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Solidarios

La esperanza se llama así

El día que decides montar una carrera solidaria te demuestra las cosas que puedes hacer cuando piensas en los demás, sobre todo si tienes un hermano que dice, ‘esta carrera se va a hacer sí o sí’. El sueño tiene nombre: Zancadas de Esperanza. Y fecha: 11 de noviembre.

Una carrera solidaria de las de verdad? Al principio, eso era lo que nos preguntaba la gente cuando salimos en busca de patrocinadores. Pero la pregunta no nos asustó porque en la vida también hay momentos para los demás como entendió mi familia aquel día en casa en el que nos preguntamos: «¿Por qué no organizamos una carrera solidaria?» Hoy, sin embargo, esa carrera ya es una realidad que se realizará en Avila gracias a un valiente, mi hermano Sergio, que, desde que le hicieron presidente de la hermandad Nuestra Señora de la Esperanza lo vio claro: «Tenemos que hacer esta carrera sí o sí». Y no importa que mi hermano vaya apurado a todas partes, que me lo imagine con la furgoneta en el reparto, porque él, que estudia Historia del Arte, trabaja en el negocio de la familia, que es una droguería-perfumería, donde también pasa horas y horas en el almacén. Y no pasa nada, porque él siempre está ahí, incluso, ahora que se ha roto un cacho de bíceps. Pero, claro, quizá yo no sea imparcial porque soy su hermana y el 11 de noviembre ya está aquí. Y el 11 de noviembre se va a hacer esa carrera solidaria. Y se va a llamar Zancadas de Esperanza. Y se va a hacer por el centro de Ávila. Y el final va a ser en la Plaza del Mercado Chico como casi no nos atrevíamos ni a soñar.

Y en el transcurso me enorgullezco de mi hermano, de la promesa que hizo («esta carrera se va hacer sí o sí») y de la promesa que va a cumplir. Porque en la vida también hay momentos para pensar en los demás. Y quizás esos son los momentos más importantes. Y no todo lo que haces tiene que ser por ti como le escucho decir a mi hermano Sergio a los 25 años o como nos educaron nuestros padres o, simplemente, como seguimos viviendo en esa Hermandad, que claro que es una parte de nosotros. Por eso esto que vamos a hacer es tan importante o lo consideramos tan importante porque vamos a prestar nuestro esfuerzo a la Casa Grande Martiherrero en Ávila, donde se busca integrar a personas con discapacidades psíquicas, o con capacidades psíquicas diferentes, como explicaban en la película Campeones. Aquella gente lo mismo trabajaba la carpintería que se dedicaba a envolver caramelos. Y te marca. Claro que te marca porque esa gente te hace mejor persona y te impide entender que en la Casa Grande no haya dinero para contratar a tiempo completo a un especialista en psicomotrocidad y ejercicio físico, porque eso les hará mejores a esas personas. Todavía mejores.

Tengo 24 años y el deporte me permitió distinguir lo que quiero y lo que no quiero hacer en la vida. El deporte nunca termina de sorprenderte. Siempre puedes intentarlo. Nunca dejes de intentarlo y la única pena que me queda es que, al estar en Salamanca, porque aquí trabajo de fisioterapeuta, no he podido colaborar lo suficiente en la carrera. Pero siempre quedará gente como mi hermano Sergio que el día que llegó a la presidencia de la Hermandad dijo, «vamos a hacer esta carrera», y, es verdad, la vamos a hacer. Y no importa el tiempo que hayamos invertido en el intento, porque vamos a lograrlo.

Esta vez no pensamos en nosotros, sino en los demás, en esa gente de la Casa Grande Martiherrero a la que vamos a entregar todo el dinero. No sé si será mucho o poco, pero hemos logrado que hasta el dorsal nos lo patrocinen y que no sepamos como agradecer esta aventura a todos los patrocinadores. Las inscripciones aún pueden crecer hasta el 11 de noviembre, pero sea como sea, ahí vamos a estar el domingo 11 de noviembre. El centro de Ávila se va a reservar a esta causa, a esta idea que un día imaginamos en casa y a la que mi hermano se ha atrevido a poner nombre y apellidos. Quizá por eso la esperanza no se acaba nunca y esta vez nos dejará ratos tan emotivos como el de ver a mi abuela entre los voluntarios de una carrera en la que no se trata de ganar y perder, sino de dar, como su propio nombre indica, zancadas de esperanza. Y, en mi caso, de agradecer que haya gente en la vida como mi hermano Sergio con el que cada día me parece más evidente que se puede llegar al fin del mundo.

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