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Gattuso, nuevo entrenador del Milan.

Internacional

Gattuso y el Milán, laberinto en rojo y negro

La derrota en el último instante del Derby della Madonnina es el último gran golpe que encaja el Milán. Gattuso parece no estar a la altura de un equipo que sigue sin levantarse de una prolongadísima siesta.

Muchos hinchas del Milán habrán querido despertarse de la pesadilla del minuto 92, esa en la que el capitán del archirrival sentencia el derby de la ciudad cuando el empate –y con él, la incómoda liturgia de la vida cotidiana- parecía instalado. Pero la pesadilla era real. Mauro Icardi castigaba al joven Donnarumma y corría incrédulo a celebrar con su gente, ante los ojos de un Giusseppe Meazza que se partía en dos. Como la ciudad que lo rodea.

Salvo una goleada catastrófica en contra, no hay peor manera de perder un derby que como lo hizo el Milán: jugando mal y cediendo en el último instante. La derrota del domingo es una puñalada en el corazón de la afición pero también en el de los jugadores y, sobre todo, en el de Genaro Gattuso (aunque es probable que Rhino tenga una armadura de piedra alrededor).

Uno de los símbolos del Milán del siglo XXI, el ex mediocentro tomó las riendas del equipo en noviembre del 2017, reemplazando a Vincenzo Montella. En su defensa, vale decir que heredó un plantel mal armado, casi deprimido, letárgico.

Se decía en Italia, más allá de la buena racha inicial de Gattuso al asumir el equipo, que recién se podría evaluar al nuevo técnico una vez que él hubiera armado su plantel, de cara a la temporada que se está jugando. Tras ocho partidos disputados en este curso, parece correcto decir que Gennaro no estuvo a la altura, igual que sus jugadores.

El Milán armó un plantel con ciertas carencias y con fortalezas muy marcadas. Se aseguró en las dos áreas: en el ataque, compró una veintena de goles con Gonzalo Higuaín, uno de los delanteros más temibles de la última década, experto en quebrar las graníticas defensas italianas. En la defensa, perdió a Bonucci en una de las transferencias más extrañas que se recuerden, pero fichó en reemplazo a Mattia Caldara, una de las grandes promesas del fútbol italiano. Junto a él, los centrales Mateo Musacchio y Alessandro Romagnoli parecían garantizar una seguridad defensiva indispensable para luchar por uno de los primeros cuatro lugares de la tabla.

Luego, llegó a préstamo Tiemoué Bakayoko, un jugador interesante pero que cumple exactamente la misma función de Franck Kessié, ya establecido como interior en el equipo. Llegó también Samu Castillejo, una especie de imitación en borrador de Suso, otra de las figuras del cuadro. Increíblemente, con todos los millones que ostenta y que gastó en el mercado de fichajes, el Milán no compró un extremo izquierdo –por más que Gattuso jugaría sí o sí con dos extremos- y terminó dependiendo, por ese lado del campo, del limitadísimo Fabio Borini y del sobrevaluado Hakan Calhanoglu, una joya en los juegos de vídeo y un jugador más bien intrascendente en la vida real.

Si a eso le sumamos que el metrónomo del equipo en la sala de máquinas es un venido a menos como Lucas Biglia, que parece haber dejado todo su fútbol en Roma, donde brillaba en la Lazio, y que la gran esperanza local es Patrick Cutrone, un heredero de Inzaghi que vivirá a la sombra de Higuaín hasta que el argentino decida marcharse, la temporada 18/19 pinta como un nuevo calvario para el cuadro que más Champions ha ganado en Italia.

Tras la dolorosa derrota frente al Inter, pareciera que el futuro de Gattuso, tan adorado por los fanáticos del Milán, es oscuro. El equipo lombardo pide a gritos un entrenador experto que sepa trabajar con las limitaciones que caracterizan al plantel actual. Tendrá también que sacar la cartera en invierno si quiere dejar de deambular en los puestos de Europa League, esa copa que para un club top del viejo continente suena como un mero placebo.

El Milán tiene que estar en la Champions porque, una vez dentro, su mística lo lleva por naturaleza a pelear con los más fuertes. Pero para llegar, tiene que cambiar muchas cosas. Y pareciera ser que su técnico, como suele suceder, será el primer señalado.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

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