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Bay Bridge, San Francisco. Fotos: Sergio Alberruche

Deporte USA

La dinastía del puente de la Bahía

Oakland, la ciudad que representa al este de la Bahía, queda ya demasiado lejos de estos Warriors que miran hacia la lujosa San Francisco.

Saliendo a la parte sur de la isla de Alcatraz, entre la casa derruida del alcaide y el faro, con la lúgubre y cinematográfica prisión a nuestras espaldas, podemos ver, si la recurrente niebla nos lo permite, una de las vistas más clarificadoras de la Bahía de San Francisco. A nuestra derecha, la ciudad que da nombre a dicha bahía. A nuestra izquierda, Oakland. En medio, la isla de Yerba Buena y la isla Treasure. Y, conectando todos esos lugares, el Bay Bridge, el puente de la Bahía, más de 7.200 metros de acero con dos tramos bien diferenciados sobre aguas gélidas y peligrosas corrientes por culpa de un viento traicionero. Lo sabían bien los 36 presos que participaron en los 14 intentos de huida que hubo en las tres décadas de historia de La Roca. Lo sabían bien los hermanos Anglin y aquel Frank Morris inmortalizado en el celuloide con las facciones de Clint Eastwood. Lo sabía bien Al Capone, el famoso preso número 85 de Alcatraz.

Aunque apenas hay un par de kilómetros de distancia hasta la orilla más cercana, nadie sale de la isla de Alcatraz a nado.

Porque la mejor forma de desplazarse sin temor a ahogarse en esa bahía es el Bay Bridge.

El grisáceo puente de la Bahía que luce, coloreado de amarillo, en el escudo de los Golden State Warriors desde el año 2010.

II. El recorrido del puente de la Bahía explica también la trayectoria de los Golden State Warriors, un club que llegó de la mano de Franklin Mieuli a San Francisco en los años 60 después de 16 primeros años de historia en Philadelphia y que, tras no alcanzar con el ayuntamiento sanfranciscano un acuerdo para la construcción de un nuevo pabellón, cruzó el Bay Bridge apenas una década después para instalarse en el lado este de la Bahía, en Oakland. El Coliseum Arena, ahora Oracle Arena, ha sido el hogar más longevo de unos Warriors que, tras casi 50 años, cruzarán de nuevo el puente de la Bahía para regresar otra vez a San Francisco. Un regreso al futuro que ya tiene fecha: la temporada 2019/2020.

Por el contrario, el pasado de la franquicia es la citada Oakland, la mediática ciudad de los rankings de peligrosidad, del consumo de crack generalizado, de los tiroteos en sus aceras, del desmoronamiento industrial (automovilística y armamentística, sobre todo), de las bandas callejeras, del paro y de intentar vivir la vida por el camino más difícil.

La ciudad que, en la actualidad, trata de olvidar ese duro y reciente pasado que sofocó a buena parte de Estados Unidos, blanca y acomodada, en los años 80 (como ejemplo, aquel funeral multitudinario con el ataúd del narcotraficante afroamericano Felix Mitchell Junior, el líder de la organización criminal 69 Mob, dentro de una urna de cristal en un carruaje tirado por dos caballos y con 14 limusinas Rolls Royce de acompañamiento como cortejo fúnebre). Oakland combate ahora esos recuerdos con turismo, cultura, buen tiempo, viviendas modernas, nuevos y jóvenes habitantes y unos índices de delincuencia que decrecen año tras año desde hace más de un lustro.

La ciudad, también, orgullosa de sus equipos deportivos, los Athletics, los Raiders y los Warriors, pero que ha perdido en los años más recientes a los dos últimos (y, tal vez, en el futuro próximo también al primero de ellos), camino de Las Vegas y de San Francisco en busca de una mayor exposición y de mejorar su posicionamiento en el mercado global publicitario de hoy en día.

Se trata de un duro palo para esa recuperación que Oakland ha iniciado, para que Oakland pueda mirar de tú a tú a la rica San Francisco, pero son otros tiempos para el deporte.

Supongo que algunos pensarán que son tiempos peores, ajenos a la parte sentimental. Otros, en cambio, dirán que no lo son, que tampoco es para tanto, que el mundo evoluciona, se modifica y hay que saber amoldarse a él. Otros, sencillamente, no dirán nada.

Pero lo que sí que es indudable es que, lo diga el que lo diga o calle el que quiera callar, estos son tiempos diferentes.

III. Los Warriors van a abandonar Oakland dentro de poco más de un año, pero no el puente de la Bahía. El Chase Center, su nuevo, moderno y lujoso pabellón con capacidad para 18.000 personas formará parte de un complejo de ocio de más de cuatro hectáreas situado en la acomodada zona de Mission Bay en San Francisco. Apenas unos metros más al norte del nuevo polideportivo de los Warriors, todavía en construcción, se sitúa el AT&T Park, el icónico estadio de los San Francisco Giants, que pone fin a The Embarcadero, el coqueto paseo portuario que se llena de ciclistas, corredores y paseantes. Un poco más arriba está el Ferry Building Marketplace, la renovada terminal de ferris que ahora acoge también un mercado de alimentación plagado de puestos y de gente. Y, entre medias de ambos edificios, está el final del segmento occidental del citado Bay Bridge, que seguirá mirando a los Warriors, aunque ahora lo hará desde su otra orilla.

AT&T Park, San Francisco.

AT&T Park, San Francisco.

Un cambio horizontal en el mapa que esconde también un salto argumental en el guión de la franquicia: el hype de los últimos años de los Warriors de Durant y los Splash Brothers ha derrotado a la idiosincrasia tradicional del club, al pasado que no siempre pervive. Los turistas japoneses se sientan en las butacas del Oracle Arena; hace dos miércoles, tres días antes del sexto partido entre los Warriors y los Rockets, la entrada más barata para presenciar ese encuentro costaba más de 250 dólares en Gametime, una conocida aplicación móvil de entradas para eventos en Estados Unidos. Los nuevos ricos de Silicon Valley reemplazan a los trabajadores de las antiguas fábricas de Oakland en las localidades de abonados. Jay-Z y Beyoncé son fotografiados en la primera fila. En definitiva, San Francisco ama de nuevo a sus Warriors, mientras estos se alejan definitivamente de su Oakland.

Aunque no fue siempre así.

En el año 1962, Franklin Mieuli pagó 850.000 dólares para comprar los Warriors y poder trasladarlos de Philadelphia a San Francisco. Sin embargo, el público sanfranciscano no respondió al sueño de aquel legendario propietario: poco más de 5.000 aficionados presenciaron el primer partido del equipo en su nueva ciudad y la temporada inaugural se cerró con una media de alrededor de 2.000 espectadores por partido.

Visto en perspectiva, ahora en la actualidad, con el bombo que se le da a estos Warriors en San Francisco y en todas partes del globo terráqueo, esos datos del pasado resultan realmente increíbles.

IV. Según los últimos estudios estadísticos, San Francisco ya ha superado a Nueva York y se ha convertido en la ciudad más cara para vivir en todos los Estados Unidos. El precio de la vivienda, por ejemplo, aupado por el interés de los nuevos ricos de la industria tecnológica del cercano Silicon Valley, es prohibitivo para casi todo el mundo: más de 2.000 dólares de alquiler mensual vale un apartamento de una única habitación, mientras que el precio medio para comprar una casa se sitúa en 1.3 millones de dólares. Y esos dos no son los únicos indicadores de la riqueza actual de una ciudad que, por el contrario, también cuenta de forma visible para el turista con el reverso de esa situación. Los medios de comunicación estadounidenses lo llaman “San Francisco’s Homeless Crisis”: más de 7.000 personas sin hogar, muchas de ellas con problemas mentales o drogodependientes, viven y duermen en sus calles más céntricas. Las consecuencias de esa crisis, además, son palpables: San Francisco ya tiene uno de los mayores índices de crímenes contra la propiedad en la lista de las cincuenta principales ciudades del país estadounidense.

Esa situación, triste y que necesita una solución inmediata, sonroja a los habitantes de una ciudad que se considera a sí misma como activista, progresista, liberal y demócrata (no hay un alcalde republicano desde 1964) y, a su vez, les recuerda su fracaso en la lucha contra la pobreza mientras no para de llegar el dinero de los nuevos ricos de Silicon Valley. Alcanzado este punto, seguro que alguno de ustedes ha pensado que lo que acabo de contar sirve para describir lo que está pasando en el mundo actual, pero les aseguro que he querido remitirme a lo que está sucediendo en apenas 600 kilómetros cuadrados, de ellos únicamente 121 kilómetros de tierra. El resto de kilómetros cuadrados lo forman la fría agua de la Bahía.

Aunque, en el fondo, la “San Francisco’s Homeless Crisis” posiblemente no sea más que otra de las decenas de aristas que tiene una ciudad poliédrica y tremendamente complicada de definir, por lo menos para mí.

Porque San Francisco es la ciudad de las cuestas (en la memoria, Steve McQueen conduciendo su Ford Mustang en Bullitt), los tranvías y las postales con fotografías de las Painted Ladies y de Lombard Street. Y también la ciudad en la que Hitchcock puso a pasear a James Stewart (alrededor del lago del Palace of Fine Arts, en Vértigo) y a Tippi Hedren (cruzando un paso de peatones en una esquina de Union Square, en Los Pájaros). Y la ciudad de entrada a Estados Unidos de la inmigración asiática con los barrios de Chinatown y Japantown. Y la ciudad en el camino de la Generación Beat, con Kerouac, Ginsberg y compañía entre libros en la mítica City Lights Bookstore y cócteles en el adyacente bar Vesuvio Cafe. Y la ciudad de Castro, el barrio en el que los gais estadounidenses abanderaron la lucha por la igualdad. Y la ciudad del Mission Dolores Park, el parque preferido de los sanfranciscanos para relajarse mientras el atardecer llega a sus calles. Y la ciudad de Haight-Ashbury, el barrio jipi en el que comenzó el “Verano del amor”. Y la ciudad del precioso Golden Gate Park, que se alarga en forma de caminata placentera hasta alcanzar la inmensidad del océano Pacífico en la Ocean Beach Fire. Y la ciudad del olor a salitre del Marina Boulevard. Y la ciudad de los coches frenéticos que superan los límites permitidos de velocidad. Y la ciudad en la que los frikis nos fotografiamos en la Fuente de Yoda, a las puertas del edificio que alberga la sede central de Lucasfilm, la productora fundada por George Lucas. Y la ciudad que es muchas ciudades más en cada uno de los escondites que oculta.

Fuente de Yoda, edificio Lucas Films en San Francisco.

Fuente de Yoda, edificio Lucas Films en San Francisco.

Y, también, una vez más, previo el enésimo paso por el puente de la Bahía, San Francisco es la ciudad de los Warriors.

V. Posiblemente la camiseta retro más demandada de la NBA sirva también para explicar el futuro de los Golden State Warriors. En ella, aparece la silueta del famoso puente Golden Gate y las palabras “The City” (“La ciudad”). Hay que retroceder hasta 1966 para encontrar su origen: fue el propio Franklin Mieuli el que la diseñó para tratar de conseguir que los habitantes sanfranciscanos conectaran de una vez por todas con su nuevo equipo. Se basó en el círculo de un sello del club de Micky Mouse, le añadió los dos símbolos más reconocibles de la ciudad (el citado Golden Gate Bridge y un tranvía) y completó el logo con las palabras “The City” porque le recordaba a su infancia en San José, situada 50 millas al sur: cuando iba con su familia a San Francisco, la gran ciudad de la Bahía, siempre se referían a ella como “The City”.

Ahora, muchos años después, ya fallecido, Mieuli ha adelantado, sin quererlo, el futuro de la franquicia de la que fue dueño.

Porque el futuro de los Golden State Warriors ha cambiado de puente (del Bay Bridge al Golden Gate) y ha virado hacia el noroeste, al menos en cuanto al público al que parece destinada su nueva etapa, la de los éxitos, el juego atractivo y la continua exposición publicitaria. De las industrias grises de Oakland, del cemento de sus carreteras y de su dureza vital, a las verdes praderas del Presidio Real de San Francisco que te llevan hasta el imponente y atrayente Golden Gate. Y, cruzándolo, hasta el Marin County, el condado que bordea la parte norte de la Bahía con casas de lujo que miran al mar. Y, después, seguro que todavía hay tiempo para pasar el día en la preciosa Sausalito, tararear (Sittin’ on) The dock of the Bay en el muelle (Otis Redding compuso esa canción en 1967 mientras estaba en una casa flotante en Waldo Point, una zona de dicha localidad) y regresar a San Francisco bebiendo una cerveza en el ferri cuando el sol empieza a caer.

Quizá me esté equivocando al dibujar ese futuro para los Golden State Warriors, pero hay una simple cosa en la que seguro que no me estoy equivocando: al norte, al sur (los estudiantes de Stanford creando empresas en Palo Alto y haciéndose extremadamente ricos) o en la dirección que sea, Oakland, la ciudad que representa al este de la Bahía, queda ya demasiado lejos de estos Warriors que miran hacia la lujosa San Francisco.

Palace of Fine Arts

Palace of Fine Arts

VI. Porque, en cualquier caso, al final, da igual la calle por la que caminen en San Francisco. Durante estos días, en todos los sitios verán la misma imagen. Aunque estén paseando por Market Street. O por Powell Street. O por Post Street. O por Hyde Street. O por la calle que sea. Da igual, insisto. En todas ellas siempre habrá una tienda de deportes con la misma imagen en su escaparate: un maniquí de espaldas a usted que lleva puesta la camiseta azul y dorada de los Golden State Warriors. En la camiseta hay un número, el 18. Y también hay una palabra escrita en mayúsculas en el lugar correspondiente al nombre del jugador en cuestión, DYNASTY.

Dinastía.

Eso es lo que persiguen los Warriors ante los Cleveland Cavaliers en la final de la NBA que empieza esta noche.

Ganar su tercer título en cuatro años.

Pasar a la historia.

Convertirse en una dinastía.

Ser la dinastía del puente de la Bahía. Salida: Oakland. Destino: San Francisco.

 

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