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Real Madrid

La esperanza blanca

Vinicius rescató al Real Madrid con un gol de rebote que convirtió en suyo durante la celebración. Ramos hizo el segundo de penalti.

En el fútbol sucede de tanto en cuanto. De pronto, aparece un elegido. No es necesario que sea un buen jugador, aunque suele serlo. La iluminación es lo que le distingue. Todo está apagado y él brilla. Si lo llevamos al extremo de la oportunidad citaremos a Schillaci, estrella del Mundial de Italia 90. Su luz coincidió con el momento más importante de su carrera —de cualquier carrera— y se extinguió después. Si tomamos un ejemplo más modesto, mencionaremos al canterano José Luis Morales. Benito Floro lo hizo debutar en 1994 y el chico se estrenó con un gol de chilena que dio la victoria al Real Madrid frente al Depor. “Moralesmanía”, tituló algún diario deportivo. Y, de paso, le escribió el epitafio.

De Vinicius solo nos falta por conocer la duración de su luz, porque la intensidad, de momento, es cegadora. Hay algo irracional en la ilusión que genera, ya que ningún aficionado (quizá uno o dos) se interesó por él cuando jugaba en el Flamengo. Se sabía que fue caro y se suponía que era bueno. Sin embargo, ante la ausencia de fichajes rutilantes se dio por hecho que Vinicius era la estrella del verano. Me permito adivinar que así lo creyó también el presidente. El caso es que la esperanza blanca es un muchacho negro que podría tener algo más que talento. Podría tener ángel.

De su gol contra el Valladolid lo primero que hay que decir es que no lo marcó él. Vinicius encaró y chutó fuerte, pero desviado; el balón golpeó en Kiko Olivas y tomó luego la dirección de la portería, desde más lejos de lo normal, no suelen rebotar los balones con tanta violencia en los cuerpos de los defensas. Fue algo así como una carambola cósmica. El segundo mérito de Vinicius (tal vez el primero) fue celebrar el gol como si hubiera sido enteramente suyo. Fue entonces cuando convirtió el churro en alta gastronomía. El estadio enloqueció (nada gusta tanto como tener razón) y el chico finalizó la exhibición con una reverencia de mosquetero, demostración de que domina el escenario. A continuación, se fue a abrazar a Solari, al que rescató en mitad del océano. Probablemente ese abrazo equivalga a diez días más de interinidad, quizá cien, quién sabe si doscientos.

El gol de Vinicius (así quedará para la posteridad) llegó en el minuto 82’, cuando el Real Madrid boqueaba como un pez fuera del agua. El Valladolid había disparado dos veces al larguero y la tensión era absoluta, tanto en el campo como en la grada. El público había pitado varias veces al equipo y solo la entrada de Vinicius le había arrancado una ovación. Era el último cambio del Real Madrid (entró por Asensio en el 72’) y la única bala en el cargador. Un empate, no quiero imaginar una derrota, hubiera activado el protocolo de emergencias: contratación inmediata de un entrenador y repudio de dos jugadores que siguen señalados, Benzema y Bale. A estas horas estaríamos hablando de la inoportuna sustitución de Casemiro, que descosió el mediocampo. De dos excelentes laterales (Odriozola y Reguilón) devorados por la crisis. Todo eso lo salvó Vinicius. O su ángel de la guarda.

 

No había terminado la alegría, cuando Benzema fue víctima de un penalti de los que no se discuten. El estadio pidió que lo tirara Vinicius, pero Sergio Ramos se lo adjudicó entre protestas del respetable. Lo marcó a lo Panenka y lo celebró con besos al escudo y golpes de electroshok. Pero sin reverencia de mosquetero. Queda la impresión de que Ramos se está aproximando en exceso al sol y no anda lejos de quemarse.

El Valladolid tiene mil razones para lamentar su suerte. Pocas veces se quedará tan cerca de vencer en el Bernabéu. No era mentira su buena fama. Al contrario. Diría que solo se equivocó su entrenador cuando relevó a Toni Villa, al que nombraremos sin diminutivos para honrar su gran partido: Laureano Antonio Villa Suárez. De 23 años. Junto a Rubén Alcazar y Leo Suárez sostuvieron el pulso al Real Madrid. Qué bonito equipo se ha comprado Ronaldo.

Lo que está por venir es incierto. Lo lógico sería decir que el futuro de Solari depende de los próximos resultados. Pero como nada es lógico en este mundo, yo iría más allá: depende de Vinicius.

 

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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