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El Valencia es la alternativa más firme al Barça, el Madrid y el Atleti. / Foto: ZUMAPRESS.com/Cordon Press

Fútbol

¿Y si la Liga no la ganan ni el Madrid, ni el Barça, ni el Atleti?

Los tres grandes equipos de España se reparten los títulos ligueros desde hace catorce temporadas y su superioridad asusta, pero el deporte es imprevisible.

Cuando acudimos a las estadísticas, los números son desalentadores: el F.C. Barcelona, el Real Madrid y el Atlético de Madrid se han repartido todos los títulos de Primera División desde hace catorce temporadas y, desde hace 34 años, justo después de los dobletes consecutivos de Real Sociedad y Athletic Club para inaugurar la década de los ochenta, únicamente el Deportivo de la Coruña (en el curso 1999/2000) y el Valencia (en las campañas 2001/2002 y 2003/2004) aparecen como nombres diferentes a los de los azulgranas, madridistas y atléticos en el palmarés liguero. De hecho, la búsqueda de optimismo continúa siendo igual de desalentadora si bajamos un poco el listón (el Villarreal C.F. fue el último segundo clasificado no salido de la terna de los grandes, ya hace once campañas) o si nos conformamos únicamente con subir al último cajón del podio (en los últimos seis años, ningún conjunto que no sea el Barça, el Madrid o el Atleti ha terminado entre los tres primeros clasificados). La realidad, en este caso concreto, es igual de desmoralizadora que la estadística: la superioridad, económica y deportiva, del F.C. Barcelona, el Real Madrid y el Atlético de Madrid con el resto de sus rivales es tan evidente que asusta. Por lo tanto, apenas encontramos motivos para responder afirmativamente a la pregunta que algunos aficionados quizá se estén haciendo: ¿y si esta es la temporada en la que la Liga Española no la ganan ni el Madrid, ni el Barça, ni el Atleti? Podría suceder, no sería la primera vez (para ser exactos, sería la vigésima vez en 88 temporadas). Al menos, sí que hay un argumento para convencer a los dubitativos y a los de tendencia pesimista. Se trata del argumento de siempre, el mismo que nos hace seguir emocionándonos, pese a todo lo que sabemos y lo que intuimos, cuando vemos a veintidós hombres corriendo detrás de un balón: el deporte es, por definición, imprevisible.

Tal vez el Sevilla F.C. y el Real Betis Balompié estén ahora mismo lejos de reeditar los títulos que cosecharon en blanco y negro, y el Athletic, la Real Sociedad y el Valencia C.F. tengan menores oportunidades para competir de tú a tú con los tres grandes como sucedió en buena parte del siglo XX o tal vez no. Quizá muchos aficionados mantengan sin rechistar que ya, a estas alturas del fútbol moderno, es imposible que equipos como el RCD Espanyol o el Celta de Vigo emulen temporadas como las de la U.D. Las Palmas (segundo en el curso 1968/1969) o la del Sporting de Gijón (subcampeón en la campaña 1978/1979), pero también es verdad que azulgranas, madridistas y atléticos se dejaron puntos el año pasado en el Ciutat de València, el RCDE Stadium, Balaídos, Montilivi o Butarque como antes lo hacían en el barro, las verjas y el duro cemento de Atocha, El Molinón, Sarriá, El Sardinero, La Romareda, El Sadar o el viejo San Mamés. Puede que los agoreros defiendan que el Sevilla y el Valencia, los dos últimos cuartos clasificados, terminaron a 21 y 20 puntos, respectivamente, del campeón de la competición, si bien tampoco es menos cierto que lo hicieron situándose a tan sólo a seis y tres puntos, respectivamente, del Atleti y del Madrid, los terceros clasificados de las dos últimas competiciones ligueras. Al final, puede que, sin darnos cuenta, nos hayamos ido acostumbrando a los campeones de los 100 puntos (en las últimas nueve campañas, el primer clasificado siempre ha superado los 90 puntos), al tiempo que nos íbamos olvidando de que a veces las ligas de tres puntos también se han ganado sin avasallar: el Valencia de Rafa Benítez sumó 75 y 77 puntos; el Dépor de Jabo Irureta, 69. A veces basta con saber detectar corrientes e inestablilidades. A veces es suficiente con trabajar y callar, con aguardar escondido entre la sombra. A veces simplemente hay que estar en el lugar y en el momento adecuados.

A priori, sin haberse iniciado la competición, sin que el esférico conceda y quite razones traspasando o no la línea de gol, ¿por qué tenemos que descartar como legítimos contendientes al Valencia, al Sevilla, al Villarreal o al Betis? ¿Por qué nos negamos a creer que escuadras como la Real Sociedad, el Athletic, el Celta o el Espanyol tienen la capacidad suficiente para crecer exponencialmente en su juego y en su balance de resultados? ¿Por qué no queremos fantasear con tener nuestro propio Leicester? ¿El Eibar? ¿El Lega? ¿El Alavés? Ojalá el Rayo, ¿por qué no? ¿Por el poder del dinero del Barça, del Madrid y del Atleti, y por lo que nos dicta el pasado más reciente? ¿Por la variedad de sus plantillas y por la calidad de sus jugadores? No cabe duda de que todos ellos son factores determinantes a la hora de luchar por un campeonato liguero, que regalan ventaja exponencial al que cuenta con ellos, pero la única certeza que entiende el fútbol es la que aparece cosida al cuero de la pelota. Como ya ha sucedido otras veces en el pasado, azulgranas, madridistas y atléticos pueden caer derrotados en su visita al campo del Real Valladolid y el día que eso ocurra en Zorrilla seguirá haciendo el mismo frío que ha hecho siempre. Hay cosas que nunca cambian ni con la tecnología, el progreso o los siglos que nos faltan por vivir.

Si se detienen a pensarlo durante algunos momentos, aunque pueda parecerles mentira, algo así como un argumentario sacado de un frenopático, el F.C. Barcelona, el Real Madrid y el Atlético de Madrid también tienen un punto débil en esta nueva campaña liguera que va a empezar. Se trata de la obsesión. La obsesión por ganar la Champions League. Una obsesión que a cada uno de ellos, a su manera, les condena. Al Barça porque su pretérito complejo de inferioridad no le permite aceptar que la mejor generación de jugadores de su historia, comandada por Messi, haya ganado en la última década un título menos de la vetusta Copa de Europa que su máximo rival y extremo opuesto en el vaso comunicante, el Real Madrid. Al Atleti porque la final en el Wanda Metropolitano (y tener, presumiblemente, su mejor plantilla en décadas, quizá hasta en milenios) es la excusa perfecta para conseguir lo único que el “partido a partido” de Simeone no ha podido lograr, la ansiada Champions, la que le vacune de la enfermedad que le inocularon en Bruselas y que regresó febril en Lisboa y Milán. Al Madrid porque su ADN no tiene fosfato ni azúcar, sino camisetas blancas con parches con la silueta de La Orejona en sus mangas. Una obsesión que les ofusca y que les inquieta, que permanece latente para desviar su atención hacia Europa cuando la competición doméstica empiece a emponzoñarse, cuando los traspiés lleguen o cuando rivales inesperados se sumen a la lucha por el título, llamémosles Valencia, Sevilla, Betis o de la forma que ustedes prefieran. El Real Madrid conoce a la perfección esa sensación de dejarse llevar por la corriente al sur del Monte Perdido y arrasar cabalgando al norte de la Col du Tourmalet. Le ocurrió en la Séptima (cuarto en Liga, con Athletic y Real Sociedad por delante), en la Octava (quinto, con Dépor, el campeón, Valencia y Real Zaragoza en mejor posición), en la Novena (tercero, con Valencia, el campeón, y Dépor por encima), e, incluso, en parte, hasta el año pasado en la Decimotercera (tercero, a 17 puntos del primer clasificado). Y al igual que le ha ocurrido al Madrid, ahora también les puede suceder al Barça y al Atleti, equilibrados con el paso de los años en grandeza con los madridistas, con las virtudes y defectos que esa situación de privilegio conlleva. Únicamente se necesita que el tiempo corra a favor, que algún equipo imprevisto (Athletic, Real Sociedad, Villarreal, el que sea) prenda la mecha de la incertidumbre y que las victorias esperadas de antemano en campos como El Alcoraz, el Coliseum Alfonso Pérez o Mendizorroza se conviertan, a la hora de la verdad, unas veces en empates, otras veces en derrotas. La obsesión te marea tanto que puedes terminar hundiéndote en el suelo.

Insistimos, ¿y si la Liga no la ganan ni el Madrid, ni el Barça, ni el Atleti? Es una hipótesis entusiasta que nos sirve como punto de partida para intentar llegar a algún lugar más o menos lejano, pero que necesita imperiosamente intérpretes para su ejecución. El Valencia de Marcelino García Toral parece el mejor candidato a aceptar el rol de protagonista: el año pasado ya superó los 70 puntos, ha logrado mantener la base de su plantilla y se ha reforzado con futbolistas que conocen la competición (Gameiro, Piccini, Wass, Cheryshev) y que le tienen que dar un salto de calidad (Batshuayi, la compra definitiva de Kondogbia, el esperado regreso de Guedes). En cualquier caso, el conjunto valencianista no es la única escuadra con posibilidades de dar la sorpresa si se prende la mecha de la incertidumbre, si explota la bomba de lo insospechado: el nuevo Sevilla de Machín cuenta con jugadores para poder descifrar el dinamismo del técnico soriano (Aleix Vidal, Sarabia, Roque Mesa, Banega, André Silva), el Villarreal continúa reforzándose adecuadamente (Gerard Moreno, Ekambi, Layún, Funes Mori) y progresando sin hacer ruido, y el Betis de Setién ha conseguido ya ser lo suficientemente atractivo para que deseen pertenecer a su plantilla meritorios del fútbol español (Inui, Canales, Pau López, Sidnei) y futbolistas consagrados en Champions, Mundiales y Eurocopas (William Carvalho). Incluso, también se podría considerar a algún outsider como lo fue el Leicester, que sepa aprovechar su menor carga de partidos cuando el cansancio de los encuentros de entre semana aparezca en los equipos de competiciones europeas: el Espanyol de la continuidad en su plantilla (y del goleador Borja Iglesias), la Real Sociedad de Asier Garitano, el Athletic de Berizzo o el Celta de Iago Aspas.

Valencia, Sevilla, Villarreal, Betis, Athletic, Real Sociedad… Nombres que aparecen escalonados en una lista de candidatos a hacer posible lo imposible, pero que también manifiestan sus propios puntos débiles: sobre todo, la presencia en la competición del F.C. Barcelona, el Real Madrid y el Atlético de Madrid. Porque si que uno de los tres grandes naufrague a lo largo de 38 jornadas ligueras suena realmente complicado, que lo hagan los tres a la vez ya es más una cuestión cercana a la ciencia ficción.

Pero da igual. El deporte es imprevisible. Ha llegado el día. Empieza la Liga. Sueñen. Y que sean los designios del balón los que dictaminen al nuevo campeón.

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