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La ley de la calle
Imagen de 'La ley de la calle'.

Cine

‘La ley de la calle’: madurar sobre una moto

‘La ley de la calle’ es un paseo por la primera juventud de todos, una de las películas que mejor refleja la belleza inepta de la pubertad.

“Tengo la sensación de pasarme la vida esperando algo”, se lamenta Rusty James en La ley de la calle (1983). Quizá esta frase nos acompañe toda la vida, pero lo cierto es que empezamos a escucharla en nuestra cabecita en una fase muy concreta: la adolescencia. Se trata de ese momento en la vida de todos donde solo cabe esperar. Esperar que llegue el fin de semana, el primer beso, la primera hazaña delante de tus amigos, la primera pelea, el primer viaje de verano o la primera contestación a tus padres.

Esperas, pero no sabes muy bien el qué, o para qué. Básicamente porque te has pasado la vida sin necesitar un sentido y de repente, tus hormonas no dejan de preguntarte inquisitivamente quién eres, a dónde vas y qué estás esperando. Una de las películas que mejor refleja la belleza inepta de la pubertad es La ley de la calle.

Su historia se forjó en la mente de Susan Eloise Hinton, una estadounidense de Oklahoma que, tocada por la vara del talento, fue capaz de convertirse con 18 años en una escritora reconocida y famosa gracias a su excelente novela Rebeldes. Años después, con 27, publicaría La ley de la calle. Ambas historias fascinaron a Francis Ford Coppola, que decidió llevarlas al mundo del séptimo arte.

Si bien en el primer caso la novela es muy superior al film, en el segundo sería la película quien ganase el pulso. La ley de la calle cuenta la historia de un adolescente, Rusty James, que se ha ganado el respeto de la calle a costa de ser el mejor luchador, el más bebedor, el más gamberro y el más follador. Además, le ampara el prestigio de su hermano mayor, El chico de la moto, que reinó antes de él en esos barrios y que decidió alejarse de la ciudad por un tiempo.

Los adolescentes son seres que necesitan reivindicarse constantemente. Se consideran el centro del mundo y todo lo que les aleje del papel protagonista es digno de protesta. La mejor manera de llamar la atención en ese sórdido mundo es ser el más malo y sin escrúpulos. En pleno apogeo callejero, Rusty James recibe la visita de su hermano mayor, que al contrario que él, ha madurado.

“Si diriges a la gente, debes tener adonde ir”, le espeta a su hermano pequeño. El chico de la moto representa ese estatus de sabiduría que aspiramos alcanzar en la vida. La autoreivindicación ha pasado a mejor vida y vivimos de forma sencilla, sin esperar nada sorprendente, porque no lo necesitamos. Uno de los personajes le define como “un rey en el exilio” y es la calificación perfecta.

La dirección de Coppola sobresale y la elección del blanco y negro es un acierto, pues le otorga profundidad y pausa a cada imagen (aunque fue escogido porque el personaje de El chico de la moto solo ve en blanco y negro). La película fue también una cantera ingente de estrellas prometedoras; Matt Dillon en el papel de Rusty James; Mickey Roorke como El chico de la moto; Diane Lane; Nicolas Cage; Dennis Hooper (este ya más conocido por entonces); Lawrence Fishburne…

La ley de la calle es un paseo por la primera juventud de todos. Un reflejo fiel de que todos abrimos los ojos y lo que pensábamos sobre el amor, las calles y los actos heroicos era falso, pues lo que nos pasó no era amor ni nada digno de llamarse heroico. Esta película y mis experiencias personales me sirvieron de inspiración para mi primera novela, Cresta, cazadora de cuero y la ausencia de ti, donde intenté hacer lo mismo que Rusty cuando vuelve a encontrarse con su hermano: enterrar una etapa. Descubrir este film en la adolescencia es una forma de sentirse menos solo.

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