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Los mejores años de nuestra vida

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Los mejores años de nuestra vida

Parish y Derry no se daban golpes en el pecho, ni ondeaban banderas, no lo necesitaban, habían arriesgado su vida por luchar en los valores en los que creían, y el precio que pagaron fue caro.

En un reportaje que escribí para El Mundo en 2016 sobre el ‘síndrome del cooperante’, Esperanza Márquez me relató así el choque cultural que le suponía volver a Chiclana de la Frontera (Cádiz) tras haber pasado meses en una aldea de Perú donde lo único común era la pobreza: “Me siento desubicada. Tengo la sensación de que la gente no me entiende. Hablan de temas que no me interesan y a ellos tampoco les importa lo que yo he vivido o sentido. La peor sensación es la de aislamiento, creer que estás como en una burbuja”.

Volver a casa es mucho más difícil que irse. Nos ha pasado a todos. Incluso aunque volvamos de lugares menos dramáticos. Hasta volver de las fiestas del pueblo puede suponer un shock del regreso. En 1946, el genial director William Wyler abordó lo que suponía, precisamente, volver a casa para los jóvenes y mayores que habían dedicado los que podrían haber sido los mejores años de su vida a la Segunda Guerra Mundial.  Los mejores años de nuestra vida pone frente al espectador a tres personajes a los que la guerra ha cambiado para siempre. Tres personas que vuelven a la cruda realidad de su vida de siempre tras haber soportado un paréntesis de también cruda realidad bélica. Todos habían dejado aparcado en los Estados Unidos los problemas de su día a día, y a pesar de lo que puede haberles cambiado la guerra, al regresar, esos problemas están ahí y sigue siendo necesario hacerles frente.

En muchas ocasiones, hacemos un viaje intentando buscar algo, una solución, alguna experiencia redentora que nos libere de nuestros problemas cotidianos. Pero lo cierto es que solo es posible despojarse de ellos haciéndoles frente en su propio terreno, de otra forma, permanecen dormidos, criogenizados. La tesis de Wyler es clara: solo con amor es posible. Por un lado, tenemos al sargento Al Stephenson, interpretado magistralmente por Fredric March. Se trata de un hombre casado, padre de una hija y que goza de un puesto importante y suculento, desde el punto de vista económico, en un banco de la ciudad. Su mujer (excelente Myrna Loy) es bella, sensible, atenta y racional. Parece que a Stephenson no le falta nada en la vida, pero no es así.

Tras su paso por la guerra se ha vuelto alcohólico. Bebe una copa detrás de otra y regala al espectador alguno de los momentos más hilarantes de la película. Pero el alcohol no es su único problema. Stephenson no soporta la deshumanización con la que trabaja el banco, donde las personas son algo secundario y los números algo primario.  El otro personaje principal es Homer Parish (Harold Russel), suboficial de la marina. Si Stephenson había ganado algo en la guerra (su alcoholismo), Parish lo había perdido. Más bien, las había perdido. El marinero había regresado a América sin sus dos manos. Este papel fue interpretado por un auténtico soldado de la Segunda Guerra Mundial que había perdido las manos. De hecho, Russel se convirtió en el único actor en la historia del cine en ganar dos Oscar por el mismo papel (mejor actor secundario y Oscar honorífico).

El dilema de Parish está basado en la discapacidad. Porta dos ganchos en lugar de manos, lo que le impide no solo las tareas más comunes, sino algo tan necesario como acariciar a la persona que quieres, palpar sus mejillas y su cuerpo. Este personaje luchará por aceptarse a sí mismo y recuperar una vida normal.

Por último, mi personaje favorito, el del capitán Fred Derry, interpretado por un excelso Dana Andrews que mereció el Oscar. Derry es, quizá, al que más afecte el shock del retorno. Se marchó de Estados Unidos siendo un don nadie. Un dependiente en una tienda de ultramarinos, sin dinero para comer fuera de casa ni una vez con su mujer, Marie Derry (despampanante Virginia Mayo). En el Ejército demuestra todo su valor y competencia, y obtiene las más altas condecoraciones, además del rango de capitán.

Sin embargo, en el regreso, Derry no tiene más remedio que enfrentarse a su realidad de siempre: un trabajo mediocre y una mujer mediocre que no le quiere. Por si fuera poco, el personaje se enamora de la hija de Stephenson, la preciosa y dulce Peggy (Teresa Wright). A lo largo de las casi tres horas de metraje, Derry tendrá el difícil reto de enfrentarse con valor a los desmanes de su vida, a ser sincero consigo mismo y pelear por lo que quiere. 

Como pueden ver, esta película muestra la mayor de las guerras, que no es la que se libra en el campo de batalla, si no en el día a día de cada uno de nosotros, en el trabajo, en las relaciones de pareja o con los amigos. Pero no es el único tema que toca. Una escena que tiene lugar superado el ecuador de la película me parece de una actualidad máxima para lo que está sucediendo en nuestro país y no quiero dejarla pasar. Tiene lugar en la tienda donde trabaja Derry. Allí acude para tomar un helado el bueno de Parish. Al poco tiempo, entra en el bar un peculiar señor, muy elegantemente vestido. Entabla conversación con Parish y al ver que le faltan las manos se percata de que es soldado. Empieza a recriminarle que no sabe ni por qué ha ido a luchar, que se equivocaron de bando, que ahora los comunistas iban a extender el terror por el planeta. Derry escuchaba la conversación y se indignaba por momentos. El sumun llego cuando aquel señor, que no sabía lo que era una guerra, que no había visto a sus compañeros explotar en mil pedazos, que no había sufrido la angustia de no saber si sigues vivo un día más, tuvo la desfachatez de increparles que “no eran buenos patriotas”.

Nadie es quién para otorgar carnés de patriota, aparte de que el patriotismo no se demuestra solo con palabras vacías. Parish y Derry no se daban golpes en el pecho, ni ondeaban banderas, no lo necesitaban, habían arriesgado su vida por luchar en los valores en los que creían, y el precio que pagaron fue caro. Retomando el tema principal de la película, aprovechen los mejores años de su vida. Cojan el toro por los cuernos como Stephenson, Parish y Derry.

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