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Una tarde de fútbol en La Boca

La Libertadores, un “Dale Boca” y un hincha, a pocos metros del escudo del equipo en el estadio, que mueve sus brazos como quien se sacude un embrujo.

En La Bombonera sólo se hace silencio por razones de luto. En cualquier otro estadio, los esporádicos estallidos de la hinchada darían fe (o cuerda a la imaginación) de cuánto ocurre en la cancha cuando se está fuera de ella. Sirve de termómetro para estimar el nivel del partido: si hay cánticos y gritos, puede ser uno memorable; si hay silencio o pitos, lo opuesto.

En La Bombonera sólo se hace silencio por razones de luto.

Un loop infinito de consignas, un “Dale, dale Boooooca” combinado con la imagen de un hincha, a pocos metros del escudo del equipo en el estadio, que mueve sus brazos como quien intenta sacudirse un embrujo.

La pasión argentina es un trance irracional que no conoce de nivel de juego ni circunstancias: de otro modo no se explica que toda esa euforia, esa locura “azul y oro” no parara de gritar ni de sonar los bombos con los goles de River Plate.

Sí. A Boca le marcaron dos goles, uno a pocos instantes de que tomara la ventaja inicial. Gancho por gancho. Sin embargo, cualquier marciano fuera del estadio no se habría enterado porque esos posesos fueron indiferentes a la desazón natural que produce un gol en contra, como si se tratara no sólo de hinchar, de desgarrar gargantas y cueros, sino de negar la condición humana para elevarse hacia algo que la ciencia ni la literatura futbolística han logrado nombrar con precisión.

En la 12 tienen su propio cielo y entre las normas debe estar “prohibido callarse antes de que el balón deje de rodar”. Porque el que calla, y esto es algo que con facilidad puede extrapolarse a otros aspectos de esta sociedad, es “un cagón”, “un pecho frío”, “se borra”, “no tiene aguante”, “es un salame”, o “es un gallina”, entre otras valoraciones de las que no se sale bien parado.

Es ahí donde resulta sorprendente, por antinatural, que una señora barriera la vereda de su casa mientras, a menos de doscientos metros, se jugaba una final continental entre los dos equipos sudamericanos más famosos del mundo. Quizá ella también quiera negar algo, su rechazo a esos colores, el prejuicio de que a todos en Argentina les gusta el fútbol; de pronto sólo se trata de que, anclada en esa esquina de la calle Wenceslao Villafañe quién sabe desde cuántos años, hizo costumbre el desfilar de la tribu y sus consignas exorcizantes.

Lejos de esa conducta, en la vereda opuesta, está una pareja que viajó desde Merlo, a más de dos horas de La Boca, para escuchar la transmisión radial en los pies de La Bombonera. Por eso esa cancha, vieja, a la que alguno quiere demoler para darle otro vuelo, es vista como un templo en el fútbol.

No hay imagen satelital que revele cuán potente es escuchar la ebullición de esa cancha.

A medida que uno se aleja, advierte con facilidad el silencio en las calles. Quizá porque todo el barrio está en el estadio o porque el rendimiento del local, pese a terminar el primer tiempo ganando, no dejó satisfecho a los suyos. Hasta ese momento, en La Boca fue más River. Y esa gente debe saberlo: con los colores, en no pocos casos, también se hereda el conocimiento; otra cosa es que lo reconozcan. Ya saben: nadie quiere ser “un salame”.

En Argentina, se trate o no de fútbol, no hay puntos medios.

Es esa misma forma de vida la que transforma el barrio en un carnaval de la angustia en el que algunas casas abren sus puertas al asado, el chorizo y la cerveza; moviliza a vecinos y fanáticos que, por el porte y la marca de los coches, no viven en este zona de hogares de zinc y color, pero que sí comparten una misma pasión.

El fútbol, al menos mientras dura, equipara clases sociales mejor que cientos de políticas.

Ocurre en la cancha o fuera de ella, porque en esta pizzería, uno de los pocos locales abiertos en los que se podía ver el partido, también confluye cualquier clase de gente. Acá no se escuchan los bombos, pero sí hay lamentos y gestos que generan, obvio, angustia.

Esta gente no disfruta el fútbol; lo sufre a niveles perjudiciales para la salud.

Sólo alguno, quizá porque el tiempo le demostró que, pese a todo, todo sigue, altera esa dinámica. Fue un señor, en esa misma pizzería, escuchando el partido por radio. Otra vez la transmisión radial en tiempos de 4K. Sin mayor gesto, con sus piernas estiradas debajo de la mesa y una botella de algo parecido a vino sobre ella, anunció como si se tratase de un susurro lo que el resto del local tardó varios segundos en ver: “Gol de River”.Quedó claro que, en tiempos de WhatsApp, Instagram y satélites, el futuro viaja más rápido por las antiguas ondas radiales. Sólo dos personas celebraron ese gol, dos de los tres pizzeros del lugar. En La Boca también hay hinchas de River; por no decir que los de River dan de comer a los de Boca, para evitar que alguno se moleste. El resultado dejó una sensación de insatisfacción y silencio más próxima a la derrota que a otro estatus. “Resultado para seguir sufriendo”, dijo alguno mientras dejaba el barrio. Más silencios que comentarios, quizá porque la victoria que se escapa de las manos también es una forma de morir. Sólo aquel niño vestido de rojo, que comentaba a cuanta cámara le apuntaba que es de River y que vive aún más cerca de La Bombonera que la señora, podía estar feliz en un ambiente así.

No es extraño pensar que, dentro de dos semanas, cuando se haga silencio en ese estadio porque no habrá nadie en él, y sólo porque no habrá nadie en él, puede que ese niño altere la paz de La Boca mientras ve a su equipo en el Monumental de Núñez.

Periodista y fotógrafo. Voyeur con serios problemas en la vista. Descubrí que me gustaba escribir por el mismo motivo que suele mover a los guitarristas hacia las cuerdas: una mujer; en el mismo motivo estriba mi gusto por la cocina: aunque en el fuego solitario hallo un medio de distracción poderoso, eso no supera la posibilidad de cocinar para alguien más. A través del periodismo y la fotografía he procurado rentabilizar mis pocas habilidades. Crecí como fotógrafo en Roberto Mata Taller de Fotografía. Colaboro para Prodavinci en Venezuela, Espacio Angular en Argentina, y en esta casa madrileña, A la contra. Me gusta la actitud de los surfistas ante las tormentas y huracanes: habrá buenas olas. Cuando William Finnegan escribe que "el surf encarna esta paradoja: el deseo de estar a solas con las olas se funde con un deseo equiparable de ser observado, de actuar", tengo la sensación de que también se refiere al periodismo y la fotografía.

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