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Copa del Rey

La Copa que nos salvó

Convertido en un título menor para los grandes de nuestro fútbol, la Copa multiplica su resaca cuando el rival es tu enemigo acérrimo. Algunas han tenido un poder regenerador, otras supusieron un alivio tremendo. La primera piedra de lo que estaba por venir. Todo eso se concentra en este Clásico.

Hay noches en que un buen trago es la única escapatoria, el sabor de esa Copa en la soledad de tu casa o en la barra de un bar resulta balsámica. Alrededor de ella flotan el olvido y las decepciones, habitualmente también el ánimo de revancha. Ocurre en las rupturas sentimentales, en las crisis personales y en las temporadas aciagas. Esas en las que después de estar todo un año tirando por la borda tu crédito deportivo, la banca te financia una nueva fiesta. Una vida extra en forma de título. Ocurre desde hace tiempo con la Copa del Rey, título accesorio para los grandes de nuestro fútbol, consuelo menor y clavo ardiendo al que aferrarse cuando los días de vino y rosas quedan lejos. Una catarsis necesaria sobre la que edificar una nueva vida.

No sería, en cualquier caso, la primera vez que ocurre porque los ejemplos se acumulan a ambos lados del Puente Aéreo. También en otras orillas, menos mediáticas. Pero han sido Real Madrid y Barcelona, los que en más ocasiones han despreciado la Copa y los que más veces han encontrado en ella el impulso necesario para sobrellevar los baches. Algunos proyectos se sostuvieron gracias a este trofeo, otros simplemente alargaron su agonía y en ocasiones la fiesta duró hasta el amanecer, como si de una Champions se tratara.

Fue en una final de Copa donde Johan Cruyff salvó su cabeza. Sucedió un 5 de abril de 1990, cuando el equipo entrenado por El Flaco estaba lejos de ser el Dream Team. Johan cumplía su segunda temporada en el banquillo del Camp Nou y pese a haber ganado la Recopa en su primer año en la Ciudad Condal, el Madrid seguía sumando Ligas. La noche era primaveral en Valencia, donde los azulgranas se enfrentaron precisamente a los blancos con el título copero en juego. La polémica tampoco quiso perderse la cita y en un partido de traca, marcado por las decisiones arbitrales el Real Madrid terminó jugando con 10. Hierro fue expulsado antes del descanso por doble amarilla: “Tenía un equipo un tanto protestón: Schuster, Míchel, Hugo Sánchez, Ruggeri… Hierro todavía no tanto porque era muy joven. Precisamente por eso le expulsó. Míchel me dijo que tranquilo, que el árbitro era amigo suyo. Y a los cuatro minutos ya había visto la tarjeta por portestar…Menos mal que era su amigo. La expulsión nos mató. Aún así aguantamos media parte con 10”, recuerda John Benjamin Toshack, técnico del Real Madrid aquella noche.

La final se decidió por un escueto 0-1, obra de Guillermo Amor. Eran los primeros brotes de la flor que, para algunos, acompañaba a Cruyff: “Tuvimos suerte, le íbamos a sustituir, se retrasó el cambio medio minuto y marcó el gol”, explicaba el técnico holandés tras ser preguntado por el hombre que alargó su contrato de alquiler con el banquillo azulgrana. Y es que tal y como informaban aquellos días los diarios catalanes, Josep Lluis Núñez no podía permitirse una nueva derrota ante los blancos y el principal damnificado hubiera sido el entrenador culé. El partido tuvo todos los ingredientes que solían acompañar a los Madrid–Barça de los 90: declaraciones altisonantes, presiones por uno y otro lado hacia el colegiado (García de Loza), expulsiones, entradas que bordearon la agresión (Amor debió ser expulsado por una dura entrada a Martín Vázquez), lesionados (Aloisio tuvo que ser sustituido tras un plantillazo de Hugo Sánchez) e incidentes en la vuelta de honor, con una botella que impactó en el rostro de Zubizarreta. El Madrid terminaría ganando la Liga ese año, la quinta consecutiva, pero el Dream Team colocó esa noche su cimiento más sólido.

Tres años después ambos contendientes volverían a verse las caras. En esta ocasión en unas semifinales de Copa, la de la temporada 1992/93 a la que llegaban con los papeles cambiados. El Barça de Cruyff ya era el Dream Team, la referencia futbolística del panorama europeo, actual campeón de Liga y, por primera vez en su historia, de la Copa de Europa, mientras que el Madrid intentaba evitar su tercer año en blanco. Los madridistas entrenados por Benito Floro marchaban como líderes en Liga y tras empatar a uno en el Bernabéu, hicieron la machada en el Camp Nou. Allí ganaron 1-2 con goles de Míchel y Zamorano. La euforia se desató en el Paseo de la Castellana ante el posible doblete, aunque finalmente tuvieron que conformarse únicamente con la Copa del Rey, tras el primer descalabro en su isla maldita: Tenerife. Los blancos se impusieron 2-0 en la final copera ante el Zaragoza. nueve meses después de aquel título, Floro fue cesado del Real Madrid. La Copa tardó 18 años en volver a visitar las vitrinas del Santiago Bernabéu.

Quizá ayudó la espera y el deseo a que el siguiente título blanco fuera considerado como ‘La Copa de todos los tiempos’. También el cariz de los protagonistas y los duelos individuales. La final de Copa del Rey del 2011 no solo fue un Barça-Madrid, fue también un Pep contra Mou, o un Messi contra Cristiano. Momento álgido de la Tormenta de Clásicos que asoló aquel abril primaveral de hace ya ocho años. El partido se dirimió en la prórroga con un cabezazo antológico de Cristiano Ronaldo y puso fin a la sequía blanca que acumulaba ya dos temporadas viendo como los trofeos (sextete incluido) tomaban el camino unidireccional del Camp Nou.

Aquella Copa fue también el primer trofeo de José Mourinho, el entrenador que había sido contratado para derrocar al mejor Barça de la historia. Cristiano Ronaldo descorchó con esa Copa sus títulos vestido de blanco. Y sobre todo, supuso una victoria moral ante el Pep Team que llevaba dos temporadas y media arrasando en España y que venía de endosarle un 5-0 en el primer envite de Mourinho como dueño del banquillo de Chamartín. Ese coctel ayudó a que la celebración fuera épica, con los aficionados madridistas echándose a la calle, acudiendo a Cibeles para recibir a unos jugadores convertidos en héroes que cumplieron con la tradición de ofrecer la copa a su diosa. Ocurrió todo esa noche, alargando la fiesta hasta altas horas de la madrugada. El trofeo no resistió tanto estrés y acabó precipitándose desde lo alto del autobus descapotable, con la inestimable colaboración de Sergio Ramos. En cualquier caso ese título, fue el punto de inflexión del Madrid de Mourinho para convencer a los suyos de cómo había que ganar al Barça. Al año siguiente conquistaron la Liga.

Tres años después fue Ancelotti el que se estrenó con una Copa en el banquillo blanco. Aquella final, nuevamente celebrada en Mestalla fue el impulso definitivo para conquistar apenas dos meses después la ansiada Décima Copa de Europa. La cabalgada de Bale destrozando a Bartra y superando con sutileza a Pinto supuso también el principio del fin del experimento Tata Martino que aquella noche terminó de cavar su tumba. Por si fuera poco el Real Madrid ganó la final sin poder alinear a Cristiano Ronaldo, lesionado. Ni Messi, ni un recién llegado Neymar consiguieron imponerse a su eterno rival, en lo que fue la séptima (y hasta ahora última) final de Copa que contó con la presencia de los dos equipos más laureados de nuestro fútbol. En esta ocasión la celebración madridista fue algo más comedida que en 2011.

A colofón sonó, sin embargo, la Copa del Rey de Luis Enrique. Fue en 2017, cuando el Real Madrid de Zinedine Zidane maravillaba al mundo con su doblete (Liga y Champions), un hito que no conseguían los blancos desde 1958. Mientras tanto el proyecto del actual seleccionador nacional languidecía en Can Barça tras ver como su eterno rival no solo le superaba en la competición doméstica sino que además se encaminaba hacia su segunda Champions consecutiva, la tercera en cuatro años. La victoria por 3-1 de los culés frente al Deportivo Alavés en la final disputada en el Vicente Calderón, quedó en anécdota apenas una semana después, cuando los blancos superaron a la Juventus en Cardiff por 4-1 y se volvieron a proclamar Campeones de Europa. El ciclo de Luis Enrique estaba agotado y el entrenador asturiano ya había confirmado antes de la final de Copa que no seguiría dirigiendo al Barça la próxima temporada.

Esta noche, en el Santiago Bernabéu, la Copa también puede resultar salvadora. Sobre todo para el Real Madrid que en una temporada irregular y cargada de altibajos se verían en la final, a las puertas de un nuevo título. Un trofeo que podría ser a su vez el salvoconducto para Solari. El argentino tiene contrato hasta 2021 pero son pocos los que apuestan por su continuidad más allá de junio. Una Copa quizá les haga ver las cosas de manera diferente. Los blancos además parten con ventaja en el marcador gracias al 1-1 conquistado en el Camp Nou, aunque los azulgrana han convertido el Santiago Bernabéu en el patio de su recreo en el Siglo XXI. De las 25 veces que se han visto las caras en el coliseo blanco 11 han terminado con victoria azulgrana y 6 en empate (ninguno de ellos a cero). Messi ha marcado 15 goles en 19 partidos disputados en Chamartín y tras su hat-trick en Sevilla llega más líder que nunca, empecinado en llevar a los suyos a una nueva final. Sea como fuere, harían bien unos y otros en no excederse con las celebraciones. No es cuestión de llegar con resaca al sábado, en un nuevo envite, esta vez, con la Liga en juego.

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