La conspiración continúa: 55 años del asesinato de Kennedy | A la Contra
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John F. Kennedy, muy poco antes de ser tiroteado en Dallas. CORDON PRESS

Historia

La conspiración continúa: 55 años del asesinato de John F. Kennedy

Tal día como hoy de hace 55 años, JFK fue tiroteado en Dallas. Hay informes clasificados que todavía no han visto la luz. El encubrimiento prosigue.

Esta no es la leyenda de Bigfoot, ni la del Monstruo del Lago Ness, aunque así la reciban muchos escépticos. Que tantas personas atiendan a las teorías de la conspiración como si fueran cuentos fantásticos es la prueba definitiva del éxito de la mayor operación de encubrimiento de la historia contemporánea. John Fitzgerald Kennedy, 35º presidente de los Estados Unidos y cuyo asesinato cumple hoy 55 años, no fue víctima de un loco solitario llamado Lee Harvey Oswald, sino de una trama en la que intervinieron la CIA, la Mafia y destacados miembros de ese poder invisible que Eisenhower denominó “el complejo industrial militar”, esa perversa alianza entre los militares y los fabricantes de armas.

“Todo el mundo odiaba a Kennedy menos la gente”. La frase la pronunció Saint John Hunt, hijo de un agente de la CIA vinculado al asesinato que dibujó el esquema de la conspiración poco antes de morir. El suyo es un testimonio que, como tantos otros, fue desacreditado de inmediato porque la propaganda es implacable cuando se mezcla con la autosugestión. Aunque según una encuesta de 2013, el 62% de los estadounidenses creen que existió una conspiración para matar al presidente Kennedy, nadie se ha rebelado ante la sospecha del complot. Si acaso unos pocos excéntricos, como Oliver Stone, director de JFK, y por contagio Kevin Costner, protagonista de la película, y que ha vivido durante años tan obsesionado con el caso como lo estuvo el fiscal Jim Garrison, a quien interpretaba. Pero ya saben cómo es la gente de Hollywood. Tan poco fiable como los espías jubilados o los personajes anónimos que solo buscan cinco minutos de fama. Siempre hay una excusa para negar la conspiración y la primera razón es la comodidad. Se duerme mejor imaginando que los gobiernos no matan a sus presidentes.

Podría parecer que la historia del magnicidio no tiene relación con el deporte, ni con el cine o las artes, que son los asuntos de los que hablamos y escribimos en A la Contra. Pero no es cierto. Tiene relación con todo. Su impacto social fue tan enorme, y lo sigue siendo, que hemos querido impregnarnos del recuerdo de aquel mediodía en Dallas.

Lo ocurrido no pertenece a otra época. Cuando llegó a la presidencia, el bravucón Donald Trump anunció que haría públicos todos los expedientes secretos relacionados con el asesinato. Más que por voluntad propia debía hacerlo por imperativo legal. En 1992, el presidente George W. Bush firmó el compromiso de revelar en 2017 los archivos clasificados. Cuando llegó el momento, Trump desclasificó 2.891 archivos, pero, por recomendación de la CIA y el FBI, impidió que otros 200 fueran de dominio público y aplazó su descubrimiento a 2021. ¿Por qué? La excusa oficial aludió a “razones de seguridad de nacional”. La pregunta es obvia: ¿Qué riesgo puede correr la seguridad de Estados Unidos 55 años después del asesinato?

Si Oswald hubiera sido el asesino el caso estaría más que cerrado. Pero es muy posible que Oswald ni siquiera disparara. Era un pésimo tirador y había que serlo muy bueno para hacer diana con un rifle tan arcaico como el Mannlicher-Carcano M91 de fabricación italiana, más aún si pensamos que el rifle que se atribuyó a Oswald tenía la mira descentrada.

Kennedy no tenía escapatoria. Pudieron asesinarlo antes en Chicago, en Miami y en Tampa, planes había para ello, y habría muerto en cualquier otro lugar si aquella mañana no hubiera lucido el sol en Dallas, lo que facilitó que la limusina presidencial hiciera su recorrido sin capota. Antes de Dallas siempre falló algo: o los ejecutores o el chivo expiatorio. La víctima, sin embargo, siempre estuvo en el mismo sitio, cabalgando sobre el tigre.

JFK no acertó ni con los aliados ni con los enemigos. Cuando a los 43 años se convirtió en el presidente más joven de la historia de Estados Unidos (todavía lo es) lo hizo con la ayuda del diablo. Joe Kennedy, su padre, se manejaba bien en las tinieblas. Había hecho su fortuna con el contrabando de alcohol en los años de la Ley Seca. Como embajador estadounidense en Londres (1938-40), no ocultó sus simpatías hacia los nazis. Como político y hombre de negocios tuvo contactos con la Mafia y no dudó en apoyarse en los gángsteres conocidos para que su hijo fuera presidente. Y conste que John no era el elegido. Solo fue el sucesor en los sueños del patriarca cuando el primogénito, Joseph, murió en la Segunda Guerra Mundial; su avión desapareció en una misión secreta. La familia y las brumas eternas.

Los Kennedy debían un favor a la Mafia y no lo pagaron. Es más, Bobby Kennedy, desde su cargo como Fiscal General, se dedicó a perseguir a los mafiosos con una virulencia nunca vista. En una de las sesiones de investigación, Bobby interrogó al capo Sam Giancana en los siguientes términos: “¿Es que ante mis preguntas no sabe más que reírse como una niñita?”. Tanto John como Bobby empezaron a firmar su sentencia de muerte.

En la CIA tampoco soportaban a John Fitzgerald Kennedy. Le culparon del ridículo estadounidense en Bahía Cochinos por no dar apoyo aéreo a los 1.500 exiliados cubanos entrenados por la CIA que desembarcaron en Playa Girón y Playa Larga el 17 de abril de 1961. Kennedy se encontró con la operación sobre la mesa nada más llegar a la presidencia y la activó por las presiones de la Agencia, aunque no creía en ella. El fracaso le enfureció y despidió al presidente de la CIA, Allen Dulles, y amenazó con desmantelar la organización. Otro clavo en su caja.

Con la Crisis de los Misiles se enfrentó al ejército. El descubrimiento de una base de misiles de alcance medio en Cuba derivó en una tensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que tuvo al mundo al borde la guerra nuclear. Los generales, en su mayoría, eran partidarios de escarmentar a los soviéticos. Kennedy, sin embargo, negoció un acuerdo con los rusos en el que accedió a desmantelar los misiles americanos que apuntaban a la URSS desde Turquía a cambio de la retirada de los misiles cubanos. Se le acusó de ser un blando y de algo todavía peor: de ser un comunista. La crisis, por cierto, se dio por concluida el 22 de noviembre de 1962, justo un año de antes del magnicidio.

No aprendió. O será mejor decir que no tuvo miedo. El 24 de enero de 1963 presentó un proyecto en el Congreso que tenía como objeto atacar los privilegios fiscales de las empresas petroleras de Estados Unidos, en su mayoría texanas. Su siguiente propósito era la retirada progresiva de las tropas desplegadas en Vietnam. Ya solo le quedaban unos meses de vida.

El 9 de noviembre de 1963, un confidente de la policía reveló que un empresario de la extrema derecha había anunciado que Kennedy sería tiroteado desde un edificio alto durante su visita a Miami. El FBI no le concedió crédito. El mismo día del asesinato, una prostituta denunció ante la policía de Dallas que iban a matar al presidente. No se consideró un testimonio fiable, aunque lo era; dos años después, apareció muerta con un tiro en la cabeza.

Bobby aconsejó a su hermano que no viajara a Dallas: el odio se palpaba en el ambiente. Pero JFK estaba en plena campaña para la reelección y no se saltó Texas. A pesar de las octavillas que se repartían en las calles y que lo llamaban “traidor”. A pesar de los editoriales de los periódicos. A pesar de la animadversión de los petroleros. A pesar de ese extraño recodo en el camino trazado para la comitiva presidencial.

John F. Kennedy fue cazado como un animal cuando su coche giró por la calle Elm Street (símbolo de pesadillas desde entonces), dejó atrás el Depósito de Libros de Texas y el edificio DAL-TEX, y se colocó frente a un montículo de hierba. Desde ese parapeto le reventaron la cabeza. Y no es una sospecha. De 124 testigos presenciales, 92 dijeron que al menos el último disparo salió de la loma de hierba. Quienes se dirigieron hacia el lugar se toparon con agentes que dijeron ser del servicio secreto. Lo peor es que tal vez lo fueran.

No se sabe a ciencia cierta quien disparó la bala mortal, aunque hay varios candidatos. Roscoe White, compañero en los marines de Oswald, confesó haber sido uno de los ejecutores; así lo manifestó poco antes de morir abrasado en un extraño accidente laboral en 1971. También Charles Harrelson, padre del actor Woody Harrelson y primer asesino de un juez federal, se incluyó entre los tiradores, aunque luego se desdijo. James Files, vinculado a la Mafia de Chicago, también reclamó la autoría y aseguró que recibió 30.000 dólares por el trabajo. En su confesión aseguró que Oswald no disparó un solo tiro y que fueron los disparos del mafioso Charlie Nicoletti desde el edificio DAL-TEX los que primero impactaron en Kennedy. Tampoco deberíamos perder de vista a Lucien Sarti, miembro de la mafia marsellesa y en tiempos colaborador de los nazis. Además de ejecutor, hay quien le considera el organizador sobre el terreno. Era un malnacido, pero un tirador excelente.

Y por fin llegamos a Oswald, el asesino oficial, la tapa de inodoro y un personaje por descifrar. Él mismo definió su papel en la trama cuando por fin lo entendió, ya muy tarde, en la comisaría de la que no saldría: “¡Solo soy un cabeza de turco!”. Así se lo gritó a la prensa: “¡I am just a patsy!”. Mejor eso que decir que era inocente, que también lo dijo, porque eso lo dicen todos. Sin embargo, señalarse como un chivo expiatorio, como un primo, como el pardillo que va a pagar el pato, eso no lo hace cualquiera.

Lo que ocurrió en esa comisaría merece otra película de Oliver Stone. No se conserva ni un solo registro de los interrogatorios a Oswald, casi ocho horas de declaraciones. A pesar de las peticiones del detenido, no se le permitió llamar a un abogado, ni se le asignó uno. Su traslado a la cárcel se demoró varias veces y varias horas hasta hacerlo coincidir con la presencia de Jack Ruby, un tipo vinculado a la mafia y colaborador del FBI que años atrás había trabajado para Richard Nixon. Volveremos luego.

Antes, daremos un último repaso a la peripecia de Oswald cuando se desató la tormenta. Diez minutos antes de los disparos fue visto en el Depósito de Libros almorzando, tan tranquilo. Poco después de los disparos su jefe entró con la policía en el piso donde se encontraba y no observó nada extraño; era uno de sus trabajadores. Oswald tomó un autobús y se bajó al ver el atasco. A continuación, se subió al taxi de William Whaley, un exsoldado condecorado en Iwo Jima que condujo a Oswald hacia su pensión después de que se hubiera bajado del autobús. Whaley siempre manifestó que lo encontró tranquilo, aunque callado. “Si un penique se puede considerar una propina, entonces podemos decir que me dejó propina”. Eso sí, su relato de los tiempos no coincidía con el de la Comisión Warren y sin ajustar milimétricamente los tiempos no se podía justificar que Oswald hubiera matado al agente de policía JD Tippit antes de meterse en un cine. Pobre Whaley: dos años después murió de un accidente de tráfico en el centro de Dallas. Un coche embistió frontalmente su taxi. Una pena. Persistente, además. Todos aquellos que fueron testigos y de alguna u otra manera contradijeron la versión oficial fueron muriendo en los años siguientes al magnicidio o cuando se reabrió el caso en los 70. ¿La cifra? Entre cien y doscientas víctimas, todas bien enterradas.

El límite de muertos colaterales lo puede poner cada uno. Hay teorías, las más atrevidas, que señalan que John Kennedy Jr. pudo ser el último. Cuando en 1999 su avión se estrelló en el mar rumbo a la finca familiar Martha’s Vineyard, tenía 38 años y una carrera política por delante; se contaba que había empezado a investigar la muerte de su padre. No sería tan raro. El pasado mes de mayo, su primo Robert Kennedy Jr. anunció que iba a solicitar la reapertura de la investigación sobre la muerte de su padre, de la que se cumplió medio siglo; el año antes había tenido un encuentro en la cárcel con el presunto asesino, Sirhan Sirhan, condenado a cadena perpetua. De allí salió con el convencimiento de que el asesino oficial era un falso culpable.

Y qué decir de Marilyn Monroe. Después de lo contado cuesta creer que la amante del presidente Kennedy (y de Bobby) falleciera a los 36 años de una sobredosis de barbitúricos el 5 de agosto de 1962, 15 meses antes del asesinato de JFK y dos meses después de su famoso “Happy birthday, mister president” en el Madison Square Garden de Nueva York. De aquel encuentro surgió la única foto que muestra juntos a Marilyn y a John Kennedy, también a Bobby. Es tentador tomar carreteras secundarias, pero hacen el viaje inacabable.

De manera que retomamos el hilo. El asesinato del agente Tippit es para muchos investigadores la piedra Rosetta del caso Kennedy. ¿Quién era Tippit y qué hacía lejos de su ruta de patrulla y sin el compañero reglamentario? Bajo la fachada de un ejemplar padre de familia se escondía algo turbio. Tippit, de notable parecido físico con JFK, era amigo de Jack Ruby y es más que probable que conociera también a Oswald. Hay quien considera que su cometido era matar al patsy. En opinión de Javier García Sánchez, expuesta en el libro Teoría de la Conspiración, ese fue el cabo suelto que desbarató una parte fundamental del complot: Lee Harvey Oswald debía morir poco después de Kennedy, tal vez al no atender el alto del agente Tippit. Por alguna razón, Oswald se saltó el guion. Quizá intuyó algo o quién sabe si fue advertido por el propio Tippit, suyos pudieron ser los tres bocinazos que se oyeron desde la pensión de Oswald, y que le aconsejaron salir con pistola. El caso es que Lee Harvey acudió a su cita en el Texas Theater, doble programa: Grito de Batalla (Van Heflin, Rita Moreno) y War is Hell (Baynes Barron). Según el encargado de los cines, Oswald compró su entrada entre las 13:00 y las 13:07. A las 13:15 le vendió palomitas. Lee se sentó en la antepenúltima fila, en el quinto asiento desde el pasillo. En la penumbra no pudo distinguir que uno de los espectadores era Jack Ruby. Al rato, la policía irrumpió en la sala y le detuvo por el asesinato de Tippit. La pistola que portaba Oswald era supuestamente el arma homicida. Supuestamente.

En ese mismo cine, derruido durante años y rehabilitado después, se proyectó en 1991 la película JFK.

En el momento en que Jack Ruby disparó su Colt Cobra sobre el abdomen de Oswald —televisión en directo— terminó una historia y comenzó otra. Aunque no cesaron las coincidencias. El asesino oficial fue trasladado al Hospital Parkland y falleció a tres metros de donde lo hizo Kennedy. La defensa de Ruby alegó que su cliente estaba tan indignado por el atentado contra el presidente que había sufrido “epilepsia locomotra”, lo que le había llevado a actuar “inconscientemente”. En principio fue condenado a muerte, pero un tribunal de apelación ordenó otro juicio al que ya no pudo presentarse. Murió en 1967… en el Hospital Parkland. La versión oficial es que falleció de un cáncer de pulmón, pero cualquier cosa es posible. A quien le quiso escuchar le dijo que alguien quería envenenarlo, que lo alejaran de Dallas. Tal vez le contó eso mismo a la periodista Dorothy Kilgallen, presentadora del programa de televisión What’s my line? Kilgallen lo entrevistó en prisión y dijo que tenía un material que echaba por tierra la versión oficial del asesinato de Kennedy. Lo dijo demasiado alto. Murió por una sobredosis de alcohol y drogas no especificadas. Su casa fue registrada por desconocidos. Dos días después también apareció muerta la mejor amiga de Kilgallen, Florence Earl Smith. También entraron en su casa en busca de algo.

La muerte sigue siendo el hilo conductor del caso. Kennedy no descansó en paz ni después de muerto. La legislación texana obligaba a que la autopsia se hicieron en el mismo hospital del fallecimiento. Sin embargo, la autopsia se completó en Washington con conclusiones muy diferentes a las que sacaron los médicos de Dallas. William Bruce Pitzer, teniente coronel médico de la Marina, grabó la autopsia y estudió luego los fotogramas. Se demostraba que uno de los disparos había entrado por la parte frontal del cráneo y había salido por la posterior, cuestión clave para demostrar la presencia de más de un tirador. Pitzer aceptó compartir sus conclusiones en televisión. Murió antes de hacerlo. Falleció de un disparo en la cabeza efectuado con su propio arma. ¿Suicidio? Creo que ya hemos llegado demasiado lejos como para pensar algo así.

Entre unas cosas y otras, una parte del cerebro de Kennedy desapareció misteriosamente y así fue enterrado.

Una semana después del asesinato, el nuevo presidente, el texano Lyndon B. Johnson, emitió una orden ejecutiva para la creación de una Comisión Presidencial sobre el Asesinato del Presidente Kennedy. Fue dirigida por Earl Warren, jefe de la Corte Suprema de Justicia, y participaron un panel de expertos del que formaban parte, entre otros, Allen Dulles (correcto, el jefe de la CIA destituido por Kennedy) y Gerald Ford (luego presidente de Estados Unidos). Su cometido era esclarecer el asesinato. Lo oscurecieron por completo.

No fue hasta 1975 cuando una cadena nacional, la ABC, emitió el vídeo del asesinato grabado por el comerciante Abraham Zapruder, muerto en 1970. Fue en el programa Good Night, America, que presentaba Geraldo Rivera. El impacto fue brutal en la ciudadanía y se avivaron las teorías de la conspiración. Era evidente que la cabeza de Kennedy se batía hacia atrás con el último balazo, demostración de que había sido disparado de frente, justo desde la colina de hierba, tal vez por Lucien Sarti.

Hay más nombres y más hechos, pero para no ocuparles el día entero, los resumiremos en un breve diccionario.

 

Agencia Central de Inteligencia
Conocida como CIA. Nació en 1947 a instancias del presidente Truman para que no se volviera a repetir lo ocurrido en Pearl Harbour. Su poder creció hasta convertirse en un estado dentro del estado. Nunca fue tan poderosa como en los 60 y 70.
En 1975, el Senado de Estados Unidos declaró probada la participación de la CIA en complots para asesinar a Fidel Castro en Cuba, Allende en Chile, Lumumba en Congo, Trujillo en la República Dominicana y Diem en Vietnam. El asesinato de Kennedy era un pequeño salto cualitativo.

Bobby, Robert Kennedy
Hermano, confidente y mano derecha de John. Como Fiscal General del Estado fue el látigo de la Mafia. Según cuenta David Talbot en su libro Hermanos: la historia oculta de los Años de los Kennedy, Bobby le confió a su familia: “JFK ha sido asesinado por una poderosa rama que creció de una de las operaciones secretas anti-Castro. No había nada que hacer. Nos enfrentábamos a un enemigo formidable y ya habíamos perdido el control del gobierno”. Bobby fue asesinado en 1968, nada más ganar las primarias demócratas, cuando iba directo hacia la presidencia de los Estados Unidos. Su verdugo fue un jordano antisemita de nombre Sirhan Bishara Sirhan del que apenas se supo nada y que cumplidos los 74 años todavía cumple cadena perpetua.

Case Nagell, Richard
Agente de la CIA que se infiltraba en organizaciones comunistas. Descubrió una trama para matar a JFK. Primero temió por Oswald, al que advirtió del peligro, y luego temió por sí mismo. Así que dos meses antes del magnicidio entró en un banco de El Paso disparó al techo y esperó a ser detenido. Fue acusado de atraco a mano armada, pero no de asesinato. Pasó tres años en la cárcel.

Comisión Warren
Una semana después del asesinato, Lyndon B. Johnson emitió una orden ejecutiva para la creación de una Comisión Presidencial sobre el Asesinato del Presidente Kennedy. Diez meses meses después, la Comisión dictaminó en un informe de 888 páginas que Oswald había actuado solo motivado por su apoyo a los soviéticos y a Cuba. Según la Comisión, Ruby no tenía vinculaciones ni con el gobierno, ni con Oswald.

Dallas
En Texas, el Estado de la Estrella solitaria, querían poco a Kennedy. En Dallas, menos. Por ser del refinado norte, por católico y por husmear en su petróleo. Poco antes de pisar Dallas, el periodista Christopher Hitchens llamó a Kennedy “mujeriego” y “maleante”. Ted Dealey, alcalde de Dallas y editor del Dallas Morning, comentó así las fotos en las que el presidente aparecía cabalgando sobre el triciclo de su hija Caroline. “No es el jinete a caballo que necesita el país, sino un afeminado cabalgando sobre el triciclo de su hija”. Las palabras con las que JFK pensaba terminar su discurso en el Trade Market de Dallas, que nunca llegó a pronunciar, suenan premonitorias: “Si el Señor no guardare la ciudad, en vano velan los guardianes”.

Giancana, Sam
Capo de la Mafia de Chicago. Dijo a sus familares que el 22 de noviembre estaba en Dallas para supervisar el complot y que tanto “Lyndon B. Johnson como Richard Nixon sabían todo el asunto”. Aseguró que se había reunido con ellos antes del asesinato. En 1975, poco antes de declarar en una investigación sobre los asesinatos, Giancana fue asesinado en su casa de Oak Park, Illinois, con siete tiros en la boca y el cuello, ejecución que la Mafia dedica a los que “hablan demasiado”.

Hoover, Edgar
Fue director del FBI durante 37 años, hasta su muerte en 1972. Racista, baboso y fisgón, coincidió con ocho presidentes y sobre todos coleccionó informes secretos y comprometedores. Ninguno le despidió. Persiguió a comunistas, activistas, pacifistas y a quien le vino en gana. Truman criticó sus métodos.”No queremos una policía secreta a lo Gestapo. El FBI está avanzando en esa dirección. Está interviniendo en escándalos sexuales y usando el chantaje (…) Hoover daría su ojo derecho para aferrarse al cargo, y todos los representantes y senadores tienen miedo de él”. No hizo nada por investigar el asesinato de Kennedy, del que acumuló expedientes sobre sus innumerables aventuras sexuales. Poco antes del asesinato de Kennedy le llegó un soplo sobre lo que se estaba preparando en Dallas. No lo atendió.

Hunt, E. Howard
Agente de la CIA muy cercano a Richard Nixon, implicado en el Watergate (1972) y condenado a 33 meses en prisión. Oswald escribió a Hunt el 8 de noviembre pidiendo instrucciones: “Solicito información sobre mi posición. Solo solicito información. Solicito que discutamos el asunto completamente antes de que yo o alguien más tome cualquier medida”. Su esposa Dorothy murió en accidente de aviación cuando se investigaba esa carta. Se dice que Dorothy podría estar en posesión de dinero y documentación que relacionaba a Nixon con el asesinato. En 1974, un investigador descubrió el asombroso parecido entre Hunt y uno de los peculiares vagabundos (todos bien afeitados)  que fueron vistos en los alrededores de la Plaza Dealey antes del magnicidio. En 2003, muy cerca de morir, Hunt reconoció su participación en el asesinato. Tenía 88 años y le escribió a su hijo las claves en una nota que comenzó con las siglas LJB (Lyndon B. Johnson). Después dibujó una línea y al otro lado escribió: Cord Meyer. Meyer era un agente de la CIA cuya esposa se acostaba con Kennedy. Luego, el viejo conectó el nombre de Meyer con el de Bill Harvey, otro agente de la CIA, y con el de David Morales, otro agente, y por fin escribió enmarcadas las siguientes palabras: “Tirador francés en la colina de hierba”. Probablemente se refería a Lucien Sarti.

Nixon, Richard
Ha pasado a la historia como el primer presidente obligado a dimitir por el escándalo del Watergate y debió ser el primero en acabar en la cárcel.En 1946 ganó un escaño en la Cámara de Representantes gracias a la ayuda financiera de Meyer Lansky y otros líderes de la Mafia. Un año después intervino para que Jack Rubenstein (luego Jack Ruby) no declarara como testigo en el Comité de Actividades Antiamericanas. Según recoge un documento del FBI que vio la luz años después, Rubenstein fue excusado porque trabajaba para el congresista Nixon. Recordemos que la Comisión Warren señaló que Ruby no tenía ninguna relación con Oswald, el crimen organizado o el Gobierno. Por cierto, Nixon, que había perdido contra Kennedy en las elecciones de 1960, estaba en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Había asistido a una convención de Pepsi-Cola, en la que también estuvo Jack Ruby. Un día antes, Nixon solicitó a los texanos una cálida bienvenida para el presidente. Ese mismo día, Nixon pudo reunirse con el mafioso Sam Giancana en Dallas, así lo atestiguó el mafioso. Nixon despreciaba a los Kennedy y quiso involucrar a JFK en el asesinato del líder de Vietnam del Sur Ngo Dinh Diem. En 1960 dirigió desde la vicepresidencia el asesinato de Fidel Castro. Ya como presidente, ordenó al Departamento de Justicia que dejara de usar las palabras “Mafia” y “Cosa Nostra” para describir al sindicato del crimen nacional multimillonario. En 1992, cuando Larry King le preguntó por el asesinato, contestó: “No veo qué utilidad tiene volver a eso, no creo que sea de ayuda para la familia Kennedy”.

Oswald, Lee Harvey
Ozzie para los amigos, que fueron pocos. Entró en los marines a los 17 años, siguiendo los pasos de su hermano Robert. Fue destinado a misiones en el Pacífico y el Índico, en zonas de alta tensión militar y política. Oswald, además, ejerció como controlador de radar, lo que indica que no era un marine más. Su trabajo era especializado y reconocido por el mando. Es en esa época cuando empieza a hacer ostentación de su admiración por el comunismo, a leer a Marx y aprender ruso. Sus compañeros le apodaban Oswaldowski, mientras sus superiores lo pasaban todo por alto. Se entiende que ya estaba siendo “preparado”. De vuelta a los Estados Unidos quiso renunciar a la ciudadanía estadounidense y decidió viajar a la Unión Soviética; lo hizo sin problemas. Nadie puso objeción a que un marine que había manejado información sensible se marchara a la URSS. Allí llegó en 1959, consiguió trabajo en una fábrica de Minsk y se casó con Marina Prusakova, sobrina de un miembro de la KGB. Regresó en 1962, harto de la vida en la URSS y entró en contacto con los círculos anticastristas. Sin embargo, fundó un grupo de apoyo a Fidel Castro y siguió presumiendo de comunista, con cierta sobreactuación. Se trasladó de Nueva Orleans a Dallas y allí nació su segunda hija, Rachel, un mes antes del magnicidio (June nació en Minsk). Dos semanas antes de la visita de Kennedy consiguió trabajo en el Depósito de Libros de Texas como aprendiz de fotoimpresión. Lo demás es conocido.

Lyndon B. Johnson, LBJ
A Kennedy no le gustaba (menos aún a Bobby), pero lo nombró vicepresidente para congraciarse con los magnates sureños. No lo consiguió. Asesinado Kennedy, Johnson no tardó en jurar el cargo. Lo hizo en el avión que trasladó el féretro de Kennedy hasta Washington, con Jacqueline Kennedy como testigo, todavía con su vestido rosa manchado de sangre. Sus tres primeras medidas le delataron. Decidió que el Informe Warren no debía ser desclasificado hasta 50 años más tarde. Declaó una intervención militar directa en el sudeste asiático y regularizó los decretos financieros que favorecían a los magnates del petróleo de Texas. Madeleine Brown, que dijo tener un affair con Johnson, sostuvo que su amante estuvo en una fiesta con el ex vicepresidente Nixon, el director del FBI Edgar Hoover y otros la noche antes del asesinato. Según ella, Johnson le dijo al oído: “A partir de mañana, esos Kennedy no me van a molestar más. No es una amenaza, es una promesa”.

Ruby. Jack Rubenstein
El 22-N, Jack Ruby fue un hombre ocupado. Fue visto junto al Depósito de Libros, en el Texas Theater, en el Hospital Parkland y en la comisaría de policía donde estaba detenido Oswald. Interrogado por la Comisión Warren, declaró: “Entérense, entérense de cómo supimos lo del recorrido de la comitiva presidencial. Estiren de ahí y se llevarán más de una sorpresa. Yo hablaría, pero aquí en Dallas no puedo hacerlo. ¡Ya lo saben!”. Y añadió: “Si declaro lo que sé no viviré más de dos horas en cuanto salga de esta habitación”. Numerosos testigos vieron juntos a Ruby y Oswald semanas antes del asesinato.

Zapruder, Abraham
Nacido en Rusia y emigrado a Estados Unidos de niño, Zapruder filmó la película de 26 segundos (486 fotogramas) en la que ha quedado grabado el asesinato de Kennedy. La grabó con una cámara de ocho milímetros. El documento fue mostrado al FBI y al Servicio Secreto, pero Zapruder se quedó con la película y la confío a la revista Life, que publicó varios fotogramas una semana después del magnicidio. Zapruder, que murió en 1970, no ganó un solo dólar por la película, no así su familia. En 1999, el Gobierno pagó 16 millones de dólares a los herederos para preservar la película en los Archivos Nacionales.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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