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‘La casa de papel’; saber retirarse a tiempo

Netflix y La casa de papel van a cruzar un semáforo en rojo. Puede salirles bien o todo lo contrario. Cabe la posibilidad de que se estrellen. De hecho, es la probabilidad más alta.

Cuando una serie termina, una sensación de orfandad ahonda en lo más profundo de nuestro ser. Eso si es buena o, por lo menos, nos lo parece. Como que es difícil reconducir el rumbo. El regustillo que ha dejado en nosotros es agridulce: hay satisfacción, pero no querríamos que hubiese terminado. Exactamente igual que cuando acabamos una tableta de chocolate. Ha estado bien, pero hubiéramos seguido tomando unas cuantas onzas más. Genera adicción. Pero del mismo modo que creemos que si seguimos comiendo esa sustancia de polvo de cacao y azúcar puede perjudicar a nuestra salud, ocurre con las series (a las que ya no se puede apellidar “de televisión”). Sobre todo, si los argumentos se agotan y si la justificación de su ampliación no es otra que económica. Lo bueno, si es breve, dos veces bueno.

En abril, nos llegó la noticia de que Netflix se hacía con los derechos de La casa de papel (Money Heist, en los territorios de lengua inglesa), serie original de Atresmedia que finalizó sus emisiones en Antena 3 en noviembre de 2017. En España, se había visto como una más (una media de 2.291.000 espectadores por capítulo). Pero su presencia en Netflix la ha lanzado al estrellato internacional. Tanto es así que pronto se convirtió en la ficción más vista en habla no inglesa de la plataforma.

Tras dos temporadas y 22 capítulos, La casa de papel se podría dar por concluida; sin embargo, Netflix ha decidido estirar el chicle, con los riesgos que eso conlleva, y estrenar una nueva en 2019. No hay más motivos que los comerciales, los de aprovechar el tirón. Porque cuando uno toca la tecla, tiene la tentación de volver a tocarla. Pero también corre el riesgo de que no suene como antes, es más fácil desafinar ahora. Netflix y La casa de papel van a cruzar un semáforo en rojo. Puede salirles bien o todo lo contrario. El golpe puede ser catastrófico. Cabe la posibilidad de que se estrellen. De hecho, es la probabilidad más alta.

Para aquellos que no la hayan visto, La casa de papel va sobre un atraco a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Se trata de un robo perfectamente estudiado y planificado durante meses, incluso años, por un individuo, llamado Profesor, que reúne a todo un equipo de asalto. El plan, con rehenes de por medio, trae de cabeza a todo el cuerpo de policía. Otro de sus objetivos, para obtener tiempo, es ganarse el afecto de la opinión pública, también de los prisioneros. En los espectadores, por lo menos, logra ese posicionamiento. No es la primera vez, ni será la última, que el público apoya, de algún modo, al lado transgresor. Cuando menos interesante la capacidad del ser humano de empatizar con delincuentes, por lo menos en la ficción (nos ha vuelto a pasar con Fariña, por ejemplo). Debe ser que en el fondo estamos hambrientos de revolución, deseosos de rebeldía contra los poderes establecidos, sobre todo si nos vemos identificados en las nimiedades de los personajes. De eso se encarga un reparto especialmente bien capitaneado por Pedro Alonso, Alba Flores o Álvaro Morte.

Lo cierto es que La casa de papel es un buen producto de entretenimiento; además, con claras referencias cinematográficas. Algunos opinarán que es una copia, pero queda claro el buen gusto de su creador, Álex Pina. Seguramente, admire a Spike Lee, director de Plan oculto (2006), una película que tanto el resto de guionistas como él han debido visionar muchas veces. La idea aquí es construir un túnel para escapar, mientras en la otra, Clive Owen pretende cavar un hueco en la pared en el que permanecer un tiempo escondido. Los atracadores tienen un trato muy semejante para con sus retenidos. A todos los visten igual, con monos de pintor con capucha y máscaras. En la producción española, los uniformes son rojos y las caretas de Salvador Dalí.

Las otras grandes alusiones cinéfilas tienen que ver con la figura de Quentin Tarantino, maestro de maestros. Alba Flores lo nombra explícitamente en una escena particularmente desafiante, un momento en el que todo el proyecto podría venirse abajo. Pero, además, en La casa de papel, el grupo no se conoce de antes. Algunas de las normas son preservar su identidad y no mantener relaciones amistosas, ni amorosas entre ellos. Por eso cada uno toma el nombre de una ciudad del mundo (Berlín, Tokio, Río, Nairobi…), de igual modo que en Reservoir Dogs (1992), los ladrones deciden llamarse por colores.

Pero no por alargarse va a dejar en nosotros un mejor recuerdo. Nada es eterno, nada bueno. De hecho, las cosas importantes duran un suspiro. La tercera temporada supondrá un trabajo enjundioso, de orfebrería, peligroso y arriesgado. Hay antecedentes. Le ocurrió a True Detective, que pinchó tras el estreno. A Por trece razones, en el rodaje de la segunda temporada. A Narcos, en la tercera. O, sin irnos tan lejos, a Velvet, que tras su paso por Antresmedia fichó por Movistar. Pero también se pueden dar ejemplos de series históricas a las que no les ha beneficiado el paso del tiempo: The Big Bang Theory, Los Simpson, Modern Family, Cómo conocí a vuestra madre, Prision Break o, dentro de nuestras fronteras, a Los Serrano y El internado.

Quizá la mejor de las opciones sea la de retirarse a tiempo. Mejor no llevarse el botín que acabar entre rejas. Eso antes de alargar un argumento que podría mal agotarse y deteriorarse. Arruinar el buen sabor de boca. No merece la pena emborracharse, ni empalagarse, como con el chocolate. No es recomendable. Para bien o para mal, el atraco del siglo en España ya debería haber terminado para siempre. Aunque es comprensible que a una banda de delincuentes le guste vivir en el alambre, puede que la vida sea eso para ellos. Entregarse no es una opción. Pero todo el mundo sabe que la ambición puede pasar de ser una gran aliada a convertirse en la principal enemiga.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.

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