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Las Vegas, comienza el espectáculo. DIEGO DE LA RICA

Viajes

Viva Las Vegas (y más sus alrededores)

Las Vegas, la ciudad del entretenimiento, no defraudará a quien busque eso. Y sus alrededores tampoco a quien quiera otro tipo de vacaciones.

Pongamos las cartas sobre la mesa, algo más que normal en la ciudad más famosa del estado de Nevada: mi mujer y yo no hicimos el viaje porque quisiéramos ir a Las Vegas, sino que las circunstancias nos llevaron allí. Mi hijastro es acróbata en un espectáculo del Cirque du Soleil y queríamos visitarle y verle en acción en directo. Este punto de partida tampoco quiere decir que todo el texto sea un desprecio del turismo habitual que recibe la ciudad.

Las Vegas es, sin duda alguna, un lugar único, un gran parque de atracciones donde los vicios están permitidos desde el principio de sus tiempos. Siendo una ciudad fundamentalmente nueva, no tiene esos lugares históricos que sí tienen tantas ciudades europeas, por ejemplo. Desde mi punto de vista es una ciudad artificial, creada con un propósito único. Las Vegas se fundó en 1905, y hasta 1925 apenas contaba con 5,000 habitantes. Fue en 1931, con la construcción de la Presa de Hoover, cuando Las Vegas empezó a convertirse en lo que es hoy. La necesidad de mano de obra multiplicó la población por cinco, y esa nueva población, fundamentalmente masculina y sin raíces en la zona, necesitaba ocio mientras no trabajaba. Así llegaron los casinos, las showgirls e, inevitablemente, las mafias. Mientras el resto de Estados Unidos sufría las consecuencias de la caída de bolsa de Nueva York, Las Vegas crecía.

Todo lo que describía la canción de Elvis (o la versión de ZZ Top para quien la prefiera) se localiza en Las Vegas Strip, o simplemente The Strip, una anchísima y larguísima avenida donde se acumulan los hoteles/casino, los espectáculos, las luces de neón, el logotipo de “welcome to Las Vegas” donde se fotografían los turistas, la gente de fiesta, las ofertas de compañía femenina, las góndolas que no son venecianas o la Torre Eiffel que no es la de París, las máquinas tragaperras o las mesas de poker y black jack. Indudablemente, quien busque ese tipo de viaje lo va a encontrar y no va a salir defraudado. Cabe resaltar, eso sí, que en cualquier restaurante o bar el servicio es excelente. En una ocasión me dijeron que no me cobrarían porque se habían retrasado en exceso al servir mi comida. No podría ser de otra forma: los empleados dependen de las propinas para llegar a un sueldo decente, y la ciudad depende del turismo.

Además de The Strip, en la ciudad destaca Freemont Street, que es lo mas parecido a un casco antiguo. La calle, como no puede ser de otra manera, está llena de restaurantes, bares y casinos, además de un zipline y varios lugares marcados con un círculo donde cualquier persona se puede colocar y hacer un espectáculo, disfrazare o simplemente pedir dinero para seguir apostando o para comprar marihuana. Cerca de Freemont Street está el Museo de la Mafia, the Mob Museum, en un antiguo juzgado. La sala donde se llevó a cabo parte de las investigaciones contra la mafia es hoy en día parte de la exhibición. La visita resulta muy entretenida para quien tenga interés en el tema; además de contar parte de la historia de Las Vegas, contiene actividades y múltiples vídeos.

Con la excepción del excelente espectáculo del Cirque du Soleil, lo mas destacable de la visita a Las Vegas para mí estaba fuera de la ciudad, y eso que en esta ocasión no fuimos al Gran Cañón. Nada mas salir de la ciudad llama la atención el contraste entre las luces de la ciudad y el paso a la inmensidad del desierto del Mojave (que se extiende 124.000 km2) sin que haya apenas transición.

Dentro del desierto está Red Rock Canyon, una reserva natural dominada por rocas rojizas, como sugiere el nombre, además de árboles de Josué y algunos animales del desierto. El área es habitualmente usada por aficionados a la escalada, a caminar o a montar en bicicleta. Hay una carretera de 21 kilómetros en círculo con miradores y áreas de descanso donde las vistas son espectaculares y tranquilas, en total contraste con el dinamismo de Las Vegas.

Siguiendo en dirección noroeste está el Monte Charleston, que sobrepasa los 3.500 metros de altitud y cuya cima está cubierta de nieve al menos seis meses al año. Sorprende de nuevo el cambio de decorado en apenas unos kilómetros, pasando del desierto a un monte de altísimos árboles, cabañas, zonas de camping. Es un área de nuevo visualmente impactante y en el restaurante cerca de la cima sirve muy buena comida. Una visita que merece la pena.

En dirección opuesta, saliendo de Las Vegas en dirección sureste hacia Arizona, justo en el límite entre los dos estados, se encuentra la mencionada Presa de Hoover. Teniendo en cuenta que se construyó en los años 30 resulta un ejercicio de ingeniería nada despreciable, pero a estas alturas del viaje la belleza natural del paisaje me había conquistado. La presa se surte de agua del Lago Meade, parte del río Colorado. El lago tiene una zona recreativa donde se pueden alquilar embarcaciones. Allí de nuevo pasamos un día de absoluta calma rodeados por un paisaje dominado por sus rocas rojizas (por algo el río se llama Colorado) donde fácilmente podría imaginarse el rodaje de un western de los de antes, aunque no fueron filmados allí.

Nos queda para otra ocasión seguir más allá del Monte Charleston hacia el Valle de la Muerte, y pasar de largo del Lago Meade hacia el Gran Cañón, aunque con sus más de 400 kilómetros de longitud su presencia es evidente a gran distancia.

Las Vegas, la ciudad del entretenimiento, en la que Elvis desearía que los días duraran más de 24 horas para poder seguir de fiesta, no defraudará a quien busque eso. Y sus alrededores tampoco decepcionarán a quien quiera otro tipo de vacaciones.

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