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Foto de Ryan Shorosky para The New York Times

Hípica

Los reclusos que susurran a los caballos

El Wild Horse Program que se desarrolla en la prisión del Norte de Nevada no es el único alrededor de Estados Unidos. Hay programas similares a este en Arizona, Colorado, California, Kansas y Wyoming.

Los caballos tienen una sensibilidad especial con el ser humano. Quiero creer que les generamos cierta ternura mientras nos miran desde las alturas, porque el temor es algo de lo que no entienden. Las personas somos miedosas por naturaleza, los caballos no. Encima de sus lomos el hombre ha conquistado el mundo y, todavía hoy, su elegancia nos fascina y su trote nos hipnotiza. Les debemos una parte de nuestra historia y muchos monumentos que lo conmemoran.

— Tengo entendido que usted ayuda a personas que tienen problemas con caballos.

—De hecho es al revés. Yo ayudo a caballos que tienen problemas con personas.

Quiero hacerme eco en estas líneas de un artículo publicado hace un tiempo en el NYTimes.  trabajar con un caballo salvaje hasta que responde a las órdenes de un entrenador, lo que significa que, presumiblemente, abandonará las ganas de matarte de una coz.

John Harris es uno de los protagonistas de esta historia, un recluso que participaba en el programa y que creció en una granja familiar en el norte de Iowa, por lo que la relación con los caballos no le era tan ajena. «Una vez luché con un caballo durante dos horas para que caminara unos pasos», reconocía Harris al NYTimes. Hank Curry, que tiene 67 años, ya no veía su trabajo estrictamente como ser un mero entrenador de caballos. «Soy un consejero, un maestro, un entrenador de caballos. Estableces una relación de orgullo con el recluso y también le haces reconocer orgullo en su trabajo, así va a tener mucho más éxito cuando salga de aquí», reconocía Hurry. La mayoría de los reclusos con los que trabaja son delincuentes no violentos, con sentencias de dos años o menos y se inscriben voluntariamente para el trabajo. Para Hank Curry, los prejuicios quedaron enterrados bajo las patas de sus caballos hace tiempo. «Soy afortunado», sentenciaba.

Todos los involucrados en el programa se sentían atraídos por su simbolismo: la forma en que los caballos y los reclusos están encerrados y cómo a través del proceso de entrenamiento se rehabilitan los unos a los otros. Fue este aspecto lo que atrajo a Ryan Shorosky, un fotógrafo que pasó una semana documentando lo que describió como «el hermoso paralelo entre los reclusos y los caballos, que se usan entre sí para llegar al siguiente punto». La terapia va mucho más allá. Los presos disfrutan de la sensación de libertad, del aire fresco y de la camaradería que se desarrolla entre ellos y los animales. «Llevar a este caballo que no quiere tener nada que ver contigo y llegar a un punto donde puedes caminar, tocarlo, acariciarlo, ponerle un cabestro, es una sensación bastante buena», decía Harris.

El Wild Horse Program que se desarrolla en la prisión del no es el único alrededor de Estados Unidos. Hay programas similares a este en Arizona, Colorado, California, Kansas y Wyoming. Es una de las formas que tiene el Bureau of Land Management de controlar la población de caballos y burros salvajes en los estados del oeste que en 2017 casi alcanzó los 86.000 ejemplares. El trabajo de los reclusos culmina cada cuatro meses con un día de adopción abierto al público. Los internos imitan el rodeo, ondeando banderas y cabalgando alrededor de una arena techada, mostrando a los mejores postores que pueblan las gradas sus caballos y, por extensión, sus habilidades ecuestres.  «Hay muchos tipos que desearían poder adoptar ellos mismos un caballo, porque tienen ese vínculo especial con ellos», comentaba Harris, a quien, cuando fue entrevistado por teléfono por el NTYTimes, le quedaban apenas 17 días para conseguir la libertad. «A mí, personalmente, solo me gusta verlos siendo adoptados», afirmaba. «Los miro como a nosotros mismos y pienso que ayudé al caballo a ser una mejor persona para que pueda vivir en libertad condicional».

Periodista. Si suena Ella Fitzgerald, mejor. LaLaLandera. Tiene carácter, talento y, para colmo, nació cuando la mayor parte de nosotros ya teníamos media carrera hecha (o deshecha). Posee una gran habilidad para salir al corte en el fútbol y en la redacción, aunque es más de ponerla en la escuadra. Emperatriz de la batcueva.

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