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Ricardo Gareca, la imagen del optimismo para el fútbol peruano. / Foto: ZUMAPRESS.com/Cordon Press

Fútbol

Jugar sin fantasmas

La selección peruana disputará este jueves su primer amistoso post Rusia 2018 frente a Holanda en Ámsterdam y, tres días después, visitará a Alemania en Sinsheim

El fútbol peruano tiene una relación compleja con su pasado. Quienes hemos crecido en los noventa lo hemos hecho admirando el mito de la selección de los setenta, la que practicaba un fútbol atractivo, ofensivo y ganador. El Mundial del 70 y la Copa América del 75 fueron la cúspide de una selección que se ganó el respeto del mundo entero. Los ochenta significaron un prolongado y profundo cachetazo para el país que, en medio de un conflicto armado interno que duró más de veinte años, se hundió en todos sus ámbitos. Como no podía ser de otra manera, el fútbol tampoco pudo sortear el golpe y, tras la última participación mundialista en España, fueron más de tres décadas de derrotas, humillaciones y mucho escepticismo.

Ese escepticismo fue el que moldeó la actitud frente al fútbol de mi generación. El pasado glorioso estaba ya muy lejos y probablemente demasiado idealizado por quienes sostenían, como una máxima inviolable, que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que teníamos a flor de piel era la desconfianza en un equipo –o en una institución, mejor dicho- tan desprestigiada como inútil. La selección perdía de local y de visitante, generalmente por goleada, a lo que se sumaban las indisciplinas de los jugadores y la corrupción de los dirigentes. Era imposible que, como aficionados, pudiéramos confiar en algo más que en la suerte. Era lo único que teníamos.

Y los jugadores, por supuesto, también lo sentían. Todos los especialistas, y también aquellos que no lo son tanto, estaban de acuerdo en algo: el rendimiento de la selección nacional tenía mucho más que ver con la debilidad mental de nuestros deportistas que con su falta de talento. Podría haberse dicho lo mismo –aunque con muchos más matices- de la sociedad peruana: un mendigo sentado sobre un banco de oro, como dijera el explorador e investigador italiano Antonio Raimondi en el siglo XIX.

El drama tras el Mundial del 82 y las posteriores eliminaciones de la selección tenían que ver con una pregunta: ¿Cómo solucionar el problema de la debilidad mental de nuestros jugadores? Las respuestas, como suele ser en estos casos complejos, no eran demasiado alentadoras, ya que se sostenían básicamente en una promesa de cambio estructural que empezara desde las aulas de primaria y se sostuviera en trabajos prolongados y serios en las divisiones inferiores de los clubes. Todo lo cual, en plenos años noventa, sonaba como una utopía. De hecho, lo sigue siendo.

Otra de las respuestas también parecía quimérica: para dejar de creer que somos pésimos, tenemos que confiar en nosotros mismos, lo cual pasa por conseguir resultados improbables que levanten la autoestima del jugador. Pero ¿cómo ganar para confiar en uno mismo si la razón de esa desconfianza es la derrota constante y, por lo tanto, inminente? Nos quedaba, una vez más, confiar en la suerte.

Y la suerte, disfrazada de un argentino con pinta de rockero ochentero, llegó. Porque, como ya hemos sostenido unas cuantas veces en este espacio, tiene que quedar claro que Perú no clasificó a Rusia como fruto de un trabajo estructural y sostenido, ni de un cambio radical en la mentalidad de nuestra sociedad: clasificó porque Ricardo Gareca armó un equipo competente y porque los resultados fueron dándole confianza a un grupo unido. Y porque Bolivia la estrelló en el palo en el último minuto en Lima, y porque Messi también le dio al palo en Buenos Aires, y porque el TAS nos dio tres puntos que habíamos perdido en La Paz. La suerte, por una maldita vez, estuvo de nuestro lado.

Después de una digna participación en Rusia, en donde la selección peruana gustó pero ganó muy poco, es la primera vez en décadas que el equipo puede mirar el futuro sin el peso del pasado. La mochila de los 36 años sin mundiales ahora está vacía y eso debería verse reflejado en el campo.

Los primeros desafíos post Rusia son complicados: el jueves Perú visitará a Holanda en Ámsterdam y el domingo jugará en el estadio del Hoffenheim frente a Alemania. Dos amistosos de prestigio, contra rivales que tienen mucho que demostrar, que deberían disputarse con seriedad pero sin fobias ni pánico escénico. Las casi cuatro décadas de constantes humillaciones han sido reemplazadas por un recuerdo fresco e ilusionante, que deberá ser el combustible de una selección que puede estar orgullosa de sí misma.

Quizás sin los fantasmas del pasado, el fútbol, para los seleccionados peruanos, vuelva a ser un juego. Y los peruanos nos hemos dado cuenta de que, si jugamos, somos bastante mejores de lo que creemos.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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