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Tiger Woods, durante un torneo.

Golf

La vida sin Tiger

Tiger vuelve. Desde que no es él mismo, Woods no ha dejado de intentarlo. Una muestra de un héroe que quiere ampliar el tamaño de su eterna sombra.

Tiger Woods, en el British. | CORDÓN

La vida sin Tiger

Tiger Woods vuelve. Será a finales de noviembre, en el Hero World Challenge, su torneo. Esto no es nuevo. Llevamos así ocho largos años, sufriendo cada regreso bajo un paraguas de ilusión, como si el golf hubiera estado roto, enterrado, latente todo este tiempo, esperando a su mesías, a un salvador que lo sacara de la banalidad de los humanos que hoy lo juegan. Sin embargo, ¿y si lo mejor que le ha pasado al golf ha sido la desaparición de Tiger Woods? El golf le ha esperado todo este tiempo por respeto y aprecio, pero no ha desaprovechado la oportunidad para explotar nuevos talentos y espectaculares pasiones. Ahora, él tiene que dar la talla. Aprovechar una nueva oportunidad.

Un nuevo escenario

Corría el año 2009, finales del mes de noviembre. Eldrick Woods, o simplemente Tiger, el hombre más importante de la historia del golf moderno sufría un accidente de coche que desataría una de las grandes tormentas mediáticas de los últimos años. Infidelidades, excesos, adicciones. Un cóctel peligroso hasta para el propio Woods, uno de los hercúleos GOAT (Greatest Of All Time) para la siempre dramática opinión estadounidense. Desde entonces, retiradas y regresos se han sucedido progresivamente, sin mayor noticia que el lamento general de rivales y aficionados de no poder contar con el californiano, muestra del profundo respeto que Tiger merece y provoca.

Terminada la temporada 2016-17, Tiger sigue de perfil ante la apasionante escena del golf mundial. Camino de cumplir 42 años, ni él mismo se atreve a vaticinar si su enésimo regreso será el definitivo; la espalda, mesa de pruebas de casi una decena de intervenciones, no soporta su ambición, hasta el punto de que el propio Tiger no conocía hace pocas semanas si sería capaz de volver a mover un palo de golf. Entre otras razones, puede que por temor, porque el golf ha cambiado mucho, sobre todo, en el último quinquenio. Y todo gracias a él.

 

“Inconscientemente, él mismo ha cavado su propia tumba, porque su ambición obligó a desarrollar mucho todo lo que rodeaba al golf. Cuando llegó, en 1997, iba claramente más largo que el resto de jugadores. Es decir, cuando fallaba calle, siempre estaba más lejos que los demás, pegaba menos palo y tenía más precisión; cuando lo dejó en 2009, ya estaban todos a su nivel. Ahora se va a encontrar con gente que hacía lo mismo que él le hizo al resto hace dos décadas. Aunque para el resto el cambio del golf es positivo, para Tiger, no. Es ahora esclavo de sus decisiones y ambiciones”, analiza Álvaro Beamonte, Director de la Escuela de Golf Beamonte.

Un legado venenoso

Es en este preciso instante cuando nos preguntamos si Woods ya ha hecho todo cuanto podía hacer por el golf. La respuesta, independientemente de si puede volver o no a jugar, es claramente afirmativa; no solo por haber impulsado exponencialmente la imagen del golf, por haber estimulado la entrada de tecnología más avanzada y precisa, por haber ‘atletizado’ el deporte o por haberlo llevado a una dimensión económica inalcanzable hace años. El mayor valor que Tiger ha aportado al golf es el legado de golfistas que ha dejado al mando de su imperio y que son la principal amenaza mental que se encontrará el Tigre. Jordan Spieth. Rory McIlroy. Jason Day. Dustin Johnson. Sergio García. Jon Rahm. Justin Thomas. Patrick Reed. Hideki Matsuyama. Rickie Fowler. Brooks Koepka. Justin Rose. Y un eterno etcétera.

“Tiger generaba una presión absoluta que hacía que muchos jugadores no pudieran rendir de verdad”, comenta Nacho Gervás, Director Deportivo de la Real Federación Española de Golf. Sin embargo, ese temible respeto ya no tiene la misma definición ni efecto: “Por un lado, tenemos jugadores que no han vivido su época y que no han competido contra él. No tienen la misma sensación de respeto sobre el campo. Antes salía al campo con una ventaja tremenda, ganaba muchos torneos por su calidad, pero también porque los demás los perdían, porque no supieron ganar al mito. Él sabía que los tenía a todos”. Excepto a uno: José María Olazábal. “Butch Harmon –histórico entrenador de Tiger, entre otros golfistas de élite– dijo una vez viendo a Olazábal en un British Open que Chema es el único jugador al que Tiger tiene miedo, porque sabe que Chema es el único que no le tiene miedo a él”, comenta Gervás.

¿Qué pasará ahora?

Durante años, el golf ha buscado un nuevo rey, un sucesor que quisiera llevar sobre sus hombros el peso que asumió Tiger durante más de una década. “La gente necesita héroes y ponerse del lado del ganador. A los que hemos competido nos gusta ver la lucha. El que aparezca Tiger cambiará el foco hacia él, pero de forma temporal. Corre el riesgo de tener un regreso amargo”, explica Gervás. Sin embargo, el golf masculino está experimentando con gran pasión ese caudal de alternativas, donde nadie domina y todos someten y que ha dotado al deporte de un áurea de emoción, tal vez, superior a cuando Tiger exageraba en ganar todo sin compasión.

En cualquier caso, parecen demasiados problemas para el Woods más desafiado de la historia. Beamonte va más allá: “Un icono tiene que cuidar mucho su imagen porque es una referencia; Tiger no lo ha hecho. Todos saben que es vulnerable”. Una sensación que Woods no ha dejado de transmitir en sus regresos. «Antes era imbatible, hasta que perdió el PGA Championship de 2009 con YE Yang en Hazeltine”, explica Beamonte. Entonces, y por primera vez en su carrera, Tiger fue incapaz de ganar donde antes era infalible y, probablemente, será la realidad que persiga al americano en su nueva vuelta. “Puede ganarlo todo, pero no volverá a ser el mismo, eso es irrepetible”, finaliza Beamonte.

 

El dilema que persigue a todo el mundo es que detrás del Tiger que ha defraudado siempre ha estado el Tiger humano. Un campeón único, capaz de ilusionar con el simple hecho de aparecer con un palo de golf entre los dedos, de silbar entre las paredes de un vestuario la canción Eye of the Tiger para un anuncio, de enfundarse un polo rojo una tarde de domingo, de volver a construir lo que él mismo se empeñó en romper, de volver a ser una leyenda. Bienvenido y suerte, Tiger, disfruta de ti mismo. Porque, como dice la canción, “you break me down, you build me up, believer, believer”.

No nací un bunker, pero sé bien, o eso creo, qué hacer para no pasarme la vida dentro de uno de ellos. Me gusta el golf hasta el punto de dormir en la misma habitación que mis palos, de hablarles durante la vuelta para que se sientan cómodos y de no meter una caja de bolas en la bolsa el mismo día que voy a jugar porque creo que no les ha dado tiempo a confraternizar con los hierros. Lo dicho, un friqui del golf.

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