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Champions

Dos chispazos dejan moribundo al dragón

Media hora de inspiración le vale al Liverpool en Anfield para dejar encarrilada la eliminatoria. El Oporto fue un juguete en manos red. Los de Klopp también quieren la Champions

Desde las entrañas de Anfield el ruido resulta estremecedor. El cántico más famoso de la ciudad, Beatles aparte, habla de caminar a través de la tormenta, de no temer a la lluvia ni a la oscuridad. El caso es que solo los lugareños acostumbrados a esos acordes y al clima de ese entorno son capaces de escuchar el dulce canto de la alondra. O lo que es lo mismo de cantar victoria. Como tantos otros, el Oporto terminó calado hasta los huesos en un abrir y cerrar de ojos y pudo ser peor. La tormenta fue red, pero esta vez los de Klopp supieron moverse también con suficiencia cuando entendieron que la ventaja era aceptable. Hubo menos rock & roll que de costumbre  en Anfield pero no faltó la balada más aclamada en la ciudad. El Oporto se marchó mojado pero vivo, con ganas de seguir peleado al calor de Do Dragao por más que el Liverpool tenga pie y medio en las semifinales.

Es como si la naturaleza confabulara contra ti. En la pradera verde de Anfield todo son dificultades y los obstáculos empiezan a atisbarse en esa grada con forma de montaña, The Kop, que amenaza con engullirte entre banderas, bufandas y cánticos. Pocas experiencias más extremas que aguantar un demarraje en pleno Mont Ventoux a más de 2.000 metros de altura, sobrevivir al hoyo 17 de St. Andrews o salir indemne de los primeros 20 minutos de una noche europea en Anfield. No pudo hacerlo el Oporto que apenas había empezado a correr persiguiendo camisetas rojas cuando tuvo que sacar el primer gol de sus mallas. No le acompañó la fortuna, ya que Oliver Torres en un intentó por taponar el disparo de Naby Keita terminó envenenando el disparo. La parábola terminó en la escuadra y el Liverpool daba el primer picotazo.

El vendaval red no cesó. Con Firmino revoloteando por la media punta, indetectable para los defensores lusos y también para los centrocampistas, el Liverpool seguía merodeando el área de Casillas. Los Dragones no daban a basto para achicar agua por los laterales, sobre todo en el perfil izquierdo donde Salah volvía loco a Telles y al madridista Militao, que no era capaz de leer sus desmarques. El egipcio tuvo el segundo con un disparo desde la frontal que atrapó Casillas en dos tiempos y sobre todo en un error de los portugueses al cuarto de hora. Un pase atrás generó la duda entre Felipe e Iker, el peligro lo olió antes que nadie Salah que se plantó ante el cancerbero español. No supo resolver el egipcio confirmando que las musas, o al menos algunas de ellas, le han abandonado este año. Ese balón viajó al verano de Sudáfrica 2010 antes de marcharse fuera ante la mirada de Iker.

El Oporto se acercaba peligrosamente al precipicio e intentó una huida hacia adelante. Lo hizo a través de Marega que es un tanque embutido en el cuerpo de un velocista. En la primera ocasión que pudo correr se plantó delante de Alisson, su disparo raso con la zurda lo leyó bien el guardameta brasileño que le ganó la partida. En el posterior córner pudo redimirse pero Marega tampoco supo colocar lejos de Alisson el rechace que le cayó a los pies.

Quien no perdonó fue el Liverpool tras una jugada que tuvo más de música clásica que del rock and roll que suelen tocar los de Klopp. A la jugada coral la puso veneno Henderson con un pase vertical que rajó la espalda de la retaguardia lusa. Por allí apareció Alexander Arnold a la carrera y su centro al segundo palo lo remató completamente solo Firmino. El brasileño tuvo el 3-0 un par de minutos después, pero esta vez el centro desde la derecha le cayó en la bota izquierda y remató alto.

No aflojó el ritmo el Liverpool tras el paso por vestuarios. Su primer zarpazo acabó en gol pero lo anuló el árbitro. El pie de Sané, el más desaparecido del tridente inglés, estaba demasiado adelantado. El delantero ni lo celebró. Acto seguido los de Klopp se pusieron el mono de trabajo demostrando que la riqueza de este equipo ya no solo se limita a la carrera, la velocidad y la pegada. Los registros de los reds le dan ya para asentarse en campo contrario alrededor de Fabinho, Henderson y Milner, dominar tramos de encuentros controlando el balón e incluso calmar el tempo del partido para acelerarlo cuando el balón cae en los pies de Salah o Mané. El faro para aguantar la pelota y atraer a los defensas sigue siendo un extraordinario Firmino.

En esos minutos pudieron sentenciar la eliminatoria los reds. Y si no ocurrió fue porque se les difuminó la pegada, precisamente la mejor arma de los de Klopp. Militao, Danilo y Felipe empezaban a ganarles la partida y el Oporto empezaba a lanzar contras que en la mayoría de los casos se estrellaban en Van Dijk. Volvió a ser Marega el que más cerca estuvo del gol, aunque demostró Moussa que su definición no es en 4K precisamente. Otro lanzamiento desviado en una de las pocas veces que los lusos se plantaron con ventaja en el área de Allisson fue su última oportunidad para acortar distancias en la eliminatoria y hacer crecer la esperanza. La otra hubiera sido que Mateu Lahoz hubiera considerado expulsión el plantillazo de Salah en la tibia de Danilo, del que no quiso saber nada.

En los últimos minutos los de Klopp mostraron un nuevo registro de la madurez que han alcanzado. Consiguieron no sufrir conservando la pelota y mantener intacta una estadística que puede valer oro en esta Champions. Ya son 13 los partidos sin perder en Anfield y el último que profanó aquel templo ya no está en esta pelea. Hace más de cinco años  que el Real Madrid consiguió la victoria bajo los acordes del You’ll never walk alone. Esta noche la mítica balada consiguió calmar al dragón hasta el punto de dejarlo moribundo. Si los de Klopp fueron capaces de vencer en la anterior eliminatoria 1-3 en Munich, es de esperar que no les asuste el rugido de Do Dragao. Allí intentarán lamerse las heridas los lusos y tener una actuación más digna que la de hace un año. Aunque al igual que entonces, el Oporto pareció hoy un juguete a merced de los hombres de rojo.

 

 

 

 

 

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