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Historia

El día que tomamos consciencia de nuestra singularidad

Tal día como hoy, hace 50 años, un 20 de Julio, Neil Armstrong descendió por la escalerilla del módulo lunar Eagle culminando con éxito la primera fase de la misión Apollo XI al posar su pie sobre la superficie de la Luna. En ese momento pronunció una de las más célebres frases de la historia de la humanidad, resumiendo en una escueta sentencia, pero amplísima en su significado, lo que posiblemente haya sido una de las gestas más importantes que haya conseguido el hombre en el campo de la exploración: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad”. Con el éxito de esta misión se culminaba una fase esencial en la conquista del espacio por parte de los Estados Unidos —con más peso geopolítico en la Tierra que de exploración del cosmos—, en enconada carrera frente a la URSS por ser los primeros en hollar la superficie de nuestro satélite.

El comandante Neil Armstrong, acompañado por Edwin E. Buzz Aldrin, piloto del módulo lunar Eagle, y Michael Collins, piloto del módulo de mando Columbia, tuvieron el honor de ser la primera tripulación de una misión cuyo objetivo era llegar a pisar el suelo lunar, aunque solo los dos primeros llegaran a conseguirlo ya que Collins, al mando del módulo de mando, se quedó orbitando el satélite. Pese a estar en el grupo de hombres elegidos para la gloria, el azar quiso que fueran en ellos y no en otros sobre los que recayera esa suerte. Debido a una serie de vicisitudes —es reseñable el accidente del Apollo I, en febrero de 1967— los directores del programa se vieron abocados a tomar decisiones no incluidas en el programa inicial. Se cancelaron misiones y se reorganizaron las tripulaciones asignadas a las siguientes por llevar a cabo, de forma que la fortuna determinó que fueran ellos los elegidos para la misión del Apollo XI.

El programa Apollo (dentro del que se encuadraba la misión del Apollo XI) fue diseñado con el objeto de conseguir llevar al hombre a la Luna y retornarlo salvo de nuevo a la Tierra, iniciándose en el año 1963 y dándose por finalizado, sin llegar a culminar todos los hitos marcados en el programa inicial, en 1972. Las primeras fases del programa contemplaban una estancia breve de los cosmonautas en el satélite, para luego retornar a la Tierra, y en sucesivas misiones se iría ampliando el tiempo de estancia sobre la superficie (hasta un máximo de tres días) lo que permitiría llevar a cabo un juego más exhaustivo de experimentos.

La motivación del programa (disfrazado inicialmente de propósito científico) fue más bien de tipo político, con foco en el particular enfrentamiento a nivel propagandístico que EEUU mantenía con el bloque soviético. La URSS ya había demostrado su poderío en la carrera espacial al culminar la primera actividad extravehicular, el 18 de marzo de 1965, llevada a término por el cosmonauta soviético Alexei Leónov, quién pasó doce minutos fuera de la nave espacial (gesta que ha sido llevada al cine en Spacewalker, 2017), por lo que los EEUU necesitaban de un golpe de efecto que cambiase la inclinación de la balanza de la guerra psicológica que se libraba entre los contendientes de ambos lados del telón de acero. De esta forma, una vez conseguido el mayor de los objetivos con la misión Apollo XI y, por ende, ganada la batalla de la propaganda, los recortes en los presupuestos iniciales derivaron en incidencias en las subsiguientes misiones y éstas —como pescadilla que se muerde la cola— sirvieron de justificación o coartada para la posterior cancelación del programa Apollo por parte del gobierno.

De todas las misiones desarrolladas únicamente seis (Apollos XI, XII, XIV, XV, XVI y XVII) consiguieron alcanzar el objetivo marcado inicialmente, entre otras cosas, porque las primeras misiones Apollo consistían en realizar pruebas parciales de diferentes componentes o fases de una misión: despegue y despliegue de las distintas fases del lanzamiento, pruebas de Módulos Lunar y de Comando, misiones de vuelo orbital y test de reentradas a la atmósfera a grandes velocidades, u otros, la mayoría de ellos sin tripulación alguna.

Las primeras misiones que llegaron a orbitar la Luna, consiguiendo capturar instantáneas de la superficie y realizar pruebas de instrumentos de medición, fueron las misiones Apolo VIII y Apollo X; aunque quizá la misión más conocida por el gran público (a parte de la misión Apollo XI, por motivos obvios), sea la misión del Apollo XIII. Pese a haber sido un gran fiasco como misión espacial, el despliegue de medios que se invirtió en recrear la odisea de sus miembros en una travesía repleta de incidentes (lo que impidió que los tripulantes alunizaran) y llevarlo a la gran pantalla en forma de epopeya protagonizada por Toms Hanks, ha hecho de esta misión uno de los más reconocidos capítulos de la conquista del espacio por el más común de los mortales.

Como toda gesta que lo sea, y para no ser menos, ésta no está exenta de suspicacias orbitando a su alrededor. La llegada del hombre a la Luna siempre ha estado rodeada de controversias de diversos carices, desde los que niegan que tal proeza pudiera llevarse a cabo, hasta los más tiquismiquis o quisquillosos por un pronombre demostrativo de más o de menos en la célebre frase con el fin de menoscabar su grandiosidad, tanto por el momento en que se pronunció, como por el contenido.

Entre los primeros cabe destacar aquellos que reniegan de su realización en base al estado de la tecnología en el momento de llevarse a cabo el viaje espacial. Aducen, no sin un punto de legitimidad, que el desarrollo tecnológico de la época no era lo suficientemente sólido como para haber llevado a cabo una empresa de tal magnitud como la que supuestamente se realizó durante las misiones Apollo. No en vano, ponen como testigo de cargo la dificultad que aún hoy en día supone lanzar naves más allá de la frontera de nuestra atmósfera, 50 años después de la gesta del programa Apollo, con todo lo que ha evolucionado la tecnología en este lapso de tiempo.

Otra facción de negacionistas más freak, si me permiten la expresión, es la de aquellos que han invertido horas y horas en analizar cualquier nimio detalle de los testimonios fotográficos obtenidos en los paseos lunares: ondear de banderas, sombras, reflejos, posición relativa de estrellas, etc… para sostener que solo se trataba de un montaje de cine, una patraña o un engaño al más puro estilo hollywoodiense; aunque lo más lejos a lo que ha llegado esta corriente de pensamiento sui generis es a sentar las bases para que se llevase a la gran pantalla la película Capricornio 1 (1977), dónde se presentaba un supuesto caso de conspiración por parte del gobierno de turno, simulando un amartizaje desde unos estudios de filmación, en un polémico paralelismo con las controversias vertidas sobre la misión Apollo XI.

En todo caso, como bien dice un amigo, la prueba más fehaciente de que la gesta se culminó con éxito es que el frente soviético (en plena guerra fría propagandística) jamás invirtió el más mínimo esfuerzo en deslegitimar la hazaña, como asumiendo tácitamente la derrota y en consecuencia el logro del programa Apollo.

En cuanto a la controversia con la expresión utilizada por Armstrong para inmortalizar el evento, existen varios frentes abiertos. Uno de ellos es el de los que se llevan las manos a la cabeza porque Armstrong, cuando dice la frase: “Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad” (“That’s one small step for a man, one giant leap for Mankind”), supuestamente no dice la “a” antes de man (pronombre demostrativo en inglés), por lo que en la traducción literal de la frase el elemento determinado “un hombre”, habría de haber sido sustituido por el término genérico “el hombre”: “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad” (“That’s one small step for men, one giant leap for Mankind”), que en sí mismo sería un sinsentido dado que entonces “el hombre” y “la humanidad” se interpretarían como una misma cosa y el paso no podría ser al mismo tiempo grande y pequeño para el mismo conjunto de la humanidad.

Por último, en otro frente, están los que restan trascendencia a la sentencia en sí por considerar que, contrariamente a lo que defendería el propio Neil Armstrong hasta el día de su muerte, la frase no habría sido fruto de la inspiración del hombre al alcanzar tan señalado hito, sino que habría sido algo planificado desde antes de haberse iniciado la misión, tal como reconocería su propio hermano tras su fallecimiento.

Memeces aparte, en todo caso, lo más natural, desde el punto de vista de cualquier ser racional, es pensar que cualquier persona que hubiera tenido que enfrentarse a tamaña cita con la historia de la humanidad hubiera meditado profundamente acerca de cuál debería ser su reacción al culminar la empresa, pues los grandes momentos siempre requieren de grandes gestos que los inmortalicen en el ideario colectivo. Que la reacción fuera espontánea o fruto de un proceso de escrutinio largamente meditado, no quita que la sentencia no pueda ser más idónea y más concisa, y además de una belleza y una grandeza a la altura de la gesta conseguida.

¿Y de cara al futuro? Como no podía ser de otra manera, reaccionando a los planes de un oponente, si en el pasado Estados Unidos envió astronautas al espacio con el fin de superar las gestas alcanzadas por los cosmonautas soviéticos, en esta ocasión quieren ir más allá de los planes que China ha previsto para sus takionautas. En un guiño al proyecto que llevó al hombre a pisar la luna, Estados Unidos está desarrollado un nuevo proyecto, Artemisa (hermana gemela de Apolo, diosa de la luna en la mitología griega) con vistas a enviar de nuevo astronautas a la luna en 2024 y establecer una base lunar en 2028 con fines tanto científicos como comerciales; pretenden desarrollar nuevos experimentos y demostrar a los emprendedores más arriesgados que es posible desarrollar una economía con la luna como foco de explotación. En todo caso, habrá que permanecer atentos a las novedades al respecto, quién sabe si en unos años volveremos a postrarnos ante el televisor, expectantes, como en aquella madrugada de julio de 1969, en una nueva fase de la conquista del espacio.

Tal día como hoy, hace 50 años, Neil Armstrong descendió por la escalerilla del módulo lunar Eagle poniendo un pie sobre la superficie de la Luna. En ese preciso y fugaz instante el hombre tomó consciencia de su pequeñez y su insignificancia, descubriendo, con angustia, la soledad y singularidad de una civilización vagando a través del infinito cosmos sobre un minúsculo planeta con un frágil ecosistema, que a duras penas mantiene un equilibrio cuasi miraculoso que permite albergar vida inteligente, y quién sabe si único en la inmensidad del universo.

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