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Opinión

La línea Maginot

El año pasado Florentino, nuestro Petain particular, tuvo que decidir cómo hacer frente a una situación caótica provocada por el declive de un proyecto post-Cristiano que murió antes de nacer siquiera.

Aún no se había disipado el humo de la pólvora disparada durante la Primera Guerra Mundial cuando los franceses ya estaban pensando cómo defenderse de sus belicosos vecinos alemanes e italianos. Si algo tenían claro las autoridades era que tarde o temprano tendrían que volver a vérselas con ellos. Por eso, apenas firmado el armisticio de Compiègne el 11 de noviembre de 1918, el gobierno francés pidió a sus militares que presentasen ideas para hacer frente a una posible nueva guerra.

Como sucede siempre en la vida, las ideas originales, frescas y que podían haber funcionado fueron descartadas y en su lugar se eligió un proyecto tan aparatoso y caro como anticuado: levantar una línea de murallas y fuertes a lo largo de toda la frontera, que sirviesen de defensa y al mismo tiempo disuadieran a los alemanes de intentarlo. Era un proyecto absurdo, promovido por generales ancianos que seguían anclados en las guerras de trincheras del siglo XIX y que no supieron, o no quisieron, ver que la guerra del futuro acechaba al otro lado de esa línea megalomaníaca a la que bautizaron como Linea Maginot, en honor de uno de sus principales impulsores.

La construcción de este monstruo anacrónico se prolongó durante una década y se llevó por delante miles de millones de francos de la época, además de empeñar la mayor parte de los esfuerzos militares de los franceses. Y todo, para nada. En 1940 Hitler ordenó la invasión de Francia, sin declaración de guerra ni más requisitos, y las tropas alemanas, que a su vez habían dedicado aquella década a modernizarse y mejorar su ejército con la introducción de la aviación y los tanques, simplemente ignoraron la famosa línea y en tiempo récord invadieron Holanda, Bélgica y Luxemburgo, rodeando las fortificaciones por detrás. En unos días todos los fuertes de la línea se vieron sitiados por ambos lados, sin suministros y sin apoyo aéreo y cayeron sin apenas poder ofrecer resistencia. Antes de un mes toda Francia estaba en manos alemanas…

El año pasado Florentino, nuestro Petain particular, tuvo que decidir cómo hacer frente a una situación caótica provocada por el declive de un proyecto post-Cristiano que murió antes de nacer siquiera. Podía haber optado por otro proyecto innovador y renovador, al igual que aquel gobierno francés podía haber seguido el consejo de Charles de Gaulle, que proponía invertir en armas modernas, aviación y carros de combate. Pero como a las anquilosadas autoridades francesas, le pudo la nostalgia, el recuerdo de épocas mejores y el temor a los cambios. Y depositó todas su esperanzas (y las de todo el madridismo) en una gloria pasada, en una estrella que brilló en otros tiempos y otras circunstancias.

Al igual que Maginot, nuestro estratega dispuso de tiempo y dinero para proponer y ejecutar un plan que nos rescatase de la frustración y nos proyectase a la victoria y la gloria deportiva. Lo malo es que igual que aquel Maginot, el nuestro también seguía viviendo en otra época y en otras batallas, creyendo que la guerra de trincheras, en la que él tanto había destacado, era el presente y el futuro. Y el futuro ya lo había dejado atrás antes incluso de poner la primera piedra de su línea de fuertes. Nuestro Maginot se fundió 298 millones de euros en fichajes (el gasto más alto de todos los equipos de la liga BBVA esta temporada, no lo olviden) y ordenó bajas y altas a su gusto para, en sus palabras, “cambiar muchas cosas”.

Y al final las dos líneas Maginot, la francesa y la madridista, se vinieron abajo casi antes de tener la oportunidad de empezar a funcionar. Las superaron los nuevos tiempos y los nuevos ejércitos, que no entienden de nostalgias ni de glorias pasadas y que no tuvieron ni la más mínima piedad con proyectos mal diseñados y peor ejecutados.

A Francia aquel error de cálculo le costó la derrota en la II Guerra Mundial, la ocupación alemana durante un lustro y la vergüenza, convenientemente disimulada por su proverbial grandeur, de no haber sido capaces de hacer frente, ni siquiera un poquito, a la maquinaria de guerra nazi.

Al Madrid todavía está por ver cuánto le va a costar el suyo. Por de pronto, el sentido común indica que tanto Florentino como su Maginot deberían asumir su fracaso y dar un paso al lado. Y, por supuesto, a los que vengan después les espera una tarea titánica. A lo que era una renovación necesaria y no realizada le siguió una revolución de chichinabo, así que ahora toca un reseteo profundo, un partir prácticamente de cero porque poco de lo que hay va a poder ser utilizable.

Solo nos queda rezar para que el siguiente proyecto lo presente un de Gaulle y no otro Maginot. Duele pensar que ayer nuestro centro del campo se lo comió con patatas un tal Idrissa Gana Guaye, que le costó al PSG 32 millones de euros. Porque el fútbol moderno, como la guerra moderna, se juega en otro tiempo distinto al de los fuertes y los Pogbas multimillonarios. Pero para eso hay que saber lo que quieres y dónde encontrarlo…

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