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José Mourinho | CORDON PRESS

Premier

La kryptonita de Mourinho

Las terceras temporadas siempre fueron su tendón de Aquiles; su palmarés ya no es una razón de suficiente calado como para mantenerlo en el banquillo.

A lo largo de la trayectoria de José Mourinho asistimos a un fenómeno de desgaste progresivo en la relación que mantiene el portugués con el entorno de los clubes a los que entrena. Este proceso de descomposición alcanza sus cotas más altas en las terceras temporadas, como si tres fuera el máximo de años que una institución deportiva de primer nivel puede llegar a aguantar a un tipo tan pasional como Mou sin poner en riesgo su salud mental. Esta vez ha sido despedido del Manchester United, que en diciembre está a 19 puntos de distancia del líder de la Premier, el Liverpool. Su palmarés ya no es una razón de suficiente calado como para mantenerlo en el banquillo.

Es bastante sintomático que las dos etapas más exitosas en la carrera de Mourinho durasen menos de tres años. En el Oporto, el club que le catapultó a la cúspide mundial, permaneció dos temporadas y media en las que conquistó dos Ligas, una Copa, una Supercopa, una UEFA y, especialmente, una Champions League tras derrotar con un contundente 3 a 0 al Mónaco en Gelsenkirchen. Seis años después, el portugués lograría, en su segunda y última temporada al frente del Inter de Milán, ganar un triplete inédito en la historia de los neroazzurris después de superar en el Santiago Bernabéu al Bayern de Múnich por 2 goles a 0.

En Portugal e Italia, Mourinho vivió sus momentos más dulces como técnico. Por tanto, es cuanto menos sorprendente que, en ambos casos, rechazase voluntariamente darle un tercer año de continuidad a dos proyectos en los que, de haberse mantenido, habría sido venerado por directiva y aficionados al nivel de un ser casi divino. Tal vez Mourinho fuese consciente de su kryptonita particular y quisiese marcharse por la puerta grande, un poco antes de que su carácter le jugase una mala pasada y volviese a poner de manifiesto que el fútbol es un deporte sin memoria, en el que tu valor como entrenador es el de tu último partido.

En su rueda de prensa de presentación como técnico del Chelsea, el de Setúbal se definió a sí mismo con una frase que ha quedado para la historia por su modestia y sencillez. “Soy The Special One”, dijo ni corto ni perezoso. En sus dos primeras temporadas al frente de los blues, el público de Stamford Bridge disfrutó de dos Premier League, dos Copas de la Liga y una Community Shield. ¿Saben a partir de que temporada aquel equipo Made in Mourinho comenzó su declive? Exactamente, al comienzo del tercer año las discrepancias con Abramovich así como los rumores de fin de ciclo comenzaron a sonar insistentemente en el barrio de Chelsea. En ese curso, y el siguiente, el nivel del equipo se resintió considerablemente y, tras cuatro temporadas partidas por la mitad en dos etapas de alegrías y desilusiones, la primera experiencia de Mourinho en Inglaterra terminó con una extraña salida de mutuo acuerdo.

Después de pasar a la historia con el Inter de Milán, el portugués regresó a España para entrenar al eterno rival del club al que había servido en el pasado como asistente técnico. Tres años bastaron para dividir a una afición que, cuatro Copas de Europa después, sigue confrontada en un duelo de identidades fruto del cisma que se originó en el Santiago Bernabéu cuando Mourinho decidió sentar a Iker Casillas por motivos que aún hoy, más allá de filtraciones interesadas, siguen generando debate. El tercer y último año del de Setúbal en el fútbol español fue especialmente duro para el Real Madrid, pues volvió a caer en semifinales de la Champions y perdió una final de Copa del Rey en su casa frente al Atlético del Cholo y Miranda. La relación del entrenador blanco con sus jugadores, aparte de contadas excepciones como la de Arbeloa, quedó muy deteriorada y algunos pesos pesados como Sergio Ramos no dudan en tirarle una chinita siempre que disponen de la ocasión. El balance a nivel de títulos fue muy pobre en comparación con los éxitos de después, con sólo una Liga, una Copa y una Supercopa.

Si en algo coincidieron tanto defensores como detractores de Mourinho fue en su deseo de que en su regreso al Chelsea llevase una paz igual de grande al descanso que iba a dejar en Chamartín. Mou estaba de vuelta en casa y en sus dos primeras temporadas los blues ofrecieron un nivel muy sólido que les valió para volver a ganar una Premier, además de una Copa de la Liga. Los problemas, como ya se imaginarán, llegaron al comienzo del tercer curso. Los londinenses estaban cerca de los puestos de descenso y los futbolistas no respondían en medio de un ambiente futbolístico muy tóxico en el que llegó a rumorearse que, debido a la mala relación entre vestuario y cuerpo técnico, algunos jugadores de la plantilla le estaban haciendo la cama al portugués para provocar así su despido. Si ese era su objetivo verdadero, desde luego lo consiguieron. El Chelsea fue el club con el que Mourinho descubrió por primera vez lo que se siente al ser despedido de tu puesto de trabajo.

En esa ocasión, su salida de Stamford Bridge se produjo en unas condiciones muy similares a las que ahora se han gestado en Old Trafford. La tercera temporada del portugués en el Manchester United era la crónica de una muerte anunciada desde que, antes de que comenzara el nuevo curso, el ya exentrenador de los red devils se quejara de la falta de calidad de su plantilla y la mala gestión deportiva de la directiva. Mourinho tenía una papeleta difícil de solucionar teniendo en cuenta, sobre todo, los precedentes.

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