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Atletismo

Julio Molina: «Mi vida la decidió una hoja de Excel en un rascacielos de Londres»

Historia de Julio Molina, un prejubilado de banca que a los 53 años decidió que iba a comprar libertad. «Mi vida se ha precarizado porque he perdido dinero, pero merece la pena», explica hoy, tras 97 maratones completados

Hoy vamos a parar en Gerena, a 25 kilómetros de Sevilla. Un pueblo o un entorno natural, donde Julio Molina, de 58 años, es un prejubilado de la banca desde 2013. En su habitación nos recibe una bandera de Etiopía. En su memoria se coleccionan 97 maratones desde que empezó a correr en 1984 en Ceuta durante el servicio militar. Desde entonces, los ángeles lo defienden. «No me he lesionado de nada ni una sola vez en estos 35 años». También recuerda que la última vez que fue al fisioterapeuta pudo ser «hace cinco o seis años, qué sé yo» en un retrato único, probablemente excepcional de una vida en la que «un día compró libertad». Y lo más curioso es que no lo decidió él, sino que «una hoja de Excel en un rascacielos de Londres» lo decidió por él. «A esas hojas sólo les importa cuadrar números. No miran lo que los trabajadores hacen por la empresa, en este caso lo que yo había hecho en los últimos 30 años. Sólo fue una llave para despedir al 50% de la plantilla y yo tuve la fortuna por mi edad de que me prejubilasen».

Julio era director de una sucursal de Barclays en Sevilla, «donde trabajaba 12 horas diarias. Volvía a casa a las ocho de la tarde». De ahí que el cambio fuese enorme, «en mi caso supe admitirlo, pero hubo compañeros que al principio se levantaban por las mañanas. Se vestían con traje y corbata e iban a la sucursal como si aún estuviesen trabajando, porque no siempre es fácil. Hay gente para la que toda su vida está en el trabajo». Él, sin embargo, se defendió de esa posibilidad. «No dejé que me pasase a mí. Me adapté a la libertad aún a sabiendas de que no todo iba a ser perfecto. De hecho, mi matrimonio se rompió a los dos años como les pasa a tantos prejubilados, porque esto no es sólo un mes de vacaciones que se acaba en el mes de septiembre, sino que son doce meses de vacaciones». Hoy, ya ha pasado tiempo desde el divorcio. «El tiempo te ayuda a solucionarlo todo. Tengo dos mellizos de 14 años con la custodia compartida y una semana están en mi casa y otra en la de ella».

Pero, sobre todo, Julio es una historia de tantas. Una manera de enfocar la prejubilación que ha sabido convertir en una victoria. «Uno no se debe quejar nunca y menos yo. Mi vida quizá se ha precarizado porque claro que uno ha perdido dinero: yo ya no cobro el variable por la consecución de objetivos que tenía en la sucursal y que era un dinero importante. Por eso ya no puedo hacer frente a los viajes que hacía antes, pero no pasa nada. Se puede seguir viviendo. Además, ¿qué es eso a comparación de lo que uno se ha librado? El negocio bancario ya no es gratificante. Se trata de vender productos que interesan al banco, no al cliente. Te obligan a engañar y, cuando uno tiene una edad, la carrera ya casi hecha, se niega a participar de esos engaños. Sin embargo, si estás empezando a los treinta años…, yo mismo lo hubiese hecho, hubiera tenido que hacerlo», explica hoy un hombre, cuya biografía es una joya para un atleta aficionado. No ya porque no se haya lesionado nunca, sino porque ha corrido los maratones de medio mundo: cinco veces Nueva York, tres Boston… Hasta en Etiopía, donde descubrió «lo que puedes hacer por un niño llevándole unas zapatillas. Eso no se olvida nunca».

De ahí la bandera de Etiopía de su habitación, la camiseta de Etiopía con la que corre y que algunas veces ha formado parte de las veinte que ha bajado de las tres horas en maratón. Hoy, da gusto hablar con un hombre feliz, liberado de casi todo estrés. «Cuando trabajaba me levantaba, incluso, a las cinco de la mañana para que mis entrenamientos no interfiriesen con mi vida en familia». Hoy, entrena «seis y hasta siete días a la semana, porque como uno tiene tiempo y me gusta tanto…». De hecho, Julio ha corrido las 34 ediciones del maratón de Sevilla. «El tiempo hay que aprovecharlo en lo que a uno le gusta, descubrir aficiones como yo he descubierto la edición de vídeos. Si lo sumo a la lectura, a la música…, mi vida está resuelta. No todo ha sido perfecto, porque yo no me hubiese divorciado, pero hay que aceptar la vida como es. Igual que acepté la prejubilación, debes aceptar los riesgos de la prejubilación. Al final, la vida es eso. Cada uno debe aceptar lo que tiene y lo último que puedo hacer es quejarme. No sería justo«.

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