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Leo Messi
Messi. REUTERS/Albert Gea

Barcelona

La constante es Messi

Messi vuelve a entrar en mi vida, en la de todos, en pleno verano, y vuelve a jugar superlativamente, asesinando comparaciones, haciendo insuficientes los adjetivos.

Esta es la historia de mi relación con Messi. Y nuestra evolución personal, paralela a veces, divergente la mayoría de ellas.

En quince años ambos hemos cambiado bastante. Yo he entrado en la mediana edad, he trabajado más de lo que debería, he viajado por el mundo, superado desamores, me he roto varios huesos, han sanado, he cambiado de peinado, me han puesto gafas, he recuperado la ilusión, he pagado facturas, me he dejado barba, he engordado, quiero pensar que he madurado y sigo sin encontrar demasiado sentido a muchas cosas.

Él ha crecido, ha cambiado de peinado, ha tenido alegrías y decepciones, se ha dejado barba también, se ha roto cosas, se ha casado, ha trabajado mucho, ha ganado mucho dinero, ha ganado premios, ha encontrado un dietista, ha tenido tres hijos y ha superado levemente su enorme timidez. No sabemos si piensa en el sentido de las cosas.
La diferencia entre nosotros, una de muchas, quizá la menos importante, es que yo puedo emparentar mis alegrías a su desempeño, hermanar acontecimientos de su vida con mi felicidad o mi tristeza y él no puede decir lo mismo. No sabe quién soy.

Él tiene la posibilidad de hacer soñar a millones de personas y yo, a lo sumo, tengo la capacidad de hacer sonreír a mi novia y hacer feliz a mi perro con comida o paseos. Piden poco.

Lionel Andrés Messi Cuccittini lleva tantos años instalado en la gracia futbolística que es un hecho difícil de dimensionar. Forma parte del paisaje, casi del mobiliario. Su excelencia se ha convertido en norma primero y costumbre después. Nada de lo que hace sorprende, porque lo más grande, lo difícil, lo imposible, se espera de él. Messi es una fábrica de cumplir promesas.

En su primera temporada, aún imberbe, se asomó a la grandeza repitiendo sin dramas su primer gol en Liga, que fue anulado. Lo fotocopió para que no hubiera dudas: vaselina a Valbuena. Yo, también algo imberbe y vestido en chándal, andaba casualmente por Barcelona, viendo el partido en un bar junto al estadio (no conseguí entrada), que temblaba ante el nacimiento de una primavera gloriosa. Primera Liga.

En la siguiente temporada, Capello pedía su cesión tras sufrirlo en el Gamper y un gran club capitalino denunciaba su nacionalidad para impedirle jugar por unos meses. Él se hacía español (solo formalmente) mientras yo estrellaba mi segunda escúter. Se cargó la carrera de Del Horno mientras toreaba al Chelsea en Champions con 18 años, inspirando a Mourinho a hacer su famosa alusión al teatro. Triplete al Madrid, segunda Liga, primera Champions. Inauguró su tormentosa relación con la selección siendo expulsado en su debut, la única ocasión en su carrera.

Consiguió no verse muy afectado por el declive del Barça de Rikjaard en la temporada siguiente, que fue la que vio nacer la comparación con Maradona tras su gol en Copa al Getafe y el convertido con la mano al Espanyol. Es la única trampa que se le ha visto hacer. Yo me eché mi segunda novia seria, también sería una trampa.

La temporada siguiente subió al podio del Balón de Oro mientras yo me preguntaba si era culpa mía o de ella. Ganó el Oro en los Juegos de Pekín, era todo culpa mía… Ella se fue.

Apareció Guardiola y desapareció el duelo: agarró el dorsal 10, ganó 2-6 en el Bernabéu en su primer partido como falso 9, ganó el triplete, el sextete, el Balón de Oro. Ya llevaba cinco temporadas en el primer equipo y era sin discusión el mejor jugador del mundo. Yo frecuentaba conciertos de cantautores, bares de copas y trasnochaba. También comencé a tomar clases de teatro, pero no el de Mou.

Pep y Messi ganaban y ganaban, el primero buscaba acompañantes que no molestaran demasiado a Leo, perdiendo dinero en operaciones de mercado discutibles, pero dejando una perla para siempre: sólo hay que procurar que Messi esté feliz. Lo ubicó definitivamente de falso 9 y Messi dejó de ser un jugador extremadamente hábil y regateador para convertirse en un goleador salvaje.

Los años de Guardiola fueron un sueño cumplido demasiado hermoso para describirlo. Se ganaban Champions, Balones de Oro, sólo nos detenían los volcanes islandeses. Me faltaba enamorarme.

Yo gané el Mundial. Como espectador, claro. Messi no lo hará nunca, lamentablemente. Ese 2010 también la conocí a ella. Son las dos únicas cosas en las que lo gano.

En 2012 Messi marcó 91 goles en el año natural, vigente y sospecho que eterno récord Guiness. Lo repetiré: noventa y uno. Guardiola se fue por cansancio. Ella se quedaba a mi lado.

Tito llegó, ganó y se fue trágicamente sin merecerlo. Messi entristeció y lo rescató convertirse en padre. Martino vino y se fue sin molestar ni aportar. Messi seguía sumando y sumando, ya era el máximo goleador de la historia del club blaugrana. Luis Enrique y el tridente reanimaban al Barça con un nuevo triplete, el segundo, con la novedad táctica de la recolocación de Messi en el extremo derecho. Esto le confería más panorama y la presencia de Neymar y Luis Suárez le quitaba responsabilidad goleadora, por lo que volvía a mejorar como jugador. Distefaneaba por el campo, la tocaba por todos lados, abría para la incorporación de Alba por la izquierda, asistía y seguía marcando. Se dejó barba un par de años después que yo. Ampliaba la familia a la vez que la comprensión del juego, enriqueciéndose como persona y como jugador.

La persistencia de Messi en la grandeza del juego hizo que empezáramos a no valorar tanto lo que hace. Nunca juega mal, ha sido Maradona doscientas setenta veces, el Maradona que Diego solo pudo ser en doce o catorce ocasiones, con la suerte de que dos de ellas fueron en un Mundial, lo que se reprocha que no posea a Leo. Que a alguien tan constante se le eche en cara que no haya tenido un fogonazo en el momento justo un verano de cada cuatro es tan injusto como reprochar a mi perro bueno, bonito y listo que no hable. No le corresponde.

Se fue Neymar y Leo terminó de cuadrar el círculo, reinventándose de nuevo, volviendo a ser más delantero, convirtiéndose en armador, asistente y goleador, con frecuencia en la misma jugada. Diseñaba la táctica mientras la escribía, movía a sus compañeros con sus pases y sus movimientos. Se convirtió en el gran demiurgo del fútbol. Era imposible imaginar jugar mejor. No se me ocurre en qué puede mejorar que no sea la petanca.

Y llegamos a hoy, cuando, día de la marmota, Messi vuelve a entrar en mi vida, en la de todos, en pleno verano, y vuelve a jugar superlativamente, asesinando comparaciones, haciendo insuficientes los adjetivos. Messi es una constante maravillosa y absoluta en la vida de todo aquel que ame el fútbol, salvo excepciones partidistas. Que empiece su decimoquinta liga sin signos de fatiga o de declive, que sin apenas entrenamientos mantenga el nivel de juego, que sepa aislarse de todo lo que le rodea, lo que se espera de él, las expectativas, los rivales, el peso de un país entero, el dinero y la fama, para centrarse únicamente en jugar maravillosamente bien al fútbol habla no sólo de un talento único, histórico, épico, sino de una personalidad especial, en la que sobresale por encima de una gran competitividad una relación infantil con el juego. Y esto son palabras mayores: cuando un niño juega, lo hace muy en serio, sin mentir ni mentirse, sin intermediarios, puro acto, sin pensar, la consciencia en el presente pleno. Como un cachorro.

Ya lo dijo Hernán Casciari, búsquenlo en internet: Messi es un perro.

Escritor madrileño autor de los libros 'Cosas que he roto' y 'Cómo pudo nadie dejarte escapar' se incorpora a la familia de 'A la Contra' en calidad de barcelonista académico, como su hermano Marwan.

3 Comments

3 Comments

  1. Milagros Recio

    21/08/2018 at 18:16

    Lo he leído con placer y con asombro. Yo no imaginaba que los que sabeis de futbol sabeis tanto.En serio.Cuando yo veo los partidos, fundamentalmente por acompañar al tío y porque sé que mis sobrinos disfrutan mucho con el Barcelona,le hago comentarios sobre ls sorprendentepercepción visual que se establece entre su cerebro y el balón y sobre su manera de escurrirse entre las piernas de sus compañeros. Me gusta la comparación que haces entre su juego y el de los niños. Un acierto. En cuanto a su relación con tus procesos vitales, yo creo que los tuyos son más grandes que el dibujo que haces de ellos. Lo digo porque lo creo. En tu terreno has hecho cosas que merecen mucho la pena. Un abrazo

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