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Real Madrid

La fe de Benzema

El francés fue fundamental para que el Real Madrid se impusiera a un Huesca valeroso.

El regreso de Zidane tenía como principal objetivo neutralizar el veneno de las últimas jornadas del campeonato. Existía el riesgo de que el equipo se desmoronara y de que el público señalara al palco. La primera amenaza permanece: el equipo tiene problemas que no se resuelven con un cambio de entrenador en mitad de la temporada. Sobre la reacción del público no hay que preocuparse. Zidane ejerce como antídoto a las pocas voces críticas que se manifiestan en el estadio. No hay peligro de incendio en el Bernabéu. El Huesca se adelantó a los tres minutos y nadie se inquietó en exceso, tampoco el equipo anfitrión. Las sucesivas oportunidades del colista no alteraron el ánimo general; si acaso se escucharon algunos pitos, tan aislados que cuesta saber si protestaban por el juego o por la despoblación de la España rural.

En otro tiempo, los 25 minutos que tardó Isco en empatar el partido hubieran sido algo muy parecido a un infierno. Ahora todo lo ilumina la calva egregia de Zidane. Se trata de una superstición documentada con tres Copas de Europa y a la que se ha agarrado el club antes que el público. Más que un entrenador, el Real Madrid ha querido contratar un final feliz. Y, de momento, funciona.

Pero todos los peligros que ha ahuyentado el club los asume el propio Zidane en carne propia. El partido contra el Huesca, por ejemplo, era perfecto para hacerse daño. Había poco a ganar y bastante que perder, y no hablo de números, naturalmente, sino de la confianza recién recuperada y del optimismo ambiental. La alineación, con Luca Zidane en la portería, era como afeitarse con una daga. El mínimo error del chico apuntaría directamente a la yugular de su padre. A partir de aquí, el once titular resultaba completamente experimental con Marcos Llorente, Ceballos e Isco en el mediocampo y con Brahim como compañero en ataque de Bale y Benzema.

El Huesca, entretanto, jugaba con la despreocupación de los condenados y con la ilusión de los debutantes. Entre Chimy Ávila y Hernández sembraron el pánico en la defensa rival. La suerte del Real Madrid es que los equipos que habitan en las profundidades solo utilizan munición real contra ellos mismos, a los contrarios les disparan flechas con ventosa.

Ni el empate lanzó al Madrid. Tampoco amedrentó al Huesca. En la segunda mitad, Zidane consiguió organizar levemente el equipo, apartando a Isco del timón. El gol de Ceballos sonó a sentencia, pero no lo fue. Significó, eso sí, la confirmación de Benzema como líder del ataque. Mientras sus compañeros se perdían, el francés se empeñaba en encontrarlos. Y no me refiero al talento vaporoso de antaño, sino a una voluntad férrea que procede de la responsabilidad y del amor propio. Benzema ha madurado y aunque eso no se traducirá en un aluvión de goles, sí tiene un efecto fundamental en la quebradiza fe del equipo.

El Huesca igualó la contienda porque lo merecía su esfuerzo y el Real Madrid ganó porque Benzema es testarudo. Su gol, notable, mantiene a salvo el optimismo y la confianza, al tiempo que permite que Zidane siga siendo lo que el madridismo se quiere imaginar: un final feliz.




Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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