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Augusto César Lendoiro.
Augusto César Lendoiro.

Fútbol

¡Resiste, Lendoiro!

Después de cinco semanas en la UCI, debatiéndose entre la vida y la muerte, quien fuera presidente del Deportivo parece a salvo. Y nuestros recuerdos también.

Acaba de salir de la UCI después de cinco semanas. Hoy todos somos Augusto César Lendoiro (A Coruña, 1945), el hombre que nos traslada a un tiempo que ya nos parece imposible: el Superdépor. Un ejercicio de nostalgia que nos llena de motivos para escribir. También nos recuerda que el fútbol nos hace mayores, que todo pasa y lo duro que es esto de perder la salud. Pero esto es la vida representada hoy en la lucha de Lendoiro, que tiene la edad de nuestros padres y que no se da por vencido. Por eso su lucha es la nuestra. La de este hombre con ese inacabable bulto en el cuello, esa sonrisa que parece una sentencia y ese lenguaje que ganó tantas negociaciones como aquella en la que le prometió a Bebeto que “la playa de Riazor era como una pequeña Copacabana”. A los tres o cuatro días, Bebeto estaba descargando las maletas en el aeropuerto de Barajas.

Por eso, Lendoiro nos traslada a un tiempo que nos hace mejores, casi imposible de no admirar ni de poner de ejemplo. Fue un ritmo casi imposible de mantener y que no duró siempre porque, en realidad, nada es para siempre.

Hoy, Lendoiro quizá sea un personaje distante para las nuevas generaciones. Un hombre ya pasado de moda. Pero su legado es tan magnífico que esas cinco semanas que ha pasado peleando en la UCI, en las que ha sido capaz de salir hasta de un coma, tal vez representan una metáfora inigualable de su vida. El legado de un hombre que no se rendía nunca y que sonrió tantas veces cuando le decían que el Depor tenía solo tres directivos, Augusto, César y Lendoiro, porque tal vez fuese así. Pero, por encima de todo, fue un hombre que resumió el fútbol sin necesidad de retórica: “Son ciudades que luchan frente a ciudades”. Y en ese escenario, en un mundo que se había desilusionado con esa posibilidad, Lendoiro nos demostró que, en la década de los noventa, un equipo de provincias todavía podía aspirar a todo. Y si en los setenta fue el Sporting y en los ochenta la Real Sociedad y el Athletic, en los noventa lo fue el Superdépor hasta el punto de no celebrar un subcampeonato de Liga, la primavera del 84, el maldito penalti aquel de Djukic, las manos echadas a la cabeza de Lendoiro en el palco. Aquella fotografía es uno de los símbolos impecables de una época en la que, sin embargo, el Deportivo fue cosa de años.

Súperdepor.

Súperdepor: Liaño, Djukic, Aldana, Mauro Silva, Albístegui, Ribera, Rekarte, Bebeto, Fran, Nando y Claudio.

Por eso, paseando por las calles de Riazor todavía hay viejos bares, empapeladas las paredes con fotografías de la época, en los que ponen de ejemplo la letra de aquella canción de los Riazor blues: “Cómo me voy a olvidar que el Deportivo ganó la Liga si es lo mejor que me pasó en la vida”. También lo decía Lendoiro y lo dirá ahora en la cama de ese hospital, él, que fue el precursor de todo aquello. El hombre cuya biografía tampoco contestó las leyes de la vida: el éxito y el ocaso. El mismo que convirtió al Superdépor en el segundo equipo de tantos españoles; el mismo que siempre negociaba por las noches, “porque entonces nadie te interrumpe” y el mismo que tampoco fue perfecto.

Fueron 25 años con un inicio que nos dejó marcados. Quizá por eso siempre que uno vuelve a  Coruña lo primero que le viene a la memoria es aquel Superdépor, la publicidad de Feiraco en las camisetas, el ruido del mar que acompañaba a cada gol y la literatura del periodista Juan Barro en las crónicas del equipo en Estudio Estadio los domingos por la noche.

Entonces no había tanta información como ahora y tal vez por eso uno recuerda aquellos años como un magnífico alegato al romanticismo. Sobre todo, el año 93, la primera vez que el Deportivo desafió la Liga y la perdió en el Bernabéu un sábado por la noche. Bebeto y Mauro Silva representaban el carnet de identidad de aquel equipo, pero a su alrededor no sólo estaba la zurda de Fran o la indomable mirada de Claudio. En el interior de aquel equipo había un portero como Liaño, que no valía para el Racing (el equipo de su tierra); un central venido del Sestao como Ribera y gente como López Rekarte o Aldana cansados de la suplencia en Madrid o Barcelona. También Arsenio, ese entrenador con el pelo plateado cuya vida hasta entonces viajaba por carreteras secundarias y que se hizo merecedor de una biografía, a nivel nacional, que se vendía hasta en El Corte Inglés de La Castellana.

Por eso aquel Superdépor fue el último grito antes de la modernidad cuando una conferencia de teléfono de Madrid a Coruña todavía costaba un dineral. No existía la aldea global y aquellos requisitos que Lendoiro estableció para que una ciudad sea considerada ciudad (tener un Corte Inglés y un equipo en Primera división) hoy nos resultan muy antiguos. Quizás hasta es natural. Viajamos al año 88, nada más llegar él a un equipo en ruinas, que no había descendido milagrosamente a Segunda B. Un equipo que, además, no era el Depor, sino el Coruña lleno de penalidades que Lendoiro hizo desaparecer.

Desde entonces, han pasado más de 25 años que no lo aceptaron todo. El tiempo sacó de sitio al hombre que fue capaz de “comprar un Mercedes con un sueldo mínimo” y que hoy, en la cama de un hospital de A Coruña,  no desaparece de nuestra memoria. Al contrario. Sin él, no se entendería el fútbol que ya no existe, el fútbol en el que todo parecía posible y en el que el Superdépor fue capaz de remontar un 4-1 al Milan. Porque entonces en las noches de Champions de los miércoles se hablaba de A Coruña como de Manchester, Milán o Lyon. Y detrás de todo eso estaba Lendoiro, un personaje cuyo recuerdo hoy no sólo le rejuvenece a él. También a nosotros, ya sólo sea para explicar el poder de la nostalgia: los brazos de Bebeto haciendo el avión, la mala uva de Arsenio o la magia de Valerón, que vino después y que Lendoiro siempre pondrá de ejemplo: “Cuando estaba en la cúspide, nunca pidió un duro; cuando le ofrecimos una renovación, le parecía exagerada”.

1 Comment

1 Comment

  1. Manolo Muñoz

    16/04/2018 at 17:10

    Recordar és volver a vivir. Gracias Alfredo, me gustó mucho tu articulo. Grandes momentos vividos, sin ayudas. Saludos. Forza Dépor, joér !!!.

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