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‘Kramer contra Kramer’; guía para sobrevivir a la vida moderna

El dilema del protagonista está entre priorizar la atención que requiere su hijo o aprovechar un momento laboral único.

La vida moderna implica libertad, y la libertad implica tomar decisiones, decisiones que no siempre son acertadas. También supone que el tiempo es el bien más valioso, y perderlo es siempre pecado. Elegir donde invertirlo es, a grandes rasgos, en lo que consiste nuestra vida. ¿A qué diablos le debemos dedicar los minutos y las horas? ¿A nuestro trabajo o a nuestra familia y amigos?

Hay películas que rondan esta premisa y que, como las buenas obras de arte, no responden al problema, pero sí insinúan una respuesta. Una de ellas es Kramer contra Kramer (1979), prácticamente olvidada en el altillo cinéfilo hoy en día. Ya no se habla de ella, no se la homenajea, ni aparece en las listas de mejores películas y, sin embargo, su actualidad es indiscutible. 

Kramer contra Kramer narra la historia de un padre, interpretado por Dustin Hoffman, que consigue la cuenta más importante de la empresa de publicidad para la que trabaja. Es un trabajador abnegado y la recompensa es merecida. Sin embargo, el mismo día que le dan la buena noticia, vuelve a casa y su mujer (Meryl Streep) le abandona, dejándole solo para cuidar a su hijo, el pequeño Kramer.  El personaje de Hoffman comienza un maratón diario e interminable en el que debe sacar tiempo hasta de debajo de las piedras para poder sacar adelante su trabajo, y pasar tiempo con el pequeño, que no deja de echar de menos a mamá. La película puede parecer un mero melodrama doméstico, pero va más allá.  La lucha de Ted Kramer es nuestra lucha diaria por la supervivencia. Debemos enfrentarnos a un mundo que nos exprime, porque es la única forma de seguir viviendo. Ir corriendo de un lado para otro, casi sin respiro, es el día a día de todos, y podemos lamentarnos eternamente o claudicar ante la realidad de la mejor forma posible.

Kramer contra Kramer también gira en torno al dilema de la toma de decisiones. En la posguerra española o en la África actual, las decisiones solo son tomadas por un grupo de privilegiados. El resto no tiene más remedio que asumir lo que le toca. En las sociedades avanzadas tomas una decisión y te conviertes en responsable de tu destino. Con todo lo que eso conlleva.

El dilema del protagonista está entre priorizar la atención que requiere su hijo o aprovechar un momento laboral único. Como no podría ser de otra forma en una película de Hollywood, papá Kramer se entrega al primero, aunque eso conlleve perder el trabajo y ganar menos dinero en otro puesto. En la vida se decide sin tener toda la información posible, como sucede en una partida de póker. De hecho, los defensores de la Teoría del Juego argumentan que los buenos jugadores son aquellos que asumen que perder es natural.

Ted Kramer pierde su trabajo de ensueño, pero gana a su hijo, al que había dejado de lado durante cinco años para centrarse en la publicidad. Como él, todos perdemos algo a diario y no queda más remedio que asumirlo. Kramer contra Kramer tiene esa virtud digna de las películas únicas: te la pones en otoño, buscando algo, sin saber bien el qué, y cuando la terminas te sientes diferente, aunque tampoco le encuentras razón.

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