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Aficionados de la Juve durante la llegada de Cristiano a Turín I CORDON PRESS

Real Madrid

La bandana y el hombre en el árbol

Sin Cristiano, sin fichajes de estrellas y sin tiempo para atravesar el duelo, la melancolía madridista únicamente se cura con más victorias

El 11 de septiembre de 2004, el día que el AS Livorno regresó a la Serie A después de 55 años de ausencia, miles de aficionados livorneses aparecieron en las gradas de San Siro para animar a su equipo, que empató a dos con el AC Milan, ataviados con una bandana en la cabeza. El gesto adquiere relevancia cuando se explica: aquel pañuelo lo popularizó el Silvio Berlusconi más juerguista, el del bronceado pulcro, la sonrisa histriónica, la camisa blanca abierta por el pecho y las manos demasiado largas. Il Cavaliere también era el dueño del club lombardo y el jefe del Gobierno del país (y, con sus holdings, el jefe, a secas, de más de la mitad de la población transalpina), y en Italia se vive con una gran certeza: la temperatura política no se mide por encuestas y muestreos, sino por las reclamaciones y el número de pancartas que surgen desde las gradas de los estadios.

En realidad, en Italia (o en España o en Portugal), el fútbol es una religión porque, de algún modo, nos define eso que ocurre a lo largo de una hora y media dentro de un trozo de césped: pocos son los que lo entienden, pero genera discusión y a los latinos no hay nada que nos guste más que pasarnos horas y horas debatiendo sobre algo sin que consigamos sacar nada provechoso de todo ello, salvo las risas y las pullas de la propia discusión en sí (y los botellines vacíos de cerveza acumulados en la barra). Lo escribió, más o menos, Ryszard Kapuscinski, que era polaco, pero que captó tan bien la realidad mundial del siglo XX que podría haber nacido en el lugar que hubiera querido y hasta haber adoptado el cuerpo y la melena rubia de la cantante Marta Sánchez, como aquel Gurb del que no tuvimos noticias en la Barcelona preolímpica. O, tal vez, haber nacido en el caos de Roma, ¿por qué no? El periodista Enric González, que ha sido corresponsal en más ciudades de las que existen en el mundo, escribió una vez que lo que más le sorprendió de los partidos improvisados en la romana plaza Campo dei Fiori era que siempre había más de un jugador que decidía voluntariamente quedarse en defensa para tratar de detener a las decenas de delanteros que surgían en esas pachangas multitudinarias, farragosas e imprevisibles. Seguro que la discusión pospartido, a gritos y bebiendo vasos de grappa, duraba más que esas pachangas. Incluso hasta más tiempo que los tradicionalmente habituales breves gobiernos transalpinos.

Desde hace unos días, Cristiano Ronaldo se entrena con la Juventus y su llegada a Italia va dejando ya las historias suficientes para que Federico Fellini decida por fin resucitar y nos cuente una sátira, farandulera y extravagante, de trabajadores de FIAT en huelga, Higuaín terminando su road movie desde el sur hasta el norte y Bonucci regresando a Turín. Esta última noticia es especialmente buena para el crack portugués, porque tener a Bonucci, Chiellini y Barzagli segando talento a tus espaldas concede alivio y descanso, tal vez hasta bula papal. Falta Materazzi en la fotografía y ya contamos al completo con nuestra defensa titular para jugar las pachangas improvisadas del Campo dei Fiori.

Y, mientras, el Real Madrid también está de pachangas por Estados Unidos: hoy, precisamente, ante la Juve. Sin el citado Cristiano, sin fichajes de estrellas y sin tiempo para atravesar el duelo tras la pérdida. La melancolía madridista únicamente se cura con más victorias, pero, si llega la derrota, ya veo a los aficionados blancos subidos a un árbol y negándose a bajar hasta que Florentino Pérez les traiga ese nuevo cromo, belga, brasileño o francés, que les haga olvidar al cromo musculado que se fue. Como en la maravillosa escena del inolvidable Teo, aquel personaje de Amarcord interpretado por Ciccio Ingrassia al que su familia no puede bajar del árbol ni con una escalera y que se niega a descender porque quiere una mujer (“Voglio una dona”, se desgañita en la película desde las ramas).

Supongo que el pobre Teo habría conseguido sus deseos con una bandana en la cabeza, como Berlusconi. O teniendo a Bonucci, Chiellini y Barzagli a sus espaldas, como Cristiano, la dona por la que los madridistas se subieron al árbol y del que ahora sólo bajarán cuando llegue una nueva dona.

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