Medem: "Tenía futuro como atleta, pero quería ser médico" - Entrevistas - A la Contra
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Julio Medem
Julio Medem posa para la entrevista. Foto: Luis Cárcamo

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Medem: “Tenía futuro como atleta, pero quería ser médico”

Aprovechando que estrena ‘El árbol de la sangre’, Julio Medem revisa su pasado, ligado a éxitos deportivos. Haber trabajado con Spielberg también pudo cambiar su destino.

Julio Medem (San Sebastián, 1958), a primera vista, es una persona sensible y tímida, lo protege una pequeña coraza que, sin embargo, va desapareciendo paulatinamente según avanza el segundero del reloj. Quizá por eso su universo, tan característico, no se ha visto corrompido. Su manera de hacer cine cuando menos no nos deja indiferentes (Vacas, La ardilla roja, Tierra, Los amantes del Círculo Polar o Lucía y el sexo); aunque después de tantos años dirigiendo —estrenó Vacas, su primera película, en 1992—, lo interesante es saber si se sigue sorprendiendo a sí mismo. Ante la pregunta, sonríe. “Me he sorprendido con un reto, me ponen mucho. Este es uno de los más importantes que me he planteado en mi carrera. He contado una historia de amor con forma de árbol. Tiene ramas, otras vidas, otras historias de amor, hay celos, hay mentiras, hay locura, hay tragedia”. El árbol de la sangre, su nueva película, es un viaje emocional de mucha intensidad.

Resumiendo mucho y sin desvelar nada, El árbol de la sangre aborda los grandes motivos de la vida: el sexo, la muerte, el amor y el perdón, porque de alguna forma vivimos para ser perdonados. “Para mí es muy importante la conciencia. El juicio ético nos lleva a sentirnos culpables. La culpa actúa como autocastigo”. Si la vida no se reduce a esos aspectos, cuando menos son muy importantes. “Son elementos que tienen que ver con algo que me gusta mucho: el Romanticismo”. ¿Quién no va a querer el amor? “Para mí es lo más importante en la vida. Me interesa querer y que me quieran. Mis películas son todas historias de amor. A partir de una historia de amor se pueden contar muchas otras”. Y para hablar de amor, es totalmente innecesario hacerlo de política. Los personajes de El árbol de la sangre se niegan a hablar de ideologías. “La política sobra, entorpece. A veces es difícil con alguien que es políticamente muy opuesto a ti entablar una relación. Ya no estás interesado ni siquiera en quererle”.

El árbol de la sangre también versa de los caminos inescrutables de la vida. Medem, tras una de sus primeras experiencias amorosas —o, mejor dicho, desamorosas— se refugió en el deporte. Comenzó a invertir gran parte de su tiempo al atletismo, hacía pruebas combinadas. “No había mucho nivel en España, pero en ese momento era el mejor. Después ocurrió que en la prueba de 110 metros vallas hice una marca buenísima”. Fue récord de España con 14,6 segundos. Tenía futuro. “Entrené con Manuel Pascua Piqueras. Intentó que yo bajara un poquito de peso, porque en las combinadas lanzaba peso, jabalina… Me volví muy técnico y gané rapidez. Se me planteó la posibilidad de prepararme para las Olimpiadas (Montreal 1976). Me iban a dar una beca, la Residencia Blume me parece que era, no sé si existe ahora. Me venía muy bien si yo luego quería ser entrenador de educación física, pero yo quería ser médico, psiquiatra”. Tuvo que elegir, entonces lo dejó. “Ahora hubiese sido posible y compatible hacer atletismo a alto nivel, que es lo que yo hacía, con estudiar Medicina”. Pese a todo, nunca se desligó completamente del deporte, le quedó su pasión por la bicicleta. “Hice muchos viajes de dos o tres semanas, con un saco de dormir y ya está. Me fui de Donosti hasta Italia. Me cogí un tren de Donosti hasta Pontevedra y me recorrí toda la costa gallega, que, si la extiendes, es interminable”.

Haber trabajado con Steven Spielberg pudo también cambiar su destino. ¿Qué hubiese pasado si hubiera aceptado su encargo? “Es una buena pregunta. No lo sé. Tuve miedo y si tardé en decidirme fue por eso, porque a lo mejor ya no volvía a ser el mismo. A lo mejor me quedaba allí. Me iban a pagar una cantidad de dinero que era completamente una locura. Y tenía a dos hermanas en Zaragoza a las que les hacía falta el dinero. Tenía motivos”. El mismísimo Stanley Kubrick, que lo descubrió en el Festival de Cannes por La ardilla roja, le envió una copia del trabajo de Medem a su colega, que estaba buscando director para La máscara del Zorro. Emma Suárez y Antonio Banderas también estaban esperando a que se decidiera. “Yo no entendía por qué me habían elegido, pensaba que habían escogido mal. No tenía nada que ver con eso. No me dejaron tocar nada el guion, no me veía haciendo esa película”. Cuando llegó la propuesta tenía 39 años. Inmediatamente después dirigió Los amantes del Círculo Polar. “Yo no he dicho que no a Spielberg, he dicho que no al Zorro. Si llega Spielberg y me ofrece otra que me gusta, podría hacerla perfectamente. Entiendo lo que han hecho directores como J. A. Bayona, pero claro, el Zorro no me interesaba nada”.

Ahora es más difícil hacer cine que antes, pero es su profesión, es una “necesidad absoluta”. “Haciendo cine soy muy feliz, escribiendo soy muy feliz. Solo de pensarlo me pongo contento. Yo sé que contagio esa pasión. Nunca pego gritos, al contrario”. Úrsula Corberó y Álvaro Cervantes, quienes en la vida real se conocen desde el instituto —dato que Medem supo más tarde—, interpretan en El árbol de la sangre a dos jóvenes de 25 años enamorados que pretenden reconstruir su pasado y el de sus familias juntos, pero claro, ese no es un camino fácil. “Contar la verdad me parece un acto de amor, para que todo esté claro y no haya trampas ni oscuridades. Soy defensor de la verdad, pero hay muchas pequeñas mentiras que casi es mejor mantenerlas ocultas”. Porque la verdad duele y las relaciones serían prácticamente inconcebibles en un mundo cien por cien sincero. Medem se sigue poniendo nervioso con el estreno de cada película y no suele leer las críticas porque le “hacen daño”, aunque al final se acaba enterando, piensa que algunos lo tienen “cruzado”. “Puedo entender que no todo el mundo me cuente lo que realmente piensa de mí. Hay cosas que prefiero no saber”. Sin embargo: “Cuanto más sepamos de nuestro propio pasado, mejor. El pasado es muy importante, es fundacional del individuo”. Tampoco está mal revisarlo de vez en cuando.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista. Le tiene mucho respeto al crío que fue y no le piensa defraudar.

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