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Opinión

Un palmarés impecable y una antipatía manifiesta

Lo ganó todo en el Barça, pero su malhumor perjudicó a la imagen de un club del que, hasta entonces, manaba colonia hasta de las fuentes más insospechadas.

Lo primero que nos viene a la cabeza cuando se cita el nombre de Luis Enrique es el de un tipo malencarado. También un entrenador de éxito, un jugador notable y un ciclista obsesivo. Pero, sobre todo, un tipo malencarado. Nos sucede a unos cuantos, aunque ignoro si componemos eso que se denomina la opinión mayoritaria o somos una cantidad mínima de seres prejuiciosos y cavernarios. Doy por hecho que el porcentaje de críticos es mayor entre los periodistas. Luis Enrique ha demostrado muchas veces que prefiere un sarampión a un reportero y sus enfrentamientos con la prensa han sido recurrentes.

Es evidente que su actitud no afectó al fabuloso rendimiento del Fútbol Club Barcelona cuando él lo dirigió: ganó dos ligas, una Champions, un Mundial de clubes y tres Copas del Rey. Sin embargo, y metidos en los terrenos de lo intangible, tan cierto como lo anterior es que su malhumor perjudicó a la imagen de un club del que, hasta entonces, manaba colonia hasta de las fuentes más insospechadas. El contraste fue mayúsculo en los seis meses que Luis Enrique coincidió con Zidane.

La siguiente pregunta es si un seleccionador debe ser un tipo simpático y con un repertorio de buenos chistes. Yo no diría tanto. Luis Aragonés era muy divertido en ocasiones, pero no se puede decir que fuera un ejemplo de buen carácter. Su ironía castiza compensaba sus rugidos de viejo león, si bien todo eso era poco importante en comparación con su capacidad para fijar un objetivo común. Con Luis, la Selección se liberó de susceptibilidades y, por primera vez en mucho tiempo, fue el equipo de todos (o casi), labor que cimentó luego Del Bosque.

Luis Enrique, en cambio, no tiene gracia, ni siquiera fingida, que compense su aspereza natural. No indago aquí en el fondo de su corazón; tal vez sea una gran persona y un firme defensor de los delfines. Pero en su exposición al exterior es rudo y tan diplomático como una piraña, y eso afectará al ambiente alrededor de la Selección, no sé si anecdótica o decisivamente. Lo que temo es que ya no vuelva a existir la unanimidad en torno a un equipo que fue de todos y que dejó de serlo durante este Mundial. El asunto Lopetegui abrió la puerta a la contaminación que genera, digámoslo claro, la rivalidad Madrid-Barcelona, símbolo otros enfrentamientos patológicos. Y Luis Enrique, salvo transformación inesperada (ver A propósito de Henry), incidirá en el mismo problema. Los madridistas lo observarán con la misma sospecha que los culés miraron al Lopetegui comprometido con el Madrid. Y eso significa ruido, mucho ruido.

Mientras estuvo abierto el casting para seleccionador, se planteó una duda sobre los requisitos del elegido: ¿debía tener el currículo hecho o por hacer? O dicho de otra manera: ¿es el palmarés una cuestión fundamental? Para cualquier posibilidad había sólidos argumentos. Parece lógico pensar que un seleccionador debe haber reunido méritos a lo largo de su carrera, tal es el caso de Luis Enrique. Pero últimamente asistimos a una apuesta diferente, la de fichar entrenadores por su forma de trabajar, antes que por sus trofeos. En esa situación se encuentran de Gareth Southgate, seleccionador inglés, y hasta me atrevería a decir que Roberto Martínez, cuyas medallas antes de viajar a Bélgica eran una FA Cup con el Wigan y un campeonato de la League One con el Swansea. Lopetegui era hijo de la misma idea y también lo fue Luis Enrique cuando fue contratado por el Barça.

Ahora cambiamos de plan. Luis Enrique llega a la Selección por lo que ganó, por ser un opuesto conceptual a Fernando Hierro y porque alguien piensa, seguramente el presidente, que la Selección necesita aire nuevo, más rigor táctico y mano dura. Que tenga suerte porque será la nuestra. Pero no conozco un solo equipo de élite (pyme o multinacional) que funcione mejor con el puño de hierro que con la mano izquierda. Aunque quizá mi problema es que miro demasiado al Real Madrid.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

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