedad, el Barcelona, el Real Madrid y el Atleti se interesaron por mí.

-Eras ya un goleador en el Indauchu. Recuerdo que los periódicos de Bilbao hablaban mucho ti.

-JEG. No jugué muchos partidos, alrededor de 20, pero metí 18 o 20 goles, sin tirar penaltis, ni nada parecido. Alguno habré tirado pero no era mi especialidad. Varios equipos se interesaron y el equipo con el que mejor contacté, a través de Fernando Daucik, que también entrenó al Atlético de Madrid, fue el Atleti. Me dijo que me solucionaban el problema de la mili.

-¿No podía solucionarlo el Athletic?

-JEG. Me dijeron que Bilbao dependía de la capitanía general de Burgos y que no había nada que hacer. O cumplía con el servicio militar, o nada. Ese factor impedía el fichaje, porque al haber nacido en Argentina, y tener pasaporte argentino, hacía inútil discutir de contratos. Aunque vivía en Eibar desde mi primer año de vida, no había nacido en España, mantenía mi nacionalidad argentina y no quería hacer la mili. No había posibilidad alguna de fichar por el Athletic. Tenía gracia el asunto, porque me defendía bastante bien con el euskera, y en el Athletic lo hablaban pocos. Iribar y algún otro. Me dio pena. Yo era de allí, mi padre y mi familia, de Eibar. Era el equipo en el que quería jugar en ese momento. Como mucha gente de Eibar, mi equipo era el Athletic.

-El caso generó una tremenda frustración en los aficionados del Athletic. Nunca se explicó bien. ¿Cómo consiguió el Atlético de Madrid solucionar el problema burocrático?

-JEG. Pues tuve una suerte increíble. El Atleti estaba muy vinculado al Ejército del Aire. Después de la guerra, se llamó Atlético de Aviación. Me dijeron que sólo tenía que hacer dos meses de instrucción. Y tuve la suerte de haber enviado a Argentina la documentación que me pedían para hacer el servicio militar. Yo había alegado problemas respiratorios. Cuando estaba hablando con el Ejército, me llegó la carta de Argentina diciendo que me eximían del servicio militar. Como había convenio, con ese documento me libré de ir al servicio militar y me hice español.

-Mudarse a Madrid sería como cambiar de mundo. ¿Hasta qué punto pensabas colocar el fútbol por encima de tu carrera universitaria?

-JEG. Hombre, desde niño uno siempre tiene la ilusión de disfrutar del deporte en el pueblo. Y entonces el deporte era el fútbol y poco más. Estudié el Bachillerato en los Jesuitas de Tudela, donde jugábamos al fútbol a todas horas. Claro que albergaba el sueño de ser futbolista. Mi jugador favorito era Jesús Garay, el central del Athletic. Mis padres eran socios del Athletic y se hablaba mucho de Garay, un jugador espectacular, con un gran dominio del balón, elegante. Se adelantó a su tiempo. El Athletic tenía un equipazo con Carmelo, Orue, Panizo, Mauri, Maguregui, que eran míticos en nuestro tiempo

-Está claro que te apasionaba el fútbol.

-JEG. Sí, por eso me impresionó el Atlético cuando llegué a Madrid y veía entrenar a Mendoza, Adelardo, Griffa, Calleja, Luis, Ufarte y compañía.

-Un equipazo, uno de los mejores en la historia del Atlético.

-JEG. Cuando fiché en el verano del 66 acababa de ganar la Liga.

-Conviene decir que en los años 60 el equipo que competía con el Real Madrid no era el Barcelona, sino el Atlético.

-JEG. Así es. El Atlético ganó el campeonato en el partido que le enfrentó al Español, donde Di Stéfano jugó su última temporada, y se trasladó del Metropolitano al Manzanares.

-¿Estabas asustado?

-JEG. Asustado, no, pero pensaba: “O la carrera o el fútbol”. Si no me iba bien, podía dedicarme a la ingeniería. La alternativa del fútbol no me parecía fácil.

-Sin embargo, fuiste titular muy pronto.

-JEG. Sí, tuve suerte. Otto Gloria era el entrenador. Había dirigido a Portugal en el Mundial del 66, donde fue el equipo revelación. No jugué en los primeros cuatro partidos, pero Gloria me dio la oportunidad y la aproveché.

-¿Quién era el delantero titular?

-JEG. Mendoza, angoleño. Un jugador buenísimo, un poco lento quizás.

-Decían que era extraordinario. Tenía un problema serio en la rodilla.

-JEG. Siempre jugaba con una rodillera. Era un fenómeno. Unos amagos… un cabeceador extraordinario. Alto, poderoso. Le pegaba al balón con una violencia tremenda. Lento en carrera, pero no de ideas. Era un gran jugador en una delantera impresionante: Ufarte, Luis y Collar, nada menos.

-1967. Collar era una institución.
-JEG. Sí. Jugué dos años con él. En el 68 se fue al Valencia. Era muy difícil jugar en aquel equipo. ¿Por qué tuve la oportunidad? Porque expulsaron a Luis en Córdoba y se lesionó Adelardo. Otto Gloria me alineó para cubrir la baja de Luis, pero metí un gol y luego otro, así que jugué hasta que me lesioné en abril de 1967. Fueron 15 partidos y marqué 14 goles, sin tirar penaltis, ni faltas.

Gárate con Irureta en un homenaje a los veteranos en el Calderón. / Foto Lino Escurís

-Aquel equipo, además de contar con futbolistas de mucha calidad, destacaba por tener jugadores de carácter. ¿Cómo te recibió ese vestuario lleno de adultos, con una gran experiencia en el fútbol?

-JEG. Los tiempos han cambiado. No conozco la realidad actual de los equipos, ni cómo funcionan  las cosas cuando llega un nuevo. En aquel entonces, tenías que hacer de todo, no digo que de camarero, pero casi. Había que hacer muchos méritos. Los jefes eran Griffa, Calleja y Luis.

-Tenía fama de equipo duro, muy duro. Cuando el Atlético jugaba en Bilbao, Griffa solía pasearse por el Casco Viejo de Bilbao. Se decía que para calentar el ambiente.

-JEG. En un partido allí, Griffa acabó en la cárcel. Sí, sí. Se lo llevaron al calabozo. Terminó el partido y empezó a agarrarse la entrepierna mirando a la grada. Lo detuvo la Policía y se lo llevó a la cárcel. Supongo que pasó unas horas. Sí, era un futbolista duro. Aprendí muchísimo de él porque era un profesional hasta la médula. Cuando llegué al Atleli, yo no tenía la obsesión por ganar. En cambio, jugadores como Griffa vivían para ganar. Era su obligación como profesional. Había que ganar como fuera, con un gol con la mano, daba igual. Y había que ganar siempre. Daba tantas patadas en los entrenamientos que Otto Gloria le expulsó alguna vez. Le recuerdo con mucho afecto. Tengo una relación estupenda con él.

-Era un Atlético áspero. Hacía pocos amigos fuera del Manzanares.

-JEG. Ir a Bilbao y a San Sebastián era la leche. Salías y gritaban eso de indios y sudacas…

-¿Llegaste a jugar en el Metropolitano?

-JEG. Sí, jugué con el Indauchu un amistoso, en la temporada anterior al traslado. Me estaban siguiendo, según me contó Carlos Peña. También jugué allí un partido con el Eibar en una eliminatoria de ascenso a Segunda, contra el Cádiz.

-Sería la primera vez que ibas a Madrid.

-JEG. Pues casi. Sólo había estado una vez en Madrid, en un viaje en el 61, cuando terminé el Bachillerato y fuimos de excursión desde Tudela.

-Vamos, que fue el descubrimiento de un nuevo mundo.

-JEG. Sí, cuando uno tiene 21 años tiene ilusiones y sueños. Hoy, con 72 años cumplidos, no cambiaría de hábitos. Pero entonces aterricé con buen pie y la respuesta fue extraordinaria.

-No jugaste el partido inaugural del Manzanares.

-JEG. No, fue contra el Valencia. Lo estoy viendo ahora mismo. Entonces no había suplentes. Jugaban los 11 convocados y ya está. Los no convocados íbamos con la entrada a la grada. Recuerdo que lo vi en el Fondo Norte, el que da a la sierra. Estoy viendo a Luis cómo metió el gol del triunfo. Ganamos 2-1. El gol del Valencia lo marcó Paquito, que hacía una cosa muy bien. Se iba, enseñaba el balón y luego lo recogía para protegerlo

-Había una cierta polémica entre los aficionados de Madrid porque el Metropolitano era mítico, situado en una hondonada natural. Estaba en el norte de la ciudad y el Manzanares en el sur, muy alejado entonces del centro.

-JEG. Costó mucho a los aficionados. La afición tardó unos pocos años en integrarse, en acostumbrarse. Aquel campo estaba abierto y hacía mucho frío porque la tribuna de preferencia estaba sin construir y no había ni oficinas ni cerramiento. La inauguración oficial creo que se realizó en 1973.

-¿Te hiciste pronto con el campo o te costó?

-JEG. Para mí todo era nuevo. No tenía la experiencia previa del Metropolitano. Entiendo que a la afición le costase. Y a algunos jugadores también, porque cada jugador tiene sus referencias en el césped. Vas a otro campo y no tienes referencias, pero en tu campo sabes dónde está todo. Por eso, a algunos jugadores les costó adaptarse.

-Sin embargo, los títulos llegaron enseguida.

-JEG. Sí, tuvimos suerte. Llegó Marcel Domingo que había sido portero del club. Construyó un equipo para el contraataque, con un 4-4-2.

-Marcel Domingo conocía muy bien la idiosincrasia del club.

-JEG. Fue el primer entrenador que en la víspera te hablaba del partido. Nos reunía en la concentración y nos hablaba. A veces con algún jugador concreto. ¿Qué te parece jugar así? ¿Qué jugador prefieres para jugar contigo? A mí eso me parece bien. Contar con la opinión de los jugadores.

-Fue un Atlético muy reconocible, con varios jugadores que permanecieron mucho tiempo en el equipo. Me refiero a Adelardo, Luis, Ufarte, tú mismo. ¿Con quién tenías mejor relación en el campo?

-JEG. Con Ufarte. Cuando cogía el balón, ya sabía lo que iba a hacer. Recibía el balón y yo me frenaba. Conocía todos sus movimientos.

-Eras un delantero centro muy atípico para aquellos tiempos.

-JEG. Es verdad. Me gustaba caer hacia las bandas.

-Recuerdo que te gustaba irrumpir por la izquierda, siendo diestro.

-JEG. Poco, con la zurda poco.

-Eras un problema para los defensas porque sorprendías.

JEG. Aprovechaba mis características, porque era un delantero bastante ligero. El fútbol ha cambiado mucho. Hoy todo es más colectivo. Un bloque que juega junto y sólido. Nosotros, no. Los laterales no subían y nosotros no bajábamos. Era distinto.

-Aquel Atlético tenía una personalidad marcada. Le gustaba jugar al contragolpe incluso en Manzanares y la hinchada lo entendía.

-JEG. Jugábamos con el 4-4-2. A veces con un centrocampista que jugaba de delantero como Alberto o Salcedo. Variaba según el partido. Siempre he creído que el jugador tiene que tener una considerable capacidad para decidir. A veces me llamaban la atención cosas que me pedían desde fuera, pero que yo veía desde dentro. “Ábrete a la izquierda”, me decía el entrenador, y en realidad veías que a tu marcador le fastidiaba más que bajara al centro del campo. Marcel Domingo a veces se quejaba: “Joder, hazme caso”. A veces el jugador tiene opiniones interesantes y distintas.

-Dos aspectos. Uno relacionado con la violencia. Aquellos años destacaban por la dureza y tu estilo de juego podía resentirse. ¿Fue un problema serio?

-JEG. Sí, fueron años duros. Había campos… Por ejemplo, ir a Bilbao, no suponía un gran problema. Estaban Echeberria, Larrauri, Zorriqueta, defensas duros, pero no violentos. Había que ir a Granada, Córdoba, Elche… Es que no querías ir. A veces ganábamos 0-1 de milagro. Recuerdo en Granada que ganamos con un gol de Becerra. Decían: “Dale, dale… que yo le remato”. Jugaban con un alfiler en la media y te pinchaban en las faltas.

-Aquel Granada era terrorífico.

-JEG. Yo no quería ir a Granada. Me quería quedar en Madrid.

-¿Cuál es el defensa con el que tuviste una relación más difícil?

-JEG. Benito fue el que mejor me marcó y con el que más incómodo me sentía. Con Gallego, el central del Barça y del Sevilla, me iba mejor, aunque también era muy duro. Jugué cinco o seis veces contra Benito y siempre salía ganador él. En cambio jugué fenómeno en un par de ocasiones en las que no estuvo él. Contra Pirri y Zoco tenía menos problemas. Benito era muy bravo, rápido, fuerte, buen cabeceador.

-En los años 70 hubo muy buenos jugadores. ¿Cuáles eran tus preferidos?

-JEG. En el Atlético, Ufarte y Adelardo. En el Real Madrid, Amancio. En los años 60 me encantaba Gento, un fenómeno. Tenía una velocidad tremenda y una frenada en seco.

-Tiempos duros y, en cambio, tenías fama de jugador exquisito, de un comportamiento intachable. Te expulsó Guruceta una vez y no logramos saber por qué.

-JEG. Fue en Sarriá. En una jugada que pedimos penalti, pitó saque de puerta. Fuimos tres a protestar: “Emilio, joder”. Le conocía porque me había arbitrado en juveniles en Guipuzcoa. Cuando me iba al centro del campo le dije: “Joder, Emilio, si hubiese sido el Madrid, lo hubieses pitado”. Me sacó la tarjeta y me expulsó.

-Háblanos de aquel Atleti que crecía. Gana la Liga en el 70, gana otra liga en el 73 y juega la final de la Copa de Europa contra el Bayern. ¿Cómo era la hinchada entonces y la relación con el madridismo?

-JEG. En esos años ya se había asentado la afición y se notaba por ejemplo que ya llevaban las camisetas.

-¿Notabas que la afición era ya entonces diferente a la del Real Madrid?

-JEG. Desde dentro no sé decirte. Sí, notaba el calor que supongo notarían los del Madrid en su campo, pero después de muchos años la afición ha ido creciendo. Se ha creado una identidad propia, una personalidad marcada, una manera de ser del Atleti. Yo lo veo en mis nietos, que tienen nueve y siete años. No piensan más que en el fútbol y en el Atleti. No quieren saber nada del Madrid.

-¿Con qué delanteros coincidiste?

-JEG. Estaba Antón Arieta en el Athletic, Quino en el Betis. Durante cuatro o cinco años casi estuve solo, hasta que llegó Santillana en el 73.

-Santillana estaba en las antípodas de tu juego.

-JEG. Sí, éramos muy diferentes. Santillana mejoró técnicamente mucho. También coincidí con Quini.

-En aquella época, con la derrota frente al Bayern en la final de 1974, comienza la fastidiosa historia del pupas.

-JEG. Teníamos la Copa de Europa en la mano y el Bayern nos empató en el último segundo. No llegamos a sacar del centro del campo. Hay que decir que el Bayern era un equipazo, era la base de la selección alemana que ganó el Mundial ese año. Fuimos al hotel, cenamos, no hicimos nada especial. La recuperación fue muy mala y 48 horas después salimos no derrotados, pero casi. Nos metieron dos goles pronto y se acabó. De haber ganado el Atleti, nuestro fútbol podría haber cambiado, también por mentalidad. Jugar en aquellos tiempos con alemanes, italianos y holandeses… Eran muy fuertes físicamente. En aquella época se percibía a Cruyff y los jugadores del Ajax como atletas.

-Llegaron muchos argentinos al Atleti y dejaron huella. ¿Cómo los recuerdas?

-JEG. Se hablaba mucho de nuestros argentinos y su dureza, pero estaba Heredia, que era un jugador muy limpio, listo e inteligente. Jugaba de líbero. Panadero Díaz, que era duro pero no violento. Metía el pie con fuerza. Ovejero era muy valiente. Recuerdo que nos salvó en Atocha tirándose en plancha y sacando de cabeza un balón raso. Y nos salvó el partido. Ayala era un jugador peleón. Estábamos llenos de sudamericanos y luego llegaron dos fenómenos brasileños: Luiz Pereira y Leivinha.

-Se habla más de Pereira que de Leivinha, un mediapunta sensacional.

-JEG. Era espectacular. Esos brasileños eran diferentes. En lugar de ponerse nerviosos salían a divertirse, sin olvidar que había que vencer. Lo pasaban bien. Pereira regateaba a los delanteros y además tenías unas facultades físicas enormes.

-¿Cómo fue tu lesión, la que significó la retirada?

-JEG. En el Calderón, contra el Elche. Tenía 31 años. Me clavaron un taco en la rodilla, me llevaron al vestuario, me dieron tres puntos, cerraron la herida y volví a jugar. Pero parece que quedó tierra con esporas de hongos dentro. Salí, metí el gol. Jugué toda la temporada, incluida la final de Copa. Pero al empezar la temporada siguiente comenzaron los dolores y no podía jugar. Me dolía y no podía mantenerme en el campo. Los médicos no encontraban nada. Fui a Barcelona, me sacaron líquido buscando una bacteria, pero no detectaron nada en concreto. Me recomendaron operar para abrir y hacer un estudio visual. Al abrir se inflamó un montón la rodilla. Estuve cinco meses entre clínicas hasta que dieron con el producto adecuado.

José Eulogio Gárate posa para Revista Libero. / Foto Lino Escurís

-¿Hasta qué punto fue preocupante el problema?

-EG. Hombre, hablaron de amputar. Y yo dije, pues si tienen que hacerlo… que me amputen. Me sometieron a antifúngicos fortísimos que perjudicaban un montón a todos los órganos y no mejoraban el estado de la pierna.

-¿Cómo se resolvió?

-JEG. Por casualidad. Había una clínica en la calle Príncipe de Vergara que ya no existe. Allí me hicieron una extracción para un cultivo y lo tiraron. Era un viernes. Tiraron la muestra pero quedó allí, en una papelera. Al llegar el lunes, el analista, recogió casi por casualidad ese cultivo que teóricamente no había dado resultado. Como habían pasado 48 horas, el cultivo había generado algo que no se había visto al extraer el líquido. Llamaron a un analista especialista en hongos y determinó lo que era. Con ese estudio fueron a un laboratorio en Bélgica que tenía un estudio en pruebas del hongo en cuestión. Lo trajeron aquí y en tres semanas, curado. Claro, la articulación ya estaba desecha. Pero tuve suerte. Ahora tengo una prótesis en la rodilla y otra en el tobillo.

-Tu homenaje fue especial. Lo jugaron en 1977 el Atlético de Madrid contra un conjunto de jugadores vascos. Se jugó dos semanas antes de las primeras elecciones democráticas. ¿Cómo se articuló aquel partido?

-JEG. Estaba de gerente del Athletic de Bilbao un concuñado mío, José Ignacio Zarza. Hablé con él y le pareció buena idea. Entonces hablamos con la Real y también les pareció bien. Vinieron todos. Txetxu Rojo, Villar, Iribar…

-Pero ese homenaje sería impensable ahora. ¿Hemos ido a peor?

-JEG. No lo sé. Creo que la sociedad evoluciona y la española, también. No sé si es una sociedad más egoísta o menos. Las rivalidades y relaciones de los jugadores no sé si son las de antes. Yo recuerdo ir a Bilbao y luego salir con Iribar, Txetxu… a tomar una copa. Y en Madrid recuerdo ir a tomar una copa con los del Real Madrid. Juntos. ¡Íbamos juntos! Ahora parece imposible. La intimidad no existe. Y si has perdido te denuncian.

-¿Qué recuerdas de aquel partido?

-JEG. ¿Del homenaje? No sé si empatamos a uno. Recuerdo que fue un ambiente extraordinario. Toda la afición… Incluso algunos me han dicho que fueron a aquel partido sin ser del Atleti o de fuera de Madrid. Fue un gran homenaje. Lo recuerdo con un cariño especial. El campo estaba abarrotado.

-El Atlético vive una época muy especial. ¿Qué opinión tienes de lo que está sucediendo en estos últimos años?

-JEG. El club ha subido muchos escalones, aunque no llega al nivel del Real Madrid o Barcelona. Con Simeone al frente y esta junta directiva se ha hecho mucho más de lo esperado y yo diría de lo exigible. Hemos estado a punto de ganar dos Champions. A las puertas de todo, hemos ganado una Liga, la Copa… Nivel máximo, compitiendo con los mejores del mundo: Real Madrid, Barcelona, Bayern… Siempre peleando.

-¿Tiene algo el Atlético de Simeone de aquél de Marcel Domingo?

-JEG. Yo veo lo que veo y el juego del Atlético a veces no es brillante. Igual hay alguna pincelada, momentos muy buenos, pero el juego en general no es exquisito. Eso sí, los resultados son muy buenos. Los resultados sí gustan, nos gustan mucho muchísimo. En nuestra época, la cosa era diferente porque las defensas eran más vulnerables, se metían más goles. El éxito del Atlético es innegable, pero creo que hubiéramos ganado la Copa de Europa del 74 la mentalidad del club habría cambiado antes, 40 años antes. Creo que el principal problema de Simeone será mantener la intensidad física y mental en la plantilla.  

-¿Tienes miedo a que se acabe esta generación?

-JEG. Un poco, porque jugadores como Godín, Gabi, Juanfran, Filipe Luis… todos los importantes de este periodo tienen más de 30 años. Queda por saber el futuro de Griezmann, que es un fuera de serie. Le pueden traspasar y fichar a dos o tres jugadores, pero la calidad de Griezmann es extraordinaria.

-¿Es tu jugador favorito?

-JEG. Me encantan Filipe Luis y Godín, pero Griezmann es especial.

-Me gustaría terminar volviendo a tu infancia. Eres de Eibar, un pueblo pequeño pero de gran carácter.

-JEG. Un pueblo emprendedor, con una gran cultura industrial, también en el campo del deporte, con las bicicletas.

-Mucha gente no sabe que tu familia fabricaba bicis.

-JEG. Sí, las bicicletas GAC. Gárate, Aguirre y Compañía.

-Tan identificado con Eibar, pero naciste en Argentina.

-JEG. Por mis abuelos. Mi abuelo era el teniente alcalde de Eibar, el primer pueblo que proclamó la República. Con la guerra civil, salen hacia Francia. Y de ahí a Buenos Aires. Mis padres se casaron en el 43 y les tocó la lotería, no porque naciese yo, sino la de verdad. Les tocó la Lotería de Navidad y mi abuelo materno les invitó a que pasaran unos días en Argentina. Nací allí en septiembre de 1944 y mis padres permanecieron hasta abril. Y en Argentina todo el que nace allí, adquiere automáticamente la nacionalidad.

-¿Tuviste algún contratiempo por tu condición de argentino?

-JEG. Hombre, tengo una anécdota. En una gira que hicimos por Brasil, Argentina y Uruguay, jugamos contra San Lorenzo de Almagro. Yo llevaba el pasaporte español y el argentino. Pasé con el argentino sin problema y a las dos horas de estar en el hotel me viene la Policía a detener por no haber hecho el servicio militar.

-El famoso servicio militar…

-JEG. Con nosotros estaba un general del ejército que explicó que yo estaba exento y conseguí salir. Pero ahí estuve dos horas en las dependencias de la Policía.

-¿Sigues teniendo relación con el Eibar?

-JEG. Sí, tiene un mérito extraordinario por el presupuesto, cómo se mantienen sin déficit y jugando muy bien.

-¿Cómo pueden salir tantos jugadores de Eibar en un pueblo con tantas cuestas?

-JEG. Pues sí, porque la verdad, Ipurua era un basurero. Estaba siempre lleno de barro. Y lo ves ahora… allí solo había barro, era terrible. Es un pueblo con mucha afición y con tradición de buenos jugadores. Ahora están Susaeta en el Athletic, Oyarzabal en la Real. Tiene mérito en un pueblo de 25.000 habitantes.

-¿Cómo conseguiste acabar la carrera siendo futbolista?

-JEG.  Cuando vine a Madrid ya estaba en cuarto o quinto y tenía un amigo que me pasaba los apuntes. Estudiaba por las tardes.

-¿Hiciste algo como ingeniero?

-JEG. No, nada. Solo un trabajo fin de carrera sobre las presas del Atazar, gracias a un directivo que estaba metido en temas del agua.

-¿Te sirvió de algo la carrera?

-JEG. Sí, mucho. Formación, disciplina para alcanzar unos objetivos. No el conocimiento de amperios y vatios específico, pero sí el método para ordenar la cabeza, saber reaccionar si tienes un problema. No sé si como delantero, pero en la vida conviene ser analítico y desarrollar el sentido común.

-¿Tu padre te exigió que terminaras?

-JEG. Exigir no, pero cuando terminé el internado en Tudela, en los exámenes de junio, no tuve hasta después de Navidad la autorización de mi padre para jugar al fútbol. Por cierto, la autorización paterna era indispensable para jugar en un equipo. Yo sólo tenía 17 años. Eran tiempos diferentes. Antes fichabas por un equipo y era de por vida. Nadie te podía mover de ahí, si el club no quería.

-¿Ves mucho el fútbol?

-JEG. Sí, dentro de unos límites, porque hay saturación.

-El último partido Atlético de Madrid contra Athletic. Es una cosa freudiana. El padre contra el hijo.

-JEG. Sí y los hijos suelen dar caña a los padres.

-¿Te gusta que el calendario lo haya decidido así.

-JEG. Sí, es una anécdota que está bien. Una buena casualidad.

-Los últimos partidos en el Calderón han sido con el Real Madrid, el Athletic y Barcelona en la final de Copa.

-JEG. Sí, parece mentira. Los equipos que siempre han estado en Primera. Casualidad bienvenida porque es un recuerdo para los nietos. El Athletic que fue el equipo fundador, es bonito.

¿Eres sentimental? ¿Cómo vas a vivir la despedida del Calderón?

-JEG. Con normalidad. Si el cambio es a mejor, se acepta, aunque reconozco que me da un poco de pena. Es el equipo de mi vida y se va de donde he crecido, pero el Atléti se adaptará al Wanda, o como se diga, como se adaptó al Calderón cuando dejó el Metropolitano.

 

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