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Bebé forzó un penalti en la primera mitad. / Foto: Cordon Press

Rayo

La volatilidad del fútbol empata en Anoeta

La Real Sociedad dominó gran parte de la primera mitad, pero el Rayo Vallecano remontó y sólo un gol de Willian José en el tramo final pudo poner el empate definitivo

Hay un factor inherente al fútbol que es difícil de explicar: su volatilidad. Es lo que convierte a un partido en algo mutable, inestable, en el que el axioma es conocido de sobra por todos: si tu veredicto llega antes de la conclusión, lo más seguro es que sea equivocado. Por ejemplo, esta noche, en el remozado Anoeta, tras ver la primera media hora, mucha gente pensó que la Real Sociedad, con un gol de ventaja en el marcador, sumaría al término de los noventa minutos su tercera victoria de la competición porque hay encuentros que se dibujan según la ley que nos marca el tiempo: con el paso de los minutos, los espacios aumentan en el terreno de juego y llega la usual sentencia, más si cabe si el que va por delante en el luminoso es el conjunto que ejerce como local. Sin embargo, esta noche, al descanso en Anoeta se llegó con un triunfo momentáneo de un Rayo Vallecano que pareció definitivo durante buena parte de la segunda mitad pero que se convirtió en empate a su término. La explicación más posible es también la más acertada, pese a ser etérea, sutil, algo vaga: el fútbol, por naturaleza, es mudable.

 


A los dos minutos del inicio del choque, Mikel Merino no consiguió rematar completamente solo delante de Alberto. Tres minutos después, Jon Bautista sí que aprovechó un pase en largo de Sangalli para batir al portero rayista (1-0 minuto 5). Pese a, como siempre, acumular llegadas (Bebé disparó fuera de la frontal, Rulli apareció en dos intentos forzados de Raúl de Tomás tras un centro en banda derecha, el propio RDT disparó alto desde fuera del área), el  Rayo Vallecano sufrió en la salida de balón por la presión ejercida por los donostiarras y naufragó al espacio concedido a la espalda de sus centrales, Gálvez y Amat. En San Sebastián, la sensación tácita, silenciosa pero palpable, era que el segundo gol de la Real Sociedad estaba por llegar, rondando su aparición en cada jugada. Más todavía cuando Alberto tuvo que salvar un nuevo mano a mano de Bautista después de un rechace de la saga vallecana. Más todavía cuando Advíncula fue el único que consiguió interponerse entre Oyarzabal y el gol tras una asistencia del propio Bautista. Pero, entonces, compareció la volatilidad.

Fue en el minuto 31 del encuentro. Un centro en banda izquierda de Álex Moreno tocó en un defensa donostiarra y llegó, alto pero manso, a los dominios de Rulli. Acto seguido, el balón se le escapó en su intento de blocaje al portero argentino, que pidió una posible falta de Medrán en el cuerpo a cuerpo (tras ver una y otra vez la repetición, no parece que haya nada punible), y llegó muerto a Advíncula para rematar a la red el empate (1-1 minuto 31). Cinco minutos después, Zaldua derribó a Bebé dentro del área y Trejo batió a Rulli desde los once metros (1-2 minuto 36) para poner al Rayo por delante antes del tiempo de descanso. El fútbol, dijimos, es volátil.

De hecho, la volatilidad del balompié continuó presente tras la reanudación, con un Rayo sintiéndose más próximo a un triunfo que no terminó de alcanzar. Los contraataques fueron para los de Míchel y la posesión, casi siempre inofensiva y estéril, para los de Asier Garitano. La Real Sociedad gozó de tímidas ocasiones para igualar (especialmente, un cabezazo de Mikel Merino que salvó su compañero Héctor Moreno y otra aproximación de Willian José), pero a la recta final se llegó con mejor futuro para los vallecanos. Hasta el minuto 78, justo en el instante en el que el propio Willian José (ayudado por Gálvez) cabeceó a gol un centro desde la banda derecha de Zaldua (2-2) para poner un empate que ya sí que fue definitivo. Al menos, cuando el árbitro pitó tres veces su silbato. Cualquier veredicto anterior hubiera sido errado.

Periodista en retirada. De Guadalajara a Madrid, pero siempre volviendo al punto de partida. Se marchó a vivir a Estados Unidos porque estaba cansado de trasnochar para ver deporte, dormir poco y levantarse con sueño. Ahora, las ojeras en la cara vuelven a ser su seña de identidad

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