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Euroliga

La gota y la roca

En sus primeras temporadas, el Madrid de Pablo Laso parecía continuamente empeñado en contradecir a Albert Einstein. Aquello de “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo” resultaba ajeno al férreo catecismo lasista. Presión constante, salir a toda velocidad al contragolpe y un ritmo que generase el mayor número posible de lanzamientos, muchos de los cuales rozaban la excentricidad de puro heterodoxos —las famosas mandarinas—. La excesiva masticación no se concebía casi nunca como opción, por más que en determinados instantes el partido lo pidiese a gritos. ¡Anatema! El modo de dar en el clavo era golpear cien veces la herradura. Con el paso de los años, el equipo blanco suavizó su propuesta para obtener más registros. Aunque algunas ocasiones, como anoche en Belgrado, el Madrid vuelva por sus fueros y se empeñe en recorrer lindes sin temor a que lo acusen de tonto.

El Estrella Roja no se fió de las dudas que estos meses está dejando el juego interior madridista y planteó desde el comienzo un cerrojazo en su pintura. La invitación a los triples era menos sutil que un like de Instagram, y, con un Tavares desabastecido, al que solo Llull encontraba con cuentagotas, el Madrid cogió el envite desde el principio. Los tiros no entraban, pero daba igual; como le dijo el perro al hueso: “Si tú estás duro, yo tengo tiempo”. De manera que la estrategia merengue culminaba una y otra vez en la línea de 6’75 ante la mínima dificultad de circulación o la incapacidad para generar ventajas cerca del aro. Los fallos se sucedían sin que importase demasiado en el electrónico, porque un rival que tenga como mayor amenaza anotadora a Baron asusta poco aunque juegue en Serbia. Solo el pívot Gist hacía verdadero daño desnudando desde la media distancia las carencias caboverdianas, menos evidentes que otros días, compensadas por un puñado de tapones. El tiro de cuatro metros se ha descubierto como la kryptonita de Edy, y algún antídoto deberá encontrar Laso, que para algo se da un aire a Lex Luthor.

Las rotaciones permitieron un atisbo de ventaja blanca en el segundo cuarto, constatando la superioridad de la unidad B española sobre la balcánica. Hasta Laprovittola, bastante perdido en la rotación habitual, tuvo buenas acciones, si bien no sirvieron para que permaneciese más de seis minutos en el parqué. El Estrella Roja reaccionó aprovechando las dudas defensivas de Jordan Mickey —sus espectaculares dotes ofensivas tienen su contrapartida negativa en defensa, a día de hoy se trata de un jugador más pirotécnico que concienzudo— y no solo evitó el despegue del Real, sino que llegó a conseguir alguna ventaja a finales del tercer cuarto. Para entonces el Madrid persistía en lanzar triple tras triple, pese a una estadística nefasta que ni Carroll pudo revertir (3/23). Cualquiera hubiese variado el guion, mas, si hay un equipo que se ha ganado el derecho a la tozudez, es el combinado madridista.

Con el sonido de la bocina del último período saltaron a la cancha Llull y Rudy, y subieron la intensidad defensiva, bien escoltados por dentro por Tavares y Garuba —mención especial para la capacidad reboteadora que demuestra este chico, desde Felipe Reyes no se había visto un hambre similar—, y exteriormente por un afilado Causeur. Y de repente, quién sabe si como justo premio a la constancia, los tiros comenzaron a entrar. Pero no de una manera razonable, humilde, coherente con lo que había sido el partido hasta ese momento. Una auténtica avalancha -21 puntos, 7 de 9- sepultó al Estrella Roja en la orilla y certificó la primera victoria visitante de los de Laso en esta Euroliga. Para los amantes de las fábulas, es posible que la actitud del Madrid encierre alguna moraleja. No obstante, por si acaso, convendría ensayar alguna alternativa ofensiva que involucrase más a los pívots. No solo por la inmoralidad de desperdiciar semejante potencial. Sino también porque la tenacidad suele confundirse con la obstinación, y la obstinación es, a veces, el sucedáneo más barato del carácter.

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